Mi amiga, la despedida. 2da Parte


Alberto estaba sentado en su cama, abrazando sus piernas, su mirada fija a un costado. Toda la habitación estaba destrozada, los ataques de ira y tristeza habían continuado, el último fue el peor de todos ya que Alejandro no estaba con él para controlarlo. Más tarde sería el entierro de Darío y todos se estaban preparando. Menos él. Había tenido una discusión con Alejandro cuando le anunció que no iría. Darío había muerto salvándolo de alguien que hasta ese momento nadie sabía quién era o qué quería, sólo que era el culpable de su muerte, él estaba seguro que era la última persona que la madre de Darío quería ver, especialmente en el entierro de su hijo. Lo mejor era dejar que se despidiera de su hijo en paz. 

Alberto no dejaba de ver la hojilla que tenía a un lado. La había encontrado entre los restos de una gaveta que lanzó contra una pared. Era tan fácil, unos cuantos cortes y ese dolor que le abría cada vez más el pecho pasaría a segundo plano, pero cada vez que lo intentaba recordaba la promesa que le había hecho a Darío de nunca más hacerse daño. Y era algo inútil de recordar, él estaba muerto y ni siquiera lo sabría, pero no funcionaba así, al contrario, parecía que al estar muerto Darío su promesa había ganado más peso. Alberto arrojó la hojilla a un lado y volvió a acostarse, abrazó a una almohada y enterró su cara allí. 

-Perdóname, papá- susurró antes de comenzar a llorar hasta quedarse dormido. 

Cuando despertó, Alejandro estaba sentado en su cama con la mirada fija en algo que tenía en las manos. Pasaros unos minutos antes de que se diera cuenta que estaba siendo observado. Alejandro le dio una de las ya habituales sonrisas forzadas. 

-Todo bien- dijo Alejandro, refiriéndose al entierro y a que no habrían preguntas al respecto. Alberto asintió. Alejandro le entregó un sobre. -Esto es para ti. De Darío- Alberto tomó el sobre y lo abrió. Estaba confundido de su contenido. ¿Italia? ¿Instituto de artes plásticas? ¿Pasajes de avión para dos? 

-No- dijo Alberto y dejó el sobre en la cama. 

-Es lo que quería para ti, Alberto. Debes irte- 

-¡No!- Alberto se levantó de la cama y también Alejandro. 

-Es por tu bien. Es lo mejor. Es lo que tu pa… 

-¡NO! No digas eso. Él no era mi papá, él no sabía lo que era mejor. Si lo hubiese sabido no se hubiese puesto en mi lugar, hubiese dejado que me matara a mí. Fue un estúpido, no mi papá- Alejandro se acercó despacio a él. 

-¿Terminaste?- Alberto no le respondió. El golpe lo tomó por sorpresa, su mejilla comenzó a arderle y estaba seguro que dentro de poco tendría la silueta del reverso de la mano de Alejandro impresa en ella. Alberto se quedó sin palabras, Alejandro lo tomó de la nuca y lo obligo a mirarlo. 

-Él hizo lo que hizo porque te amó. Más de lo que lo vi amar algo. Más que a mí o a su familia ¿Entendiste? Y no estará en ningún papel pero él fue tu papá. Desde la primera vez que pusiste un pie en esta casa, lo fue. Yo le hice una promesa que sería tu padrino, así que ahora somos familia y es mi deber cuidar de ti. Así que te vas a montar en ese avión, iras a vivir a Italia e iras a ese instituto porque eso es lo que tu papá quería para ti. Dio su vida por ti, lo menos que puedes hacer es respetar sus deseos, malagradecido de mierda- Alejandro lo soltó en un movimiento brusco y salió del cuarto tirando la puerta tras él. Alberto sentía que no podía respirar, tenía los ojos llenos de lágrimas que no bajaban y pensaba tan rápido que estaba seguro que su cabeza explotaría. Pero no podía seguir de la misma manera que los últimos días. Pasó el resto del día ordenando su cuarto, recogiendo los pedazos de madera y de él mismo del suelo. Dejó para lo último su cama y el sobre. Cuando volvió a agarrar el sobre se dio cuenta que había algo escrito en la letra de Darío, dos palabra que al leerlas lo hicieron cerrar los ojos y tapárselos con la mano. 

