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Alberto estaba sentado en su cama, abrazando sus piernas, su mirada fija a un costado. Toda la habitación estaba destrozada, los ataques de ira y tristeza habían continuado, el último fue el peor de todos ya que Alejandro no estaba con él para controlarlo. Más tarde sería el entierro de Darío y todos se estaban preparando. Menos él. Había tenido una discusión con Alejandro cuando le anunció que no iría. Darío había muerto salvándolo de alguien que hasta ese momento nadie sabía quién era o qué quería, sólo que era el culpable de su muerte, él estaba seguro que era la última persona que la madre de Darío quería ver, especialmente en el entierro de su hijo. Lo mejor era dejar que se despidiera de su hijo en paz. 

Alberto no dejaba de ver la hojilla que tenía a un lado. La había encontrado entre los restos de una gaveta que lanzó contra una pared. Era tan fácil, unos cuantos cortes y ese dolor que le abría cada vez más el pecho pasaría a segundo plano, pero cada vez que lo intentaba recordaba la promesa que le había hecho a Darío de nunca más hacerse daño. Y era algo inútil de recordar, él estaba muerto y ni siquiera lo sabría, pero no funcionaba así, al contrario, parecía que al estar muerto Darío su promesa había ganado más peso. Alberto arrojó la hojilla a un lado y volvió a acostarse, abrazó a una almohada y enterró su cara allí. 

-Perdóname, papá- susurró antes de comenzar a llorar hasta quedarse dormido. 

Cuando despertó, Alejandro estaba sentado en su cama con la mirada fija en algo que tenía en las manos. Pasaros unos minutos antes de que se diera cuenta que estaba siendo observado. Alejandro le dio una de las ya habituales sonrisas forzadas. 

-Todo bien- dijo Alejandro, refiriéndose al entierro y a que no habrían preguntas al respecto. Alberto asintió. Alejandro le entregó un sobre. -Esto es para ti. De Darío- Alberto tomó el sobre y lo abrió. Estaba confundido de su contenido. ¿Italia? ¿Instituto de artes plásticas? ¿Pasajes de avión para dos? 

-No- dijo Alberto y dejó el sobre en la cama. 

-Es lo que quería para ti, Alberto. Debes irte- 

-¡No!- Alberto se levantó de la cama y también Alejandro. 

-Es por tu bien. Es lo mejor. Es lo que tu pa… 

-¡NO! No digas eso. Él no era mi papá, él no sabía lo que era mejor. Si lo hubiese sabido no se hubiese puesto en mi lugar, hubiese dejado que me matara a mí. Fue un estúpido, no mi papá- Alejandro se acercó despacio a él. 

-¿Terminaste?- Alberto no le respondió. El golpe lo tomó por sorpresa, su mejilla comenzó a arderle y estaba seguro que dentro de poco tendría la silueta del reverso de la mano de Alejandro impresa en ella. Alberto se quedó sin palabras, Alejandro lo tomó de la nuca y lo obligo a mirarlo. 

-Él hizo lo que hizo porque te amó. Más de lo que lo vi amar algo. Más que a mí o a su familia ¿Entendiste? Y no estará en ningún papel pero él fue tu papá. Desde la primera vez que pusiste un pie en esta casa, lo fue. Yo le hice una promesa que sería tu padrino, así que ahora somos familia y es mi deber cuidar de ti. Así que te vas a montar en ese avión, iras a vivir a Italia e iras a ese instituto porque eso es lo que tu papá quería para ti. Dio su vida por ti, lo menos que puedes hacer es respetar sus deseos, malagradecido de mierda- Alejandro lo soltó en un movimiento brusco y salió del cuarto tirando la puerta tras él. Alberto sentía que no podía respirar, tenía los ojos llenos de lágrimas que no bajaban y pensaba tan rápido que estaba seguro que su cabeza explotaría. Pero no podía seguir de la misma manera que los últimos días. Pasó el resto del día ordenando su cuarto, recogiendo los pedazos de madera y de él mismo del suelo. Dejó para lo último su cama y el sobre. Cuando volvió a agarrar el sobre se dio cuenta que había algo escrito en la letra de Darío, dos palabra que al leerlas lo hicieron cerrar los ojos y tapárselos con la mano. 

-Peter Pan- susurró. Alberto salió corriendo, se detuvo sólo para tomar las llaves del carro de Darío y siguió su camino. No se paró a pensar o siquiera ver la hora. Para cuando se estacionó frente a la casa de sus padres y hermanos era de noche y no se veía a nadie por la calle. Alberto vio la hora en el tablero del carro. Eran pasadas las diez de la noche. Iba a devolverse pero había una luz encendida en la casa. Alberto esperaba que no hubiesen cambiado nada desde que él se había ido porque era en el cuarto de su hermano David. Se bajó y recostó del auto para ver su casa y a esa luz encendida. Darío había estado allí y había hablado, al menos, con su hermano ¿Cuándo? ¿Qué se habían dicho? ¿Qué había aprendido de su vida? ¿Por qué no le había dicho nada? Alberto estaba más enojado con Darío por morir. 

Todo eso pasó a segundo plano, algo había atrapado su atención y no le dejaba espacio para nada más. Su hermanito estaba parado detrás de la ventana, viéndolo. Alberto no sabía qué hacer ¿Saludar? ¿Irse? Su hermano desapareció y la luz del cuarto se apagó. Alberto bajó la cabeza y se metió en el auto. Supuso que era cuestión de tiempo para que su hermano también dejara de quererlo. 

Todos esos pensamientos se hicieron pedazos cuando la puerta principal se abrió y David trataba de hacer el menor ruido posible al cerrarla detrás de él. Alberto sonrió a medida que el nudo en su garganta desaparecía. Salió del auto apurado y corrió hacia su hermano. Cuando David se enganchó a su cuello y le dio un fuerte abrazo Alberto olvido todo por unos segundos. Sólo estaba ese momento. 

-Sabía que regresarías. Sabía que cumplirías con tu promesa- Alberto recordó que antes de ser echado de su casa le había prometido a David que volvería para llevárselo con él a vivir lejos de sus padres. 

-Estás enorme- le dijo Alberto cuando se separaron. Hasta ese momento no se había dado cuenta que ya eran dos años que no había visto a su hermano. Ciertamente estaba más alto y el cabello lo tenía más largo, las facciones se estaban endureciendo y hasta su mirada no era la misma. Tantas cosas que seguramente habían pasado y él se las había perdido todas. Quería maldecir y llorar por eso. 

-¿Estás mejor?- le preguntó David. Alberto lo miró extrañado 

-¿Mejor?- 

-Sí, de tu operación. Un doctor vino hace unos meses y dijo que había tenido un accidente. Mamá lo echó cuando mencionó tu nombre- Alberto cerró los ojos por un momento y tragó grueso. Eso hacía todo más real. Darío había estado allí, informando de su salud a una madre que no quería saber nada de su hijo. 

-Sí. Estoy mucho mejor. Ese doctor fue muy bueno conmigo, no sólo me ayudo con eso sino que estuve viviendo con él y todo- 

-¿Es tu novio?- preguntó su hermano en una mezcla de emoción y pena que hizo que soltara una carcajada. 

-No. Para nada. Me quiso como un hijo. Sólo eso- 

-¿Y por qué hablas en pasado?- Alberto se recordó que no estaba hablando con el mismo niño al que le leía Peter Pan antes de dormir. 

-Él…murió- Alberto respiró pesadamente luego de esas palabras. Decirlas en voz alta lo golpeó en el centro del pecho. 

-Perdón- le dijo David mientras le tomaba la muñeca. Alberto negó con la cabeza y le dio unas palmadas en la mano. 

-Cuéntame ¿Cómo has estado?- 

-¡David!- Ambos hermanos ahogaron un grito. En el umbral de entrada, Ana María Díaz miraba a sus dos hijos. Aunque trataba de ignorar a uno. –Metete a la casa y a tu cuarto- 

-No- Respondió con firmeza su hijo menor. –Ahora que Alberto está aquí me voy a ir con él y ya no tendré que obedecerte- Alberto y su madre abrieron los ojos sorprendidos. Ana María miró a su hijo mayor con rabia. 

-¿Qué le has estado diciendo- Alberto ignoro a su mamá y se dirigió a David. 

-No puedes venir conmigo, Peter Pan. No puedes dejar tu casa- La mirada de David reflejaba como poco a poco iba entendiendo lo que su hermano le estaba diciendo. 

-¡No! No Alberto. Tú me dijiste que me iría contigo. Yo no quiero vivir aquí, con ellos, no después de lo que te hicieron- 

-Exacto. Me lo hicieron a mí, no a ti. Haz caso y ve a la cama- Alberto calló lo que su hermano le iba a decir con un beso en la frente. Ambos hermanos se sonrieron y despidieron con un abrazo. Cuando David entró le dio una mala mirada a su madre y siguió su camino hacia las escaleras. Ana María iba a cerrar la puerta pero Alberto metió el pie. 

-Alberto- 

-Sal o me pongo a gritar que tu hijo maricon está aquí- La amenaza surtió efecto, su madre se amarró fuerte la bata y cerró la puerta tras ella al salir. Se cruzo de brazos y miro con frialdad a su hijo. 

-¿Qué quieres?- 

-Es bueno verte, mamá- 

-¿Has reflexionado acerca de tus pecados? ¿Estás listo para trabajar en el perdón?- Alberto sonrió con tristeza. 

-No, mamá. No tengo nada por lo que pedir perdón- Su madre se dio media vuelta y camino hacia la puerta -¡¿POR QUÉ, MAMÁ?! ¡¿POR QUÉ NO PUEDES QUERERME?!- Ana María se dio vuelta alarmada 

-¡Baja la voz!- Ana María se sorprendió con las lagrimas en los ojos de su hijo y Alberto se odió por tenerlas. Todas llevaban el nombre de su madre. 