-Peter Pan- susurró. Alberto salió corriendo, se detuvo sólo para tomar las llaves del carro de Darío y siguió su camino. No se paró a pensar o siquiera ver la hora. Para cuando se estacionó frente a la casa de sus padres y hermanos era de noche y no se veía a nadie por la calle. Alberto vio la hora en el tablero del carro. Eran pasadas las diez de la noche. Iba a devolverse pero había una luz encendida en la casa. Alberto esperaba que no hubiesen cambiado nada desde que él se había ido porque era en el cuarto de su hermano David. Se bajó y recostó del auto para ver su casa y a esa luz encendida. Darío había estado allí y había hablado, al menos, con su hermano ¿Cuándo? ¿Qué se habían dicho? ¿Qué había aprendido de su vida? ¿Por qué no le había dicho nada? Alberto estaba más enojado con Darío por morir. 

Todo eso pasó a segundo plano, algo había atrapado su atención y no le dejaba espacio para nada más. Su hermanito estaba parado detrás de la ventana, viéndolo. Alberto no sabía qué hacer ¿Saludar? ¿Irse? Su hermano desapareció y la luz del cuarto se apagó. Alberto bajó la cabeza y se metió en el auto. Supuso que era cuestión de tiempo para que su hermano también dejara de quererlo. 

Todos esos pensamientos se hicieron pedazos cuando la puerta principal se abrió y David trataba de hacer el menor ruido posible al cerrarla detrás de él. Alberto sonrió a medida que el nudo en su garganta desaparecía. Salió del auto apurado y corrió hacia su hermano. Cuando David se enganchó a su cuello y le dio un fuerte abrazo Alberto olvido todo por unos segundos. Sólo estaba ese momento. 

-Sabía que regresarías. Sabía que cumplirías con tu promesa- Alberto recordó que antes de ser echado de su casa le había prometido a David que volvería para llevárselo con él a vivir lejos de sus padres. 

-Estás enorme- le dijo Alberto cuando se separaron. Hasta ese momento no se había dado cuenta que ya eran dos años que no había visto a su hermano. Ciertamente estaba más alto y el cabello lo tenía más largo, las facciones se estaban endureciendo y hasta su mirada no era la misma. Tantas cosas que seguramente habían pasado y él se las había perdido todas. Quería maldecir y llorar por eso. 

-¿Estás mejor?- le preguntó David. Alberto lo miró extrañado 

-¿Mejor?- 

-Sí, de tu operación. Un doctor vino hace unos meses y dijo que había tenido un accidente. Mamá lo echó cuando mencionó tu nombre- Alberto cerró los ojos por un momento y tragó grueso. Eso hacía todo más real. Darío había estado allí, informando de su salud a una madre que no quería saber nada de su hijo. 

-Sí. Estoy mucho mejor. Ese doctor fue muy bueno conmigo, no sólo me ayudo con eso sino que estuve viviendo con él y todo- 

-¿Es tu novio?- preguntó su hermano en una mezcla de emoción y pena que hizo que soltara una carcajada. 

-No. Para nada. Me quiso como un hijo. Sólo eso- 

-¿Y por qué hablas en pasado?- Alberto se recordó que no estaba hablando con el mismo niño al que le leía Peter Pan antes de dormir. 

-Él…murió- Alberto respiró pesadamente luego de esas palabras. Decirlas en voz alta lo golpeó en el centro del pecho. 

-Perdón- le dijo David mientras le tomaba la muñeca. Alberto negó con la cabeza y le dio unas palmadas en la mano. 

-Cuéntame ¿Cómo has estado?- 

-¡David!- Ambos hermanos ahogaron un grito. En el umbral de entrada, Ana María Díaz miraba a sus dos hijos. Aunque trataba de ignorar a uno. –Metete a la casa y a tu cuarto- 

-No- Respondió con firmeza su hijo menor. –Ahora que Alberto está aquí me voy a ir con él y ya no tendré que obedecerte- Alberto y su madre abrieron los ojos sorprendidos. Ana María miró a su hijo mayor con rabia. 

-¿Qué le has estado diciendo- Alberto ignoro a su mamá y se dirigió a David. 

-No puedes venir conmigo, Peter Pan. No puedes dejar tu casa- La mirada de David reflejaba como poco a poco iba entendiendo lo que su hermano le estaba diciendo. 

-¡No! No Alberto. Tú me dijiste que me iría contigo. Yo no quiero vivir aquí, con ellos, no después de lo que te hicieron- 

-Exacto. Me lo hicieron a mí, no a ti. Haz caso y ve a la cama- Alberto calló lo que su hermano le iba a decir con un beso en la frente. Ambos hermanos se sonrieron y despidieron con un abrazo. Cuando David entró le dio una mala mirada a su madre y siguió su camino hacia las escaleras. Ana María iba a cerrar la puerta pero Alberto metió el pie. 

-Alberto- 

-Sal o me pongo a gritar que tu hijo maricon está aquí- La amenaza surtió efecto, su madre se amarró fuerte la bata y cerró la puerta tras ella al salir. Se cruzo de brazos y miro con frialdad a su hijo. 

-¿Qué quieres?- 

-Es bueno verte, mamá- 

-¿Has reflexionado acerca de tus pecados? ¿Estás listo para trabajar en el perdón?- Alberto sonrió con tristeza. 

-No, mamá. No tengo nada por lo que pedir perdón- Su madre se dio media vuelta y camino hacia la puerta -¡¿POR QUÉ, MAMÁ?! ¡¿POR QUÉ NO PUEDES QUERERME?!- Ana María se dio vuelta alarmada 

-¡Baja la voz!- Ana María se sorprendió con las lagrimas en los ojos de su hijo y Alberto se odió por tenerlas. Todas llevaban el nombre de su madre. 

-Alguien me quiso, mamá. Un completo extraño me dio la bienvenida en su casa, en su hogar. Y me quiso. De la manera en que ni tu ni mi papá pudieron. Él quería que fuese su hijo pero…-El nudo en la garganta era demasiado grande para tragarlo. Alberto tomó una larga bocanada de aire y se quedó en silencio por unos segundos. 

-Pecaste con ese hombre ¿verdad? Con el doctor que vino por aquí- A Alberto lo invadió la ira y unas ganas de golpear a su madre por esas palabras. Negó con la cabeza y sacó un sobre de su bolsillo. 

-Ya no hablaré más contigo. Firma eso y no me veras más- Ana María dudo unos segundos en tomar el sobre. Al abrirlo y leer el contenido del documento adentro se sorprendió de la punzada de dolor que le causó. 

-¿Para qué… 

-No es tu maldito problema. Firma, firma por tu esposo y ya. Soy mayor de edad y es una simple formalidad pero a mi papá le hubiese gustado verlo firmado. Dejarás de tener un hijo ante la ley. Ustedes también salen ganando- Alberto le extendió un bolígrafo, Ana María lo tomó y firmo por ella y su esposo. 

-Espero que sigas siendo un hombre lo suficiente para cumplir con tu palabra. Vete, Alberto- 

-Aun no. Tenemos que hablar de David- 

-Él no es tu problema- 

-Sí lo es. Él es lo único que me queda de familia y no dejaré que lo hagas pasar por algo parecido a lo que me hiciste pasar a mí. Escúchame bien, Ana María. A menos que quieras que regrese solamente a avergonzarte delante de cada persona que has conocido en tu vida, vas a ser una buena madre para David y te vas a asegurar de lo mismo con su padre y hermano. Lo amaras hasta que no puedas más, lo consentirás, iras a sus partidos, a sus conciertos, a lo que sea, a darle ánimos y a hacerlo sentir querido. Serás la mejor madre del mundo para él así como fuiste la peor para mí. Él no es como yo, no lo será, te lo puedo asegurar así que no tienes motivos para hacerlo sentir mal. Te juro que si me entero que lo han hecho sentir mal, volveré sólo para avergonzarlos tanto con mi presencia que no les quedará otra que mudarse de aquí ¿Hablé claro?- Ana María asintió. Alberto se dio la vuelta y camino hacia el auto. 