-Alguien me quiso, mamá. Un completo extraño me dio la bienvenida en su casa, en su hogar. Y me quiso. De la manera en que ni tu ni mi papá pudieron. Él quería que fuese su hijo pero…-El nudo en la garganta era demasiado grande para tragarlo. Alberto tomó una larga bocanada de aire y se quedó en silencio por unos segundos. 

-Pecaste con ese hombre ¿verdad? Con el doctor que vino por aquí- A Alberto lo invadió la ira y unas ganas de golpear a su madre por esas palabras. Negó con la cabeza y sacó un sobre de su bolsillo. 

-Ya no hablaré más contigo. Firma eso y no me veras más- Ana María dudo unos segundos en tomar el sobre. Al abrirlo y leer el contenido del documento adentro se sorprendió de la punzada de dolor que le causó. 

-¿Para qué… 

-No es tu maldito problema. Firma, firma por tu esposo y ya. Soy mayor de edad y es una simple formalidad pero a mi papá le hubiese gustado verlo firmado. Dejarás de tener un hijo ante la ley. Ustedes también salen ganando- Alberto le extendió un bolígrafo, Ana María lo tomó y firmo por ella y su esposo. 

-Espero que sigas siendo un hombre lo suficiente para cumplir con tu palabra. Vete, Alberto- 

-Aun no. Tenemos que hablar de David- 

-Él no es tu problema- 

-Sí lo es. Él es lo único que me queda de familia y no dejaré que lo hagas pasar por algo parecido a lo que me hiciste pasar a mí. Escúchame bien, Ana María. A menos que quieras que regrese solamente a avergonzarte delante de cada persona que has conocido en tu vida, vas a ser una buena madre para David y te vas a asegurar de lo mismo con su padre y hermano. Lo amaras hasta que no puedas más, lo consentirás, iras a sus partidos, a sus conciertos, a lo que sea, a darle ánimos y a hacerlo sentir querido. Serás la mejor madre del mundo para él así como fuiste la peor para mí. Él no es como yo, no lo será, te lo puedo asegurar así que no tienes motivos para hacerlo sentir mal. Te juro que si me entero que lo han hecho sentir mal, volveré sólo para avergonzarlos tanto con mi presencia que no les quedará otra que mudarse de aquí ¿Hablé claro?- Ana María asintió. Alberto se dio la vuelta y camino hacia el auto. 

Cuando arrancó su madre aun estaba afuera siguiendo su camino con la mirada. 


Esa fue la última vez que vi a Ana María Díaz o a mi hermano David. Han pasado 17 años. Mi vida no puede ser más distinta. Soy pintor y fotógrafo, tengo mi propia casa con Nómada como mi única compañía. Alejandro no estaba muy seguro acerca de que me lo trajera a Italia pero terminó adaptándose muy bien. Mi padrino es la única persona de mi primera vida con la que mantengo contacto. 17 años y todavía el asesino de mi padre no ha sido ubicado. Aun pienso en él, lo lloro, lo sueño y le agradezco. No solamente me curó mis heridas sino también mi alma marchita, me dio el calor de un hogar, los principios de un ser humano recto y ejemplar, y el amor de un verdadero padre. Y aunque al cerrar los ojos lo primero que veo es la mirada de quien me lo quitó, seguido de eso lo veo en su bata, entrando sonriente a la habitación de un paciente lleno de violencia y antipatía, las únicas armas que tenía contra un mundo que lo había lastimado demasiado. El mundo me ha seguido lastimando y yo sigo lleno de rabia e impotencia, pero por mi padre trato de siempre tener, como él, una sonrisa lista. 

 Mi nombre es Alberto Alcántara. Solía cortarme para no sentir dolor, hasta que un hombre me aceptó y me dio un batido de frutas.


Un giro, y luego un, dos, tres, empujes. Un giro, y luego, un, dos tres, empujes. Luego del abrazo es lo que vino: un giro brusco y luego tres empujes de su cuerpo contra el mío, involuntarios, en coordinación con las detonaciones. No sabría decir si eso fue lo que me paralizó, si fueron las detonaciones, lo brusco del movimiento, o esos ojos negros que me miraban desde el otro extremo del patio, el movimiento de personas desde dentro de la casa luego de los disparos, si los gritos de las mujeres, los hombres corriendo detrás de los avasallantes ojos negros, los disparos, los autos acelerando y dejando un rastro en el asfalto ¿Cuál de esas cosas me dejó parado en medio de la nada recién creada, mientras el cuerpo se deslizaba por el mío hasta caer al suelo al lado del perro que no dejaba de latir? Llevo años tratando de encontrar esa respuesta, a pesar de que recuerdo con detalle cada cosa que pasó después de esas detonaciones. 

-¡DARÍO! ¡ALBERTO!- gritó alguien en la distancia. Yo seguía sin poder moverme, mi cerebro estaba tratando de procesar, casi podía escucharlo en su intento de girar los engranes, de poner la máquina de nuevo a operar. No fue hasta que sentía una mano impactando en mi mejilla que los engranes giraron y la maquina reinició. Frente a mi estaba Amanda, su mirada…era la primera vez que veía algo así. No había control, no había superioridad intelectual, todo lo que había era total y completa desesperación. Detrás de ella estaban Sara y otras personas cuyos nombres no me llegaban. Sara estaba arrodillada, cerca del cuerpo que se había deslizado por el mío sin que yo pudiese hacer nada. En esa misma línea de visión estaban mis manos, ambas cubiertas de rojo, como si estuviese usando guantes de sangre. La división entre el rojo y el color de mi piel era asquerosa. Otra cachetada de Amanda me llevó a enfocarme sólo en ella. 

-¡¿Qué pasó?!- preguntó. Su tono de voz iba acorde a su mirada. Yo me sentía fuera de ese escenario, ajeno a lo que estaba pasando y a mi propio cuerpo. Respondí pero no sentía que era yo quien respondía, especialmente por la velocidad con la que mis palabras salían de mi boca. 

-Alguien estaba aquí, cuando salí no lo vi pero Nómada estaba ladrando, creí que era porque no le gustaba estar amarrado, Darío vino y me abrazó y luego se volteó y luego escuché los disparos y…y… ¡Darío! ¡Darío! ¡Darío!- No dejaba de repetir su nombre. El resto de mi cuerpo ganó la misma velocidad de movimiento que mi boca y se arrodilló, tal como Sara. Lo alcé y lo pegué a mi cuerpo, mi voz seguía repitiendo su nombre y estaba ganando volumen. Nadie hacía nada, yo no hacía nada. Él estaba tan frágil, el cuerpo inerte, con sangre moviéndose lentamente fuera de su cuerpo. No sabía qué hacer más que gritar su nombre y asegurar su cuerpo en el mío, dándole de mi calor. El de él se estaba yendo y… 

-Alberto- A diferencia de las cachetadas de Amanda, su voz puso a trabajar a mi cuerpo a su máximo. Cuando sus ojos se abrieron dejé de decir su nombre y comencé a sonreír. También comencé a gritar órdenes. 

-¡UN CARRO! ¡TRAINGANLO! ¡HAY QUE LLEVARLO AL HOSPITAL! ¡YA! ¡YA!- Escuché a alguien gritando por Darío, y de pronto ya no estaba entre mis brazos. Frené el impulso de luchar por él porque reconocí la fuente del grito, la misma persona que me lo quitó, la única persona que sí sabía qué hacer. Lo llevó corriendo a su auto, yo lo seguí y me subí unos segundos antes de que arrancara a toda velocidad. Alejandro hizo rugir a su carro y esquivaba a los otros con sorprendente facilidad. La cabeza de Darío iba entre mis piernas, él no dejaba de mirarme ni yo de sonreírle. Todo iba a estar bien. 

-¿Estás bien?- Yo asentí. Su voz era débil, un simple susurro. 

-Me salvaste- El sonrió y puso su mano en mi cara. 

-Salvé a mi hijo- Por la expresión de su cara, sus palabras nos sorprendieron a ambos. Llevó su mano hasta la mía y la apretó. –Quiero que seas mi hijo- 

-Sí- Le respondí en el acto. Él comenzó a reír. Y luego a toser. 

-¡Alberto! ¡¿Qué pasa?!- gritó Alejandro alarmado mientras presionaba con fuerza el acelerador. 

-¡Está tosiendo sangre!- Alejandro maldijo y pisó más aún el pedal, la fuerza de la velocidad me hizo pegarme al asiento. La del freno hizo que casi pegara la frente del asiento de Alejandro. Luego de eso todo fue caos. Varios pares de manos quitaron a Darío de mi regazo. Para cuando bajé del carro ya lo tenían en una camilla empujándolo a toda velocidad por el pasillo principal. Alejandro iba con ellos. 



El silencio en la sala de espera era tan terrible como la noticia que ninguno esperaba recibir. Luego de varios intentos de pelear con el personal médico, Alejandro se dejó llevar a la sala, su posición no había cambiado desde que se sentó. Estaba viendo fijamente al techo, abriendo y cerrando los ojos de vez en cuando. Tenía un puño cerrado con firmeza. Todos los demás estaban sentados detrás, hablando entre ellos, yendo a buscar algo de comer o tomar para los demás. No entendía cómo podían estar en eso en un momento así. Yo no podía saber ni cómo me sentía. Era como volver a ese estado en que mi mente y mi cuerpo estaban separados. Sabía que sentía como si una piedra me aplastara el pecho, todos mis músculos parecían a punto de desgarrarse, sabía que mi ropa y mis manos estaban llenas de la sangre de Darío. Todas esas cosas estaban presenten en mi cabeza pero de alguna manera no podía procesarlas, no podía actuar en base a ellas. No podía. 