Cuando arrancó su madre aun estaba afuera siguiendo su camino con la mirada. 


Esa fue la última vez que vi a Ana María Díaz o a mi hermano David. Han pasado 17 años. Mi vida no puede ser más distinta. Soy pintor y fotógrafo, tengo mi propia casa con Nómada como mi única compañía. Alejandro no estaba muy seguro acerca de que me lo trajera a Italia pero terminó adaptándose muy bien. Mi padrino es la única persona de mi primera vida con la que mantengo contacto. 17 años y todavía el asesino de mi padre no ha sido ubicado. Aun pienso en él, lo lloro, lo sueño y le agradezco. No solamente me curó mis heridas sino también mi alma marchita, me dio el calor de un hogar, los principios de un ser humano recto y ejemplar, y el amor de un verdadero padre. Y aunque al cerrar los ojos lo primero que veo es la mirada de quien me lo quitó, seguido de eso lo veo en su bata, entrando sonriente a la habitación de un paciente lleno de violencia y antipatía, las únicas armas que tenía contra un mundo que lo había lastimado demasiado. El mundo me ha seguido lastimando y yo sigo lleno de rabia e impotencia, pero por mi padre trato de siempre tener, como él, una sonrisa lista. 

 Mi nombre es Alberto Alcántara. Solía cortarme para no sentir dolor, hasta que un hombre me aceptó y me dio un batido de frutas.

3 Responses so far.

  1. Anónimo says:

    q final
    nunka me imagine esto

  2. Jalóu:
    Bueno, creo que no se puede comenzar de otro modo que no sea diciendo que me gustó (a lot) la historia, por supuesto. Y empezando por lo primero, me encantaron los personajes, que a mi parecer es el gran plato fuerte de esta historia, me encantó la forma en la que están retratados y, sobre todo, me emocionó llegar a descubrir esas motivaciones subconscientes que esperaba de ellos desde que Darío "recogió" a Alberto. Sin ellas la acción hubiese seguido siendo una acción plausible, que puede pasar, pero con las motivaciones de Darío se le añade una nueva perspectiva al asunto, y demás está decir que me gustó.

    Hubo un momento, cuando Darío y Alberto comenzaban a vivir juntos y todo el mundo el preguntaba al primero si tenía algo con Alberto, y hubo un final, no recuerdo de qué capítulo, en el que dije "Ya está, si en algún punto tienen algo, dejo de leer esto"; pero no pasó, y de pana, gracias,gracias,gracias,gracias por no sacar un romance cliché de la nada, que había telita de donde sacarlo, pero que simplemente le hubiese quitado a la historia esa singularidad dentro de tantas cosas que puede leer uno por acá.

    ¿Qué otra cosa? Claro, el final, que no podía ser de otra forma. No importa si fue un final tan injusto para Darío, debía ser de la manera en que fue, de otra forma simplemente la historia se hubiese "bastardizado", porque una salvación irreal, lamentablemente, no hubiese quedado bien. Y a uno le provoca hasta aplaudir a Alberto, sacarlo de ahí y aplaudirlo, y decirle lo maduro que fue al preferir no ir al funeral de su papá sólo por no "arruinárselo" a su madre, quien al final fue simplemente la causante de todo. (Perra ¬¬').

    Me ha encantado, creo que está de más decirlo. Y el final, la oración final, no pudo terminar de otra forma. Simplemente genial y magnífico.

    ¡Hasta la próxima!
    Chauchis,
    Daniel

  3. Teo says:

    Pues Daniel creo que es a mi a quien le toca decir gracias. Por tomarte el tiempo para leer lo que escribo y para escribir ese comentario con tus ideas al respecto. Me causa mucho agrado que te haya gustado la historia, especialmente por lo cruda que es. No todo el mundo se lo tomó así. Mis intenciones al escribir te llegaron al leer y no puedo estar más satisfecho.

    De nuevo, muchísimas gracias por tu tiempo y tus palabras. Espero que mis próximas historias te gusten tanto como esta.

    Saludos.