El grito me despertó. Me levanté alerta de la silla y el abrigo que me habían puesto encima cayó al suelo. A unos pasos de mi estaba Alejandro, él era el que había gritado. No necesité ver a Dorotea frente a él, ni a sus lágrimas, ni la de los demás. El dolor que se abría paso en mi pecho era suficiente. Fui hasta donde Alejandro, lo tomé del hombro y él dio la vuelta. Había ira en su rostro, la suficiente como para asustarme y soltarlo. -Se nos fue- dijo, y entonces la ira desapareció. Me abrazó. Yo le devolví el abrazo porque esos gritos que seguían saliendo de su boca reflejaban muy bien el dolor que yo tenía. Alejandro sabía lo que él y yo acabábamos de perder. Ese parecía ser mi destino, perder todo lo que me importaba de la peor manera. Pero ese no era momento para pensar en esas cosas. Alejandro estaba llorando en mi hombro. 


El teléfono por fin sonó y Leticia Alcántara sonrió involuntariamente. Se fue a otra habitación para que su esposo no escuchara. Cerró la puerta y respondió. -¿Todo listo?- preguntó.

-Leticia, mi vida. Mira, la cosa no salió como se planeó-

-¡¿Cómo?! Raimundo, te pagué para que sacaras a ese mariquito de…

-Leticia, escúchame y siéntate, mi amor- El tono de voz del hombre hizo que el sentimiento que tuvo al dejar encargada la muerte de Alberto regresara a su pecho.

 -Rai…Raimundo ¿Qué pasó?- Antes de que el hombre respondiera hubo un alboroto en la sala que hizo que Leticia se sobresaltara y no prestara atención a la respuesta del hombre al otro lado de la línea. Se apresuró y encontró a su esposo con el teléfono en el oído, su vaso de licor hecho pedazos en el piso y, cuando se volteó a verla, lagrimas en los ojos. Leticia le trancó a Raimundo y se agarró del marcó de la puerta. Se privó de llorar lo más que pudo ya que no se lo merecía, pero cuando su esposo le dio la noticia de la muerte de su hijo, su grito se pudo escuchar desde la calle. 



De regreso a casa fuimos llevados por unos policías compañeros de Alejandro. Cuando llegamos encontramos más policías entrando y saliendo de la casa, otros en la calle tomando fotos. Alejandro aún no dejaba de derramar lagrimas y las mías se rehusaban a salir. Me odiaba por eso. Los otros policías intentaron ayudarnos a bajar a Alejandro pero eso despertó impulsos violentos en él hasta que yo lo tomé del hombro. En esos momentos Alejandro era como un niño que atacaría a todo aquel que no fuese una persona de confianza. En esos momentos Alejandro me recordaba a mí mismo, a la persona que fui, la que dejé atrás gracias al hombre que dio su vida por mí. Yo debía ser el Darío de Alejandro, pero eso iba a ser imposible porque Darío se había ido. Su sangre en mi ropa me lo recordaba. 

Apenas entramos, Alejandro se fue corriendo escaleras arriba al cuarto de Darío. 

-¿Estará bien?- Preguntaron detrás de mí. Me volteé. Era uno de los policías que nos había traído. Asentí con el intento de una sonrisa. 

-Es fuerte. Sólo hay que darle algo de tiempo- 

-Vamos a atrapar a quien hizo esto. Se lo prometo- Le volví a dar la falsa sonrisa y unas palmadas en el hombro. Por mucho que quería creerle, no podía. Hace unas horas creía que por fin me tocaba algo de felicidad ininterrumpida y ahora estar rodeado de policías como recordatorio de la mentira que eso había sido era intolerable. De pronto me sentía asfixiado, la ropa, las miradas de pena de los demás, la sangre, las fotos, todo me robaba el aire. Salí corriendo a mi cuarto y no me detuve hasta que la puerta estaba cerrada a mis espaldas. Con los ojos cerrados trataba de respirar lo más calmado posible, se suponía que estaba cuidado de Alejandro y eso significaba que mientras él lloraba el nombre de Darío en su habitación yo no debía perder el control. 
Abrí los ojos y entonces todo lo anterior dejó de importar. 

Frente a mi estaba un caballete armado con un lienzo y un mensaje escrito con pintura 

¡Feliz Cumpleaños! 
de tu futuro papá 

Y de nuevo fue como si fuese solamente un espectador de mi propio cuerpo. También como si un dique se rompiera, todo lo que se suponía que debía haber expresado cuando Darío murió salió en ese momento. Primero fue el grito, luego las lagrimas, le di una patada al caballete y golpeé todo lo que estaba a mi alcance, el dolor por fin estaba saliendo. Y yo quería que parara, era demasiado. Alguien entró al cuarto y me encerró en sus brazos, luché tanto como pude, golpeé hasta que me cansé pero no me dejaron ir. Lloré todo lo que pude y luego un poco más. 
El sol salió y sin yo haber dormido, tampoco quien me sujetaba. Alejandro no había dicho una palabra y yo menos. 

Ninguno quería decir lo que el nuevo sol significaba. El primer día de nuestras vidas sin él tener a su mejor amigo ni yo al padre que me regalaron sin haberlo pedido.


Gustavo Alcantara estaba sentado en la sala de su casa, como era costumbre con un libro en las manos y un vaso con whiskey en la pequeña mesa a su lado, esa noche sin embargo había algo fuera de lo usual, su esposa Leticia caminaba por toda la casa con su celular a cubierto entre sus manos. Eso le molestaba, no tanto por el sonido de sus pasos que sí interrumpía su lectura sino por lo que sea que la tuviera tan nerviosa. Algo así no podía ser bueno porque a su esposa nada la ponía nerviosa. Era la misma mujer que cuando estaba por dar a luz le dio instrucciones desde qué meter en la bolsa de ropa hasta donde estacionar en el hospital, la misma mujer de la que se había enamorado perdidamente y que cambió el segundo que se acostumbró a su dinero. En otro tipo de matrimonio él se hubiese levantado a tratar de darle tranquilidad a la turbada mente de su esposa, pero desde hace muchos años que no eran ese tipo de matrimonio. Gustavo se levantó sólo para servir un poco más de whiskey, de regreso a su asiento una foto captó su atención y lo hizo sonreír, era una vieja foto de él, su esposa e hijo el día de la graduación de la escuela de medicina. Gustavo regresó a su asiento y trató de concentrarse en su libro. 


-¡Alberto!- gritó Darío mientras trataba de alcanzarlo. Con cada paso se regañaba mentalmente. No debió haberle hecho caso a sus amigos, una fiesta de cumpleaños sorpresa era mala idea. Y había tenido razón. Cuando abrió la puerta con Alberto el también fue sorprendido. Todos sus amigos estaban allí con otras personas que conocían a Alberto, hasta un par de los pacientes de Darío con los que él había tratado en el hospital, una pancarta enorme de feliz cumpleaños colgaba de la parte superior de las escaleras y al fondo se veía una torta rodeada de regalos. Todo eso hizo a Darío sonreír, hasta que miro a un lado para apreciar la sorpresa en la cara de Alberto y se dio cuenta que no estaba y que en vez de eso el muchacho había echado a correr. Ahora estaba casi al final de su calle tratando de alcanzarlo. 

-¡Alberto! ¡Párate, vale!- Alberto podía sentir el recorrido completo de su sangre por su cuerpo. Estaba molesto con Darío por engañarlo. Desde que le pidió que lo acompañara al hospital y le hizo esperar por cuatro horas sabía que tramaba algo, su miedo se volvió realidad cuando abrieron la puerta de la casa. Darío sabía de su cumpleaños, de su vida antes de él, y toda esa gente ahí…Obligadas seguramente por Darío para que él no se sintiera mal por no tener una fiesta en su cumpleaños. Era de Darío hacer esas cosas. 

Alberto tropezó con una piedra y cayó de cara al suelo. 

-¡ALBERTO!- Darío apresuró el paso y lo alcanzó para ayudarlo a levantarse del suelo. En lo que Alberto se paró se alejó de él. –Perdón- le dijo –Sé que fue mala idea, quería hacer algo por tu cumpleaños pero no sabía ni cómo decirte que sabía que hoy era tu cumpleaños, entonces Alejandro me dijo que hiciera eso pero no debí hacerle caso y… 

-Ya va ¿Alejandro planeó eso?- 

-Sí- Alberto se veía confundido. 

-Entonces… ¿Fue él quien le dijo a toda esa gente que fuera a la casa?- Alberto dijo eso en voz baja y mirando al suelo. 

-¡No! Nadie le dijo a nadie que… Ya va ¿Tú piensas que esa gente está allí por obligación?- Alberto no respondió y entonces todo encajó en la mente de Darío. -¡Coño, Alberto! Ven acá- Miró a los lados antes de abrir los brazos, y Alberto hizo lo mismo antes de entrar en ellos. Darío lo encerró en un abrazó y le dio un beso en la coronilla en la cabeza. Era algo que rara vez hacían por la falta de ausencia de gente a su alrededor. 

-Entonces ¿Por qué están todas esas personas ahí?- Alberto quería sonreír y llorar al mismo tiempo ¿Cómo alguien podía ser tan extraño a un gesto de cariño? Mejor dicho ¿Qué clase de monstruos harían que una persona se cuestionara dichos gestos? 

-Escúchame bien- le susurró al oído –Toda esa gente está ahí porque cuando les dijimos que hoy era tu cumpleaños, todas respondieron que no podían perdérselo y me preguntaron de que sabor querías tu torta, y que regalos debían comprarte. Respondí lo mejor que pude y de verdad espero que todo te guste porque todo eso es para ti porque sencillamente te lo mereces por la sencilla razón de existir, Alberto Alcantara- Darío apretó los dientes para no soltar la maldición que quería escapar de sus labios. Había estado pensando en ese nombre desde que consiguió los papeles de adopción. Un hijo que llevase su apellido. Ahora la había cagado. No quería tener esa conversación en una calle solitaria. 

-Que tu mamá no te escuche llamarme así- fue todo lo que dijo Alberto. Se zafó del abrazo y le sonrió –Vámonos- Cuando Alberto le hizo un gesto con la mano para que lo siguiera, Darío se dio cuenta de las heridas que dejó la caída. Ambos regresaron en silencio a la casa, y sin que lo supieran, alguien se bajó de un auto negro y fue detrás de ellos. 


Al llegar a la casa nadie dijo nada de la huida de Alberto. Esperaron que Darío se encargara de las heridas de sus manos e hicieron como que nada había pasado, felicitaron a Alberto y cada quien entregó su regalo. A Alberto le tomó tiempo acostumbrarse a la efusividad de todos. Sus primeros cumpleaños en una familia religiosa eran cortos y aburridos, luego de que lo corrieran de su casa no tuvo el interés de celebrarlo y no había nadie en su vida que lo quisiera hacer por él. Darío de nuevo compensaba por esos años que estuvo a la deriva. Parecía que él era la unión de todas las personas que le hubiese gustado tener a su lado, especialmente sus padres. Al momento de apagar las velas de su torta Alberto sonrió porque su máximo deseo desde que había comenzado a vivir con Darío ya se había cumplido: Volver a sentir que pertenecía a un hogar. 

Cuando Darío anunció que era el momento de que Alberto abriera los regalos, éste volvió a sentir el mismo miedo e incomprensión. Toda esa gente, comprándole regalos…para él no tenía sentido. Hubiese preferido que Darío no hubiese hecho eso, para él era mejor abrirlos cuando ya todos se hubiesen ido. Entre Darío y Alejandro movieron la mesa con los regalos a la sala y se sentaron con los demás a la espera de que Alberto abriera el primero. Desde que los había visto, evitó acercarse a la mesa, ahora que la tenía cerca parecía más intimidante y abrumadora. Eran tantos regalos... 

Amanda se levantó de su asiento, tomó una caja envuelta en papel blanco y se la entregó a Alberto 

-Toma, comienza por aquí- Alberto la tomó y forzó una sonrisa -¡Ah! Y para que sepas, todos tenemos prohibido decirte quien te regaló qué, así evitamos quejas- Cuando Alberto rasgó el papel entendió a lo que Amanda se refería. Lo que tenía en las manos era una cámara fotográfica profesional, de esas que aparecían en la televisión. A Alberto le gustaba la fotografía, era algo que había compartido con Amanda en una de sus consultas. El regalo obviamente era de ella. Alberto dejó la cámara en la mesa de centro de la sala. 

-Yo… 

-¡No!- lo calló Amanda. -Ya discutimos eso. Sigue con otro- Alberto sonrió y obedeció. 

Darío no podía dejar de sonreír al ver a Alberto abrir sus regalos. Luego de la impresión por el regalo de Amanda las cosas fueron fluyendo mejor. Para el quinto regalo Alberto ya no los miraba con gesto de disculpa luego de abrir un obsequio. En ese momento, Darío pudo ver en el mismísimo centro de Alberto. No era más que un niño al que todo ese rudo y agresivo exterior había estado protegiendo. 

-El último- anunció Alejandro. Alberto sonrió y tomó el paquete de la mesa. Cuando Alberto rasgó el papel, Darío supo que era el regalo de Alejandro. Debajo de todo el papel de regalo había un hermoso cuaderno de dibujos forrado en cuero y un gran dragón en la portada cuya cola era la cerradura, detrás había un grupo de lápices de grafito y de colores. 

-Te la comiste- le susurró Darío a su amigo. Alejandro sonreía más que Alberto. Darío se paró del mueble y se abrió paso entre sus amigos e invitados hacia las escaleras. 

-¡Epa! ¿A dónde vas?- le preguntó Alejandro. 

-Por mi regalo. Ningún otro puede ser el último- Le sonrió a todos y subió corriendo las escaleras. Escondido en su armario estaba el regalo que tenía desde hace semanas. Un caballete, lienzos, pinturas y una paleta. Darío no podía esperar a ver la cara de Alberto. Y en ese momento se le ocurrió una idea. 

-¿y el regalo?- le preguntó Mauricio cuando bajó las escaleras. Darío se encogió de hombros 

-Lo dejé arriba. ¿Y Alberto?- 

-Está en el patio- respondió Lucia, una de las conocidas de Alberto del hospital. Darío se extrañó y se fue al patio. Alberto estaba recostado de uno de los arboles grandes, de espalda a la casa, acariciando al perro. 

-¿Nómada también te tiene un regalo?- Alberto dejó de recostarse del árbol e hizo movimientos con las manos que le dijeron a Darío que se estaba secando lagrimas del rostro. Darío sonrió. 

-Es que estaba ladrando mucho. Creo que no le gusta estar amarrado-

-¿Te gustaron tus regalos?- Alberto asintió pero no se volteó a verlo. Darío se acercó un poco más y le puso la mano en el hombro. Lo que pasó luego lo agarró desprevenido. De pronto se vio rodeado por los brazos de Alberto en un fuerte abrazo que él correspondió. 

-Gracias- le susurró Alberto. 

-Ni siquiera has visto mi regalo- 

-No hablo de eso. Gracias por salvarme la vida. De no ser por ti yo estaría… 

Todo el sonido desapareció de pronto y los siguientes segundos pasaron en cámara lenta a medida que Darío veía a un hombre emerger de las sombras del fondo del patio con una pistola apuntando a la espalda de Alberto. 

Cuando el sonido regresó, lo primero que escuchó Darío fueron las detonaciones.


-¡ALBERTO! ¡YA LLEGARON TODOS!- Alberto saltó de la cama, tomó la primera franela que tuvo a la mano y se la puso. Era domingo, el mejor domingo, el último domingo del mes. Darío y sus amigos se reunían en casa del doctor a asar carne y pasar el día. A Alberto le gustaba estar con ellos, eran tan buenos como Darío y siempre tenían que ver con él. Era como si lo hubiesen aceptado en su círculo de amistad y entre todos lo cuidaran. Alejandro, el policía, fue el primero en verlo bajar las escaleras. Él era el amigo más cercano a Darío, habían crecido juntos y estudiado medicina pero Alejandro se retiró luego de unos meses y encontró su vocación en las fuerzas del orden. Se quitó la gorra que tenía y se la lanzó a Alberto que brincó desde la mitad de la escalera para agarrarla y, en el mismo movimiento, ponérsela. 

-Estás mejorando- le dijo Alejandro con una sonrisa. Alberto les sonrió a todos en la sala. Mauricio, el abogado, le estrechó la mano. Amanda, su psicólogo, le dio un abrazo y un beso. El día siguiente tenían cita. Dorotea, que a pesar de su rudo comienzo ahora eran más cercanos, también le dio un beso, y por último, Sara, la secretaria también lo abrazo. Si Alberto no se equivocaba, ella y Darío estaban teniendo un acercamiento más allá de la mistad. Al menos eso era lo que comentaba con Alejandro y Dorotea porque Darío siempre cambiaba la conversación cuando preguntaba. 

-Entonces chamito ¿Cuándo por fin es que Darío te va a meter a estudiar?- Alejandro le daba vueltas a los trozos de carne con la habilidad de la practica. Alberto miró hacia otro lado. 

-No me ha dicho- 

-¡Epa! Viendo para acá que estoy hablando con tu cara, no con la nuca. ¿Tú no tienes unos añitos ya como para que esperes que otro decida por ti? ¿O es que sigues con la vaina de que no quieres ir? Ya te lo he dicho, Alberto, aprovecha tu tiempo. Yo entiendo todo lo que tú quieras pero estudiar te dará más de lo que te quitará. Empezando por ese miedo- Alberto apretó la mandíbula para no responder. Terminaría diciendo algo ofensivo y respetaba demasiado a Alejandro para eso. 

-Es que no sé que quiero estudiar. Terminé el liceo, sí, pero la universidad es otra cosa- Alejandro se río y lo miró negando con la cabeza. 

-Excusas. Seguro ya tienes pensado hasta el doctorado que harás, pero no quieres salir de aquí. Vas a terminar convirtiéndote en una pared o en un mueble. O peor, un viejo como el que viene ahí- Alberto volteó hacia donde apuntaba Alejandro y no pudo evitar reírse. Darío venía con varios platos para la carne. 

-¿Cuál es el chiste? Compartan- Ambos negaron con la cabeza. 

-No me corrompas al muchacho- le dijo Darío a Alejandro que le dio un trago a su cerveza e hizo un gesto con las cejas en respuesta. Darío le puso la mano sobre la cabeza a Alberto y le dio un pequeño apretón antes de irse. 

En el comedor, Alberto, Alejandro y Dorotea se sentaron juntos para poder captar cualquier movimiento entre Darío y Sara. Ambos hablaban por poco tiempo pero se dedicaban miradas nerviosas y cuando por casualidad sus manos se tocaban se comportaban de manera muy incómoda. 

-Les van a hacer un hueco en la cabeza de tantos mirarlos- les susurró al trío vigilante Amanda acompañada de Mauricio camino a la cocina. Todos se sonrieron entre ellos y los siguieron. Luego de lo de Ana María, todos los amigos de Darío hicieron de su misión encontrar a alguien que fuese mucho mejor, aunque por lo que había escuchado en conversaciones a espaldas de Darío, no había que buscar mucho para encontrar alguien mejor. Esa mujer era más horrible de lo que él había pensado. Lo que ninguno había planeado era que esa persona podría estar dentro de su círculo de amigos. Y a pesar de las bromas y demás, Dorotea era la única que no estaba totalmente convencida de que algo así fuese a funcionar. 

-¡Ay si! Como no todos tenemos los cincuenta años de casados cumplidos…- le replicó Mauricio –De algún lado tienen que salir ¿no? Deja el pesimismo, chica- Mauricio era el único que hablaba con Dorotea de tú a tú, todos los demás la trataban con el respeto que requería su edad. Irónicamente, con Mauricio era que se llevaba mejor. 

-Mira, carajito, si lo digo es por algo. Que yo he vivido más que tú y eso de amigos para novios casi nunca funciona- Mauricio iba a replicar pero en eso Darío entró a la cocina. 

-Bueno y ustedes están aquí chismeando y Sara y yo con hambre. Muévanla con la comida- Entre todos se miraron y comenzaron a reír. Darío se hizo el desentendido y regresó al comedor, en lo que todos comenzaban a hacer comentarios con doble sentido acerca de él y Sara, se hacía el que no escuchaba o entendía, pero terminaba sonriendo con todos. 

Comer era la parte que más le gustaba a Alberto de las reuniones de Darío con sus amigos. Todo era una eterna broma, chiste y comentarios que hacían que más de uno se atragantara con la comida. En la mesa, las risas era el plato que no se terminaba. Mientras Alberto y los demás recogían la mesa y limpiaban, Darío arrastró a Alejandro fuera del comedor hasta las escaleras. Alejandro se soltó del agarre. 

-¡Epa! ¿Qué tienes tú?- 

-Te quiero enseñar algo- Alejandro lo vio con ojos entrecerrados. 

-Sólo hay una cosa que podrías enseñarme subiendo las escaleras, y hasta donde sé, el de esas cosas es el muchachito tuyo- Darío le dio un empujón a su sonriente amigo por las escaleras. Tratar con Alejandro era tratar con un niño de quince años con extremo sarcasmo. Alejandro trató de entrar al cuarto de Alberto pero Darío lo halo por un brazo y lo empujó al suyo. Una vez había cometido el error de entrar sin permiso en ese cuarto, el hueco en la puerta del golpe que Alberto le había propinado al descubrirlo aún estaba. Si había algo que Darío no quería provocar, era el mal humor de ese muchacho. Entraron a su cuarto y Alejandro repitió una de sus rutinas, se tiró en la cama y le hizo señas a Darío para que lo acompañara con una cara sexi que de sexi no tenía nada. Darío sólo rio mientras buscaba lo que quería mostrarle a su amigo, lo sacó de una de las gavetas de su mesa de noche, se sentó en la cama y lo ofreció a Alejandro. Los instintos de policía salieron a flote cuando el semblante de Darío cambió. Alejandro se sentó, tomó y abrió el sobre. 

-¡Güao!- Fue todo lo que dijo. – ¿Tú estás seguro de esto?- El bromista ya no estaba. Ahora era el hombre de casi treinta y siete años, policía y amigo. 

-¿Crees que te estaría enseñando eso si estuviese seguro? Estoy aterrado, los pedí desde hace semanas. Ni siquiera a Amanda se los he enseñado- 

-Así que esto fue idea de Amanda- Darío trató de corregirse pero Alejandro lo miró alzando las cejas, retándolo a que lo hiciera. 

-Me atrapaste- 

-Sí, bueno, ella no es la única con súper poderes…Papá… ¿Quién lo diría?- Alejandro le devolvió los papeles de adopción a Darío. –Lo que no entiendo es ¿Por qué? El chamo es mayor de edad, esto sería meramente una formalidad- Darío se encogió de hombros. 

-Él se merece una familia de verdad. Yo quiero dársela- Alejandro le sonrió y le alborotó el cabello. 

-¿Estás seguro que el gay aquí es Alberto?- Darío soltó una carcajada y lo empujó a la cama. Alejandro lo agarró del brazo y lo halo. Ambos se quedaron viendo al techo. 

-Siempre dijimos que tú serías papá primero- 

-Sí, pero no porque lo quisiera sino porque prefiero abstinencia que ponerme un condón. Además, tú estás adoptando. No se vale- 

-Lo dices tan seguro…nunca he mencionado nada a Alberto. Seguro dice que no- Alejandro hizo un sonido de burla. 

-Mira, lo que pasa es que la vida de medico zombi que llevas no te deja verlo, pero ese muchachito no te quiere más porque no puede, y no necesitas que yo o Amanda te lo diga, no hay que tener un súper arrecho octavo sentido para darse cuenta. Tú le rescataste la vida, Darío, tú hiciste algo por él que nadie más quería. Y conociéndote tienes todo un plan de vida armado tanto para él como para ti, y el tuyo gira alrededor del suyo. Ya eres su papá, que no lo diga en papel es otra cosa- 

-¿Estás seguro que el gay es Alberto?- Alejandro le dio un empujón y luego de ese vinieron varios. Eran como dos muchachitos jugando en la cama de los papás. Cuando terminaron, Darío sacó otro sobre y se lo dio a Alejandro. 

-¡Nojoda! ¡Lo sabía!- dijo cuando abrió el sobre. Dentro estaban dos pasajes de avión para Italia y papeles de una escuela. 

-¿Instituto de arte?- Alejandro lo miró extrañado. 

-Él pinta. Le he descubierto bosquejos por ahí. Es muy bueno- Alejandro se sorprendió con la información.

-Míralo pues…se lo tenía guardadito. Pero… ¿Italia? ¿Qué pasa contigo?- Darío se encogió de hombros.

-Puedo ser doctor allá también. Ya he hablado con mi jefe y me puede dar varias recomendaciones y ponerme en contacto con gente. Eso es lo de menos- Alejandro sonrió y negó con la cabeza.

-¿Ves? Papá- Desde la escalera comenzaron a gritarles para que bajaran. Ambos se incorporaron de la cama, Darío guardo los papeles y antes de salir Alejandro le puso una mano en el hombro y le dio un apretón.

-No tienes de que preocuparte. Te aseguro que estará encantado con la idea. Y sí, por supuesto que seré el padrino del muchacho. No tienes ni que preguntarlo- Darío soltó una carcajada que duró todo el camino hasta que bajaron. Abajo los recibieron con más risas.

Darío tenía algo oculto aún. No le había dicho a Alberto ni a nadie de su viaje a la casa de la familia de Alberto, no le había dado el mensaje de su hermano. La reacción de Alberto sería terrible, de eso no había duda, pero ¿Lo suficiente para odiarlo e irse de la casa? Darío se quedo viendo por una ventana mientras pensaba en eso.

Del otro lado de la calle, dentro de un auto color negro estaba un hombre vigilante de todo lo que ocurría dentro de la casa de Darío. En sus manos tenía una cámara, y de copiloto un revolver.

El mismo que en un par de días cobraría la vida de uno de los que en ese momento se encontraba en la casa.



Leticia Alcantara se acomodó los lentes de sol en el carro y tomó una bocanada de aire antes de salir. Tenía mucho tiempo sin ir a esa parte de la ciudad, la que la vio nacer. Antes de ser la respetable y renombrada en sociedad que todos conocían, había sido Leticia Artiga, niña, de barrio pobre, ingenua y sin nada en la vida. Nada que valiera la pena recordar. La plaga que estaba en la vida de su hijo debía ser eliminada, lo que la empujó a volver a ese sitio, porque pasaba que ella conocía a un muy buen exterminador. 
El pequeño bar estaba donde lo recordaba, cuando entró, un hombre lo suficientemente alto para hacerle sombra estaba del otro lado. Cruzaron las miradas por unos segundos y se hizo a un lado. Dentro, un hombre mayor se levantó de su mesa y abrió los brazos a modo de saludo. 
-¡Leticia! Mi amor, tan bella como siempre- Antes de quitarse los lentes de sol, Leticia puso los ojos en blanco. No podía ver el momento de irse de ahí. 
-Deja la payasada, Raimundo. Tú y yo no nos hemos visto en años- Se sentó en la mesa sin recibir el abrazo o el beso que sabía que el hombre al que fue a ver tenía para ella. 
-Seras tu a mi, princesa. Porque yo te he visto todos los días. Es lo malo de tener tanto real, Leticia, todo el mundo tiene que ver contigo. Por eso me tome la molestia de reservar este espacio para nosotros. Supuse que apreciarias la privacidad- Leticia no respondió, sólo sacó un par de fotos de su cartera y las tiro en la mesa. 
-¿Cuanto?- Raimundo tomó las fotos y se puso un par de lentes de lectura para verlas. 
-¡Chica! ¿Y este no es el hijo tuyo? ¿Tan mal se porto?- Leticia miró al hombre con desprecio, éste se rió. 
-Te va a dar algo, quedate quieta que te estoy vacilando. Además, ya hablamos de esto. Sé que es al mariquito que está con él en la foto. Pero tengo que preguntar, vale ¿tu muchacho anda en vainas raras ahora? Porque recuerdo verte en una revista contentisima porque se te casaba ¿Cruzó la acera el hombre?- 
-Raimundo, por si no es obvio, yo no vine aquí a tomarme un café y reírme de tus pendejadas...- Leticia ahogó un grito cuando Raimundo la tomó del brazo y apretó. 
-Escuchame bien, muchachita, a mi no me importa que tengas mas real que toda la ciudad junta, aquí estás en mi tierra y estás siendo muy mal educada conmigo. Yo pensaba que Jacinta te había criado mejor. Debajo de toda esa ropa cara y rostro estirado esta la misma muchachita que comía mango con las manos en el patio de mi casa, eso es lo que eres en el fondo, y lo que siempre seras- Raimundo le soltó el brazo y dejó las fotos en la mesa. 
-4 por el trabajo. Deja 2 y luego mando a alguien por los otros 2- Con mano temblorosa, Leticia sacó un fajo de billetes y lo dejo en la mesa, se levantó y salio del bar. Dentro de su auto, recostó la cabeza en el volante hasta que su corazón se calmó. El sólo pensar en su pasado...Raimundo hablaba por hablar. Ahora era una mujer distinta, una mucho mejor que su pasado. Leticia condujo lejos de su pasado mas no pudo con el sentimiento en el pecho que le decía que acababa de cometer un terrible error. 

Las risas de Darío y Alberto se escuchaban desde la calle. Era la tercera película que veían en el día. Todo había sido idea de Amanda, ambos necesitaban un tiempo juntos. Y ambos la estaban pasando muy bien. Había veces en que Darío se quedaba viendo a Alberto reír y se preguntaba desde cuando no lo hacía. Había hecho lo correcto, ya eso lo había internalizado, pero no dejaba de preguntarse acerca de todo lo que había pasado Alberto y lo que él hubiese hecho para evitarlo. Era un adulto, tenia el temperamento de uno y la racionalización, pero en el fondo seguía siendo un niño, la fuerza con la que reía por una película de unos pajaros parlantes se lo decía. Alberto se percató de la mirada de Darío y volteó a verlo. En ese segundo en que sus ojos se encontraron ambos tuvieron el mismo retorcijón en el estomago pero ninguno dijo nada al respecto. El ambiente de pronto se puso pesado para ambos, siguieron viendo la película pero ahora tomaban un segundo para verse, como asegurándose que el otro estaba bien. Ese retorcijón era inconfundible para el niño que había vivido desgracias y el doctor que había presenciado su buena parte de ellas. 

Algo malo iba a pasar.


Amanda estaba sentada con las piernas cruzadas y escuchaba atentamente a su paciente. No había nada nuevo para ella trabajar, sólo lo mismo de las últimas dos semanas. Su paciente estaba tratando de no hablar de algo, lo sabía, pero antes de interrumpir el monologo que tenía la alarma de vibración en su bolsillo se disparó indicándole que la hora de terapia había acabado.
-Muy bien, Martín. Creo que hemos hecho un poco de progreso hoy, pero quiero que la semana que viene me hables de eso que estás tratando evitar ¿Sí?- Su paciente la miró con la incredulidad que venía cada vez que demostraba su poder de intuición a alguno de sus pacientes. 
–Es mi trabajo ayudarte a superar las cosas, Martín. Aún cuando lo trates de evitar- Fue la respuesta que le dio a su incrédula mirada. Amanda despidió a su paciente y organizó su oficina. Era casi hora de almuerzo y Darío pasaría pronto para que fuesen a almorzar. Darío era uno de sus amigos más cercanos y la fuente de su paciente más reciente. No sabía definir la relación de Darío con Alberto, pero era de las cosas más interesantes, al igual que la forma en que Alberto terminó en su consulta.

Fue una noche en casa de Darío. Amanda había estado yendo toda la semana siguiente de que Darío le contará acerca de Alberto, su situación y sus mutilaciones. Al principio no estaba cómoda con la petición de Darío de no decir que era una psiquiatra pero luego de conocer a Alberto se decidió a hacerlo. Ese niño brotaba desconfianza por cada poro de su piel, en sus silencios y en lo perdido de su mirada. Con su rutinaria evaluación de lenguaje corporal Amanda quería correr a abrazar a ese ser que obviamente había pasado por demasiado para su corta edad. La excepción a eso era cuando interactuaba con Darío. A los ojos de ella era como si un planeta y una luna orbitaran alrededor uno del otro. Si Darío hablaba, Alberto estaba al pendiente de cada palabra, si Alberto se movía, Darío estaba al pendiente de cada uno de sus movimientos, y si salía de su campo de visión su cuerpo se incomodaba hasta que Alberto volvía. Si estaban conscientes de eso, Amanda no lo sabía.

La cena transcurrió como las anteriores, un silencio absoluto por parte de Alberto excepto para responder secamente las preguntas que Amanda le hacía o con monosílabas a los comentarios de Darío, por lo que tanto Amanda como él se sorprendieron cuando al final, Alberto se ofreció a lavar los platos con ella. Esperaba que quizás hubiese algo de conversación pero Alberto secaba los platos en mortal silencio y dirigiéndole un par de miradas, por lo que cuando por fin le habló, Amanda no le escuchó.
-¡Te hice una pregunta!- Amanda se estremeció con el aumento en la voz de Alberto.
-Disculpa, Alberto. No te escuche-
-No te hagas la loca, se supone que debes evaluarme a mí, no al revés-
-No te entiendo, Alberto- respondió Amanda. Alberto resopló.
-¡Que no te hagas la loca, te dije! Eres la psiquiatra que Darío contrató para que me revisara ¿no?- El corazón de Amanda comenzó a latir con fuerza y rapidez. Si había algo en lo que no era buena era en situaciones bajo presión.
-¿Por qué dices eso?- El nerviosismo en su voz la traicionó.
-Porque no soy pendejo. Por eso- Alberto se subió las mangas de su camisa. Era la primera vez que lo hacía frente a ella. A Amanda le tomó todo su autocontrol para que una exclamación de horror no se le escapara ante las múltiples cicatrices que iban de arriba abajo en el brazo de Alberto, y las cuatro recién hechas exactamente en las muñecas.-Me hago esto y de pronto una amiga de toda la vida se viene a cenar todas las noches. Claro- Amanda dejó caer los hombros en señal de derrota.
-No te molestes con Darío. Sólo quería ayudar. Se preocupa por ti-
-Eso lo sé, es todo lo que ha hecho desde que lo conocí, pero esto es demasiado. Para todos. Sentarme a hablar de mis problemas no va a ayudar a nadie. Y hay cosas que nadie debería escuchar, ni siquiera usted, doctora- Alberto soltó el adjetivo de modo despectivo. Amanda lo ignoro, estaba acostumbrada. Casi todos sus pacientes habían tenido el mismo comienzo violento en sus sesiones.
-¿A qué te refieres con eso? Mi trabajo es ese, Alberto, ayudar. Pero no es sólo escuchar, es…
-Mire, doctora, ya se lo dije, eso no llevará a nada-
-¿Por qué lo dices? Eso no lo sabes- Alberto soltó una carcajada de burla.
-Si alguien sabe, soy yo. Es MI carga-
-Pero no deberías cargarla tú solo, Alberto. Yo podría…-Alberto tiró el plato que tenía en la mano al suelo. Amanda dio un brinco del susto y casi deja caer el que ella tenía en sus manos.
-¡DIJE QUE NO!- La cara de Alberto se tornó roja y las venas en su cuello estaban todas marcadas. Lo que no concordaba eran sus ojos levemente húmedos. 
–Tú no tienes idea de lo que necesito. Lo que necesito es olvidar mi vida entera. Olvidar que cuando tenía catorce años me di cuenta que era diferente, que me sentía atraído por un muchacho que poco le importó caerme a coñazos cada vez que le parecía para no decírselo a mis padres, olvidar que a los diecisiete se lo dije a mis papás y desde ese momento ya no fui su hijo, que al año siguiente ya ellos no podían seguir viviendo con la vergüenza así que me echaron de su casa, olvidar que la otra vez que me gustó alguien tuve más suerte, hasta que ese alguien tomó la costumbre de golpearme salvajemente después de cada cogida para recordarse que él era todo un macho, olvidarme de que cuando estuve al borde de la muerte alguien me rescató y me dio no sólo una segunda oportunidad de vivir sino un techo, alimento, ropa, cuidado y hasta un perro, el problema es que su mamá odia a los maricos como yo y viven peleando al respecto, y eso me mata porque no quiero que mi pago a él por lo que hizo por mi sea que se separé de su mamá. Ningún ser humano debería sentirse rechazado por la persona que lo parió, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Así que aquí estoy, en un día a día de culpas y remordimientos porque no sé que hice para merecer tanta bondad de alguien y no sé como coño pagárselo. No necesito ayuda, doctora, porque ya se cuales son todos y cada uno de mis problemas. Y si quiere ayudarme, ya sabe cómo, hágamelos olvidar todos. En cuanto a las cortadas, no es un problema de profunda perturbación mental, era mi manera de lidiar con el inmenso dolor que siento que me partirá en dos cada día de mi vida. No lo he hecho más porque se lo prometí a Darío pero créame que a cada minuto que pasa me muero pro hacerlo porque llorar no lo alivia y contarle esto a Darío hará que quería hacer más cosas por mí. Entienda de una maldita vez que no quiero ayuda psiquiátrica o psicológica- Luego de un profundo silencio entre ambos, los ojos de Amanda comenzaron a soltar lágrimas.
-¡Llegamos!- Gritó Darío desde la entrada y su acompañante ladró dos veces para apoyarlo. Amanda dejó la cocina y se encerró en el baño donde lloró lo suficiente para poder controlarse y salir para dar la excusa que debía hacer unas diligencias y tenía que irse antes de lo planeado. Amanda le dio una sonrisa a Alberto luego de ver la preocupación en su cara desaparecer, seguramente por el temor de que ella le fuese a decir a Darío de su ataque de sinceridad. Y ese gesto de solidaridad fue el primer paso para la confianza de Alberto e ir a verla una vez a la semana a su consulta.

Amanda estaba observando a Darío comer inquieto, señal de que tenía una pregunta que no quería hacer.
-¿De verdad me vas a hacer que te pida que preguntes eso que tienes en mente?- Darío sonrió como un niño que fue atrapado en medio de una travesura.
-Me asusta que hagas esas cosas-
-Mentira. Son demasiados años para que no te hayas acostumbrado- Ambos rieron.
-Necesito que me digas si hay algún avance con Alberto. Yo no…
-Sabes que no puedo hablar de eso, Darío. Es mi paciente y…
-Sí, yo sé, hay un código y todo eso, pero Amanda, ya no sé qué hacer con mi mamá. Lo único que hace es agarrarla contra Alberto e insultarlo y lo normal sería que él le replicara, teniendo en cuenta el carácter que sé que tiene, pero no, sólo se queda callado y la deja que siga, y todo termina conmigo discutiendo con ella. Nunca me había llevado tan mal con mi mamá pero no puedo dejar que siga tratando tan mal a Alberto. Le he dicho que ahora es parte de mi vida pero sencillamente no lo acepta. La cosa es que no sé cómo eso está afectando a Alberto, por eso te pido que por favor, me digas algo al respecto- Amanda meditó por unos segundos antes de hablar. -No puedes dejar que eso continúe, Darío. Un ambiente así es dañino, independientemente de lo que yo te diga o de lo que pienses. Nada bueno sale de estar siempre discutiendo. Entiendo tu preocupación y lo perturbado que estás por la situación pero como dije, no puedo decir nada de mis sesiones con Alberto. Lo estás haciendo de maravillas, con el perro, con la rutina, con la inclusión y con la constante conversación y cuidados y no está bien que te pida más pero debes ponerle un parao a eso- Darío asintió.
-Iba a hacerlo de todas maneras- Amanda rio y tomó un sorbo de vino. Dejando la psiquiatra atrás, Amanda se centró en su amigo.
-¿Alguien te ha preguntando como llevas el cambio?- Darío suspiro y le sonrió a su amiga.
-De hecho, esperaba que fueses tú la que lo hiciera, pero ahora todo es Alberto. Cuando hay santos nuevos…- Amanda soltó una carcajada, le tomó la mano y le dio un beso.
-Entonces ¿Cómo te sientes con toda esta locura que decidiste dejar entrar en tu vida?-
-¿Honestamente? No me puedo sentir mejor. Es decir, es agotador y siento que mi corazón pierde cinco años de vida con cada preocupación pero aún así no me he arrepentido la primera vez. Ayudar a Alberto es lo que sentía que era apropiado y hasta ahora he tenido razón-
-¿Hasta con el perro?- Esta vez fue Darío quien soltó una carcajada.
-¿Puedes imaginártelo? Yo con perro-
-Lo sé, una de las cosas que estaba segura acerca de ti era que no eras de tener perros. Ahora tienes un monstruo de tamaño casi humano del que aun siento miedo que me coma-
-Bueno, me ayudó a encontrar a Alberto en ese parque y a que no se fuera de casa a mis espaldas, herido. Lo mínimo que podía hacer era darle un hogar a él también- Y en ese momento a Amanda le vino la respuesta del misterio a la cabeza.
-¿Sabes Darío? Eres un excelente padre- El doctor se rio pero se calló cuando sintió el fuerte palpitar en su pecho.



Alberto estaba sentado debajo de un árbol, la luz del sol estaba muriendo y las ramas se movían lentamente al ritmo del viento de la noche que se acercaba. Lloraba en silencio, como siempre lo había hecho cuando se trataba del dolor que llevaba atrapado en su pecho y lo había estado acompañando desde tan temprana edad. La discusión entre el doctor y su madre era su culpa. Era lo que siempre hacía, encontraba algo bueno y lo volvía malo. Su familia, su relación con Ricardo y ahora el desacuerdo entre el doctor y su mamá. Él le había ofrecido un techo para vivir y ¿Cómo se lo pagaba? Creando discordia. Alberto había experimentado lo que era que tu propia madre te tratara como un extraño y no se lo deseaba a nadie, mucho menos a quien había sido tan amable con él sin pedir nada a cambio.

Darío salió de su casa luego de registrarla hasta la última esquina para asegurarse que Alberto no se escondía de él. No era psicólogo pero suponía que escuchar la discusión que tuvo con su mamá no habría sido agradable teniendo en cuenta su pasado. Se llevó una chaqueta puesta y otra para cuando encontrara a Alberto, por como soplaba el viento iba a ser una noche muy fría. Rezaba que Alberto no hubiese ido muy lejos, a pie era poco el terreno que podía cubrir él solo. Comenzaría por el parque y luego iría a la plaza.

Alberto trataba de ignorar a las pocas personas que se paseaban por aquí y por allá, las miradas que le lanzaba y el frio que comenzaba a deslizarse por su cuerpo. Buscaba en su cabeza algo que lo ayudara pero sólo podía escuchar a la mamá del doctor llamándolo marico, loco y enfermo. No era algo raro para él, su papá y hermano mayor lo llamaron cosas peores pero de alguna manera recordarlo fue peor que escucharlo por primera vez. Alberto miró a su alrededor y se encontró sólo. Tomó el paquete que tenía al lado de él y desenvolvió el cuchillo que había tomado de la cocina de Darío. Desde hace dos años no lo hacía pero era porque los constantes golpes que recibía de Ricardo actuaban de calmante a su dolor interno, ya no tenía nada de eso. Con mano temblorosa puso el cuchillo sobre su muñeca.

Darío jadeaba tratando de recuperar el aliento luego de recorrer el parque en busca de Alberto. Nadie reconocía la descripción que les daba cuando les preguntaba por él. Tomó algo de agua en uno de los dispensadores repartidos por el parque y arrancó a correr hacia la plaza. Cuando llegó estaba totalmente desierta. No había nadie allí excepto por los perros que ocasionalmente vagaban por ahí. Iba a correr hasta su casa para ir en auto a buscarlo cuando un perro en la distancia comenzó a ladrar intensamente. Probablemente no era Alberto. Pero ¿Y si lo era? Sólo le tomaría un momento ir a ver. El mismo momento que podría significar el bienestar de Alberto o que estuviese lastimado en la calle, sólo y con frio, pero tampoco podía dejar pasar de encontrarlo. Arrancó a correr hacia los ladridos. Era un perro grande, agazapado y ladrándole a un de tronco grueso. Darío estuvo a punto de lanzar una maldición al aire producto de la frustración pero escuchó a alguien quejarse de dolor y del otro lado del tronco alguien dejaba caer su brazo hacia un lado. Cuando Darío vio las cicatrices y las cortadas frescas y sangrantes que las acompañaban, sintió que el mundo completo chocaba contra sus hombros y se hacía pedazos. Conocía ese brazo. Rodeó el árbol. Lo primero que vio fue el enorme cuchillo de cocina, de su cocina, tirado, con la hoja llena de sangre, y luego a Alberto, recostado del tronco y con ambos brazos sangrantes. La sensación se hizo peor, pero antes de que colapsara a ella el doctor entró en escena.

Alberto no había notado la presencia de Darío hasta que lo envolvió en una chaqueta y lo cargó en sus brazos. La sorpresa de que Darío lo hubiese visto haciéndose daño lo dejo mudo, el doctor por su parte corría a la casa respirando pesado y maldiciéndose en voz baja. Darío abrió la puerta de una patada y dejó a Alberto en el mueble grande de la sala, fue corriendo al pequeño cuarto que había al lado de la cocina, ahí guardaba su material médico. Tomó gasas, alcohol, betadine, aguja e hilo en caso de que alguna de las cortadas fuese muy profunda. Por como tenía su franela seguramente alguna lo era. Cuando regresó a la sala, Alberto no estaba, había un rastro de sangre que llevaba hasta la puerta principal. Cuando Darío salió Alberto estaba inmovilizado a pocos pasos del umbral de entrada de la casa, el mismo perro que le había dado su ubicación en el parque estaba parado frente a Alberto, gruñéndole y mostrando sus colmillos. Darío se apuró y tomó a Alberto del cuello con más fuerza de la que quería.

-Ven acá ¿A dónde coño crees que vas?-

-No quiero ser molestia- respondió Alberto tratando de zafarse. Darío lo agarró por lo hombros y lo puso frente a él.

-¡No!- fue todo lo que pudo decir antes de que la voz se le quebrara. Ahí lo entendió, la repentina rabia y frustración que tenía. Era para él, no para Alberto. Él había fallado en cuidarlo, él estaba herido porque no cuido de él. No cometería ese error de nuevo. –Vas a venir a que te cure esas heridas- Sin esperar respuesta lo arrastro de nuevo a la casa y lo sentó en el mueble. Alberto se quedo quieto mientras Darío con cuidado limpiaba, ponía el betadine en sus heridas y las cubría con gasas. El hilo y la aguja no fueron necesarios, para el alivio de Alberto. Cuando Darío regresó de guardar el material médico, Alberto estaba de rodillas en el piso de la sala con un trapo limpiando las manchas de sangre.

-Deja eso- Darío se agachó para quitarle el trapo de la mano, Alberto se resistió un poco pero lo soltó al final. –No debes hacer fuerza con las manos, te…

-Perdón por lo que hice. No quería que te pelearas con tu mamá por mi culpa. Te prometo que mañana me voy- Darío se quedo sin habla. Alberto estaba con la cabeza baja y los hombros hacia adelante. Quizás tratando de darse alguna protección de algún golpe que jamás llegaría.

-Eso no fue tu culpa- Por primera vez, Darío trató un gesto de cariño con Alberto ¿Cuántos en su vida ese pobre niño había tenido? Tomó la barbilla de Alberto y lo hizo subir la cara. Las lagrimas que se acumulaban en sus ojos fueron como un puñetazo en el estomago.

-Perdóname tú a mí- Eso bastó para que Alberto derramara las lagrimas acumuladas y Darío lo encerrara en sus brazos en un protector abrazo.

 Darío se hizo una promesa. Nadie más volvería a lastimar a Alberto. Ni siquiera él mismo.


Los primeros días en casa de Darío fueron muy incómodos, las primeras semanas fueron mejorando, para mitad de mes ya él y Alberto tenían una rutina, aunque no mucho intercambio de palabras. El único inconveniente pasó estando Darío fuera de la casa. Ana María se apareció en el porche gritando por Darío, Alberto la escuchó, salió y la corrió de ahí. Para Darío eso no había sido inconveniente, lo que ocasionó, sí. Su madre llegó a los dos días. Por suerte, esta vez estaba Darío en casa. Ambos estaban en la cocina preparando la cena cuando tocaron la puerta, Alberto fue a abrir. 

-¡¿Dónde está mi hijo?!- 

-¡Epa!- 

-¡SUELTAME!- 

-¡¿Quién es usted?!- Darío reconocía esos gritos. Fue corriendo a la entrada. Alberto tenía a su madre tomada del brazo en el umbral de entrada. Ambos clavaron su mirada en él cuando llegó. 

-Darío, esta mujer quiere entrar a la fuerza- Su madre iba a comenzar a responderle con gritos. Darío habló primero. 

-Está bien, Alberto. Ella es mi madre- Alberto la soltó y bajó la cabeza apenado. 

-Perdón, señora- 

-¡PERDÓN NADA! ¡¿Quién eres tú y qué haces en casa de mi hijo?! Darío ¿Quién es él?- 

-Mamá, deja el escándalo. Termina de pasar. Alberto, por favor, échale un ojo a la comida, que no se queme- Alberto asintió y se fue a la cocina. 

-¿Por qué sigue aquí después de la grosería que le hizo a la pobre de Ana María?- 

-Porque para mí no fue una grosería sino lo que yo hubiese hecho, pero no estaba aquí así que Alberto lo hizo por mi- 

-Debiste correrlo- 

-De hecho, le compré algo en agradecimiento- La rabieta que hizo su mamá le dio mucha satisfacción 

–Mamá, cálmate. Estamos haciendo cena, quédate y come con nosotros- Su madre miró de mala gana hacia la cocina. 

-¿Quién es él? ¿Qué hace aquí? ¿Por qué está viviendo contigo?- Darío negó con la cabeza y se sentó. Su mamá también se sentó y se le quedo mirando. Darío sabía que no dejaría de hacerlo hasta que le respondiera. 

-Es uno de mis pacientes. Llegó una noche al hospital cargado por una mujer. Alguien lo había golpeado brutalmente y lo dejó en la calle, de no ser por ella seguramente hubiese muerto- 

-Eso no explica por qué está aquí contigo- Darío trató que la insensibilidad de su madre no lo sacara de quicio. 

-No tenía a donde ir. Su familia se desentendió de él y su novio fue quien lo golpeo, no podía dejar que… 

-¡¿Qué?! ¿Qué dijiste? ¿Novio? ¿Él es marico?- -¡Mamá! Eso es ofensivo- 

-Ofensivo es que lo traigas a tu casa, y me lo presentes. Esa gente está mal, Darío. Son locos, están enfermos- 

-¡MAMÁ! Te estás pasando de la raya. Es despreciable que digas esas cosas- 

-¡Cuida tu lenguaje, Darío! Mira que soy tu mamá- 

-Y estás actuando como una extraña para mí- 

-¡Darío!- Su madre se llevó la mano al pecho en un exagerado gesto dramático –Tú nunca me habías hablado así- 

-Porque nunca había visto este lado malo y mezquino tuyo. Ese pobre niño está en la calle y tú te horrorizas por la persona de la cual puede enamorarse. Como si eso fuese problema tuyo o mío- 

-Es que no quiero que te lo pegue- En ese momento Darío no sabía si halarse los cabellos o reírse en la cara de su mamá. Se pasó las manos por la cara en busca de un punto de tranquilidad. Su paciencia se acababa con los segundos. ¿Cómo podía su madre utilizar argumentos tan ignorantes e intolerantes? Darío se dio cuenta de una pequeña parte del sufrimiento de Alberto. Ser acusado de esa manera…con razón no todo mundo podía soportarlo. 

-No hables de eso como si fuese una enfermedad, mamá. No lo es. Sé de eso, soy médico. El hecho de que Alberto esté viviendo conmigo no significa que cambiare mi orientación sexual. Es de ignorantes que siquiera pienses de esa manera. Y sé que no eres ignorante, mamá. Al contrario, eres la mujer más inteligente que conozco. Así que, por favor, deja ya de meterte con Alberto. Se queda conmigo y ya- Su mamá quería decir otra cosa pero se contuvo. Darío pudo ver como eso la estaba molestando. Su madre jamás se guardaba nada. 

-Tienes razón, hijito. No debí decir esas cosas. Pero es que estoy preocupada por ti, desde que no estás con Ana María siento que estás… 

-Si algo estoy sin Ana María es libre- Darío utilizó un tono lo suficientemente cortante para callar a su mamá por unos segundos. -No digas esas cosas. No puedes botar todos esos años juntos sólo por un pequeño error- Darío se rio para no hacer lo que de verdad quería: Gritar y tirar algo contra el piso. 

-¿“Un pequeño error”? Ella me traicionó, mamá, me montó cachos ¿o es que acaso no te eché el cuento completo?- Darío ya no tenía paciencia para seguir con esa conversación. 

-Le estás echando toda la culpa a ella- -¡ES QUE TODA LA CULPA ES DE ELLA! ¡Es con ella con quien tenía un compromiso! ¡Es ella la que tomó la decisión de cogerse a un extraño en MI casa, en MI cama! ¡Y qué bolas tienes tú de defenderla a capa y espada en vez de apoyar a tu hijo!- 

-Pero es que… 

-¡Fuera!- Las palabras salieron solas, pero Darío ya no podía más con eso. 

-¿Qué me dijiste?- 

-¡Fuera! ¡Vete a buscar a tu hija querida!- 

-Tú eres mi hijo… 

-Mamá. Fue-ra de mi casa. Salté ¡YA!- su mamá se estremeció con el grito. Nuevamente quería decir algo pero Darío debía lucir lo suficientemente molesto para que se frenara de decirlo. Tomó su cartera y salió de la casa. Darío quería sucumbir a sus instintos y lanzar todos los adornos de la sala contra las paredes pero eso quedó en segundo plano cuando se dio cuenta que seguramente Alberto había escuchado todos sus gritos. Fue a la cocina. 

-Alberto, perdón por los gritos- No había nadie en la cocina, las hornillas estaban apagadas y la puerta trasera de la casa abierta. 

-¡¿Alberto?!- Nadie respondió. Darío siguió llamando dentro y fuera de la casa y nadie respondió.


Darío llegó al hospital con una caja cargada de envases con café. A medida que iba recorriendo los pasillos los iba entregando a enfermeras y doctores, la mayoría de ellos había pasado toda la noche allí de guardia. Él también pero en la clínica al otro lado de la ciudad.

-Tú deberías estar en tu casa, durmiendo. Ya sacaste a la peste de ahí- Darío rio y le entregó el último café en la caja a Dorotea. –Creí que tú no tomabas café- Dorotea señaló a otro envase en la caja-

-No, no es para mí. Es un batido de frutas y proteínas para Alberto, como no puede comer nada solido aún pensé que…- Dorotea tomó a Darío del brazo y lo metió en una habitación vacía. –Dorotea ¿Qué pasa? ¿Por qué…

-Ok. Voy a hacer una pregunta y me la vas a responder Darío Alejandro- Darío se quedó callado. Con la expresión que tenía en la cara Dorotea, era lo más inteligente que podía hacer. –Tú y ese niño ¿están…teniendo algo? Porque el hecho de que Ana María te haya engañado no quiere decir que tienes que renunciar a las mujeres- Darío se quedó parado, viendo a Dorotea sin saber si reír o esconderse en una esquina de la pena. Ahora que lo pensaba, sus gestos para con Alberto si daban qué pensar.

-Por dios- susurró y entonces Dorotea dejo salir una bocanada de aire con alivio.

-¿Qué es lo que tienes con ese niño entonces? Es sólo un paciente más, Darío. Y ya no tienes nada que ver con él. Alfredo puede darle de alta. De hecho, es quien debe darle de alta porque fue quien lo operó- Darío negó con la cabeza.

-No es eso, Dorotea- Darío dejó la caja con el batido en la mesa y se sentó en la cama. Suspiró antes de volver a hablar –Ayer fui a la casa de los padres de Alberto. Hacen como si no existiera, Dorotea. Lo que nos dijo el tipo ese que golpeó a Alberto resulto ser verdad. Son horribles personas, lo más irónico es que son parte de una iglesia. Dos años sin verlo y no les afecta en lo más mínimo. Ese niño no tiene a nadie que vele por él, desde los dieciséis años ha estado sólo y dios sabe cuanto tiempo estuvo a merced del animal ese. Además, tú y yo hemos visto estas cosas antes, en lo que él salga de aquí ira a retirar la denuncia y volverá con ese tipo- Dorotea suspiró y se sentó a su lado.

-Me parece muy noble que quieras resolverle la vida, Darío, pero no puedes andar de madre Teresa con cuanto niño ha tenido una mala vida. Hiciste todo lo que debías con él, no le debes nada, no tienes por qué andar trayéndole batidos de frutas y proteínas, y mucho menos ofrecerle que se quede en tu casa- Darío sonrió y asintió. Tomó la mano de Dorotea y se levantó de la cama.

-Tienes razón. He hecho todo lo que debía, no todo lo que podía. Lo siento, Dorotea, pero voy a ayudarlo. No voy a ser otro más que le de la espalda- Dorotea dejó salir aire sonoramente como señal de derrota. 

-Bien. Pero prométeme que no te meterás a marico- 

-Dorotea- la reprendió Darío, el primer encontronazo que habían tenido ella y Alberto fue por el uso de esa palabra. 

-Gay, homosexual, como sea. El punto es que no te viste tan bien como para ser uno- Ambos se rieron y salieron del cuarto. Dejó a Dorotea en la estación de enfermeras y siguió su camino a la habitación de Alberto. Cuando lo vio entrar iba a gritarle de nuevo. 

-¡Se te van a salir de nuevo los puntos! Escucha antes de gritar que me quieres fuera- Alberto cerró la boca y se le quedó viendo con la misma expresión del día anterior, pero esta vez sin sangre en los vendajes. –Sólo te traje algo para que tomes ya que no puedes comer solidos hasta que sanes- Le tendió el vaso con la merengada. Alberto la agarró de mala manera y comenzó a tomársela. Darío aprovechó el momento. –Mira Alberto, de verdad quiero ayudarte. Eso no es motivo de vergüenza o rabia. No quiero que estés en la calle cuando salgas de aquí o que vayas a retirar la denuncia contra Ricardo y vuelvas con él sólo para que estés de nuevo en esta cama con peores heridas o, peor, muerto- Darío tenía la mano lista para taparle la boca en caso de que volviera a alterarse hasta el punto de perder sus puntos. Entonces Alfredo lo vetaría definitivamente del cuarto de su paciente. Alberto no dijo nada. Darío abusó de su suerte un poco 
–No quiero que te hagan más daño, Alberto. Pero tienes que ayudarme, y a ti también- Darío le volvió a ofrecer la copia de la llave de su casa. Alberto terminó con la merengada y se aferró al vaso por unos segundos, luego lo intercambio por la llave en la palma abierta de Darío. El doctor trató de no sonreír tan evidentemente y decidió que era suficiente por el día. Salió del cuarto sin decir más nada. 

Ya podía ir a dormir tranquilo a casa.