Mi amiga, la fiesta


Gustavo Alcantara estaba sentado en la sala de su casa, como era costumbre con un libro en las manos y un vaso con whiskey en la pequeña mesa a su lado, esa noche sin embargo había algo fuera de lo usual, su esposa Leticia caminaba por toda la casa con su celular a cubierto entre sus manos. Eso le molestaba, no tanto por el sonido de sus pasos que sí interrumpía su lectura sino por lo que sea que la tuviera tan nerviosa. Algo así no podía ser bueno porque a su esposa nada la ponía nerviosa. Era la misma mujer que cuando estaba por dar a luz le dio instrucciones desde qué meter en la bolsa de ropa hasta donde estacionar en el hospital, la misma mujer de la que se había enamorado perdidamente y que cambió el segundo que se acostumbró a su dinero. En otro tipo de matrimonio él se hubiese levantado a tratar de darle tranquilidad a la turbada mente de su esposa, pero desde hace muchos años que no eran ese tipo de matrimonio. Gustavo se levantó sólo para servir un poco más de whiskey, de regreso a su asiento una foto captó su atención y lo hizo sonreír, era una vieja foto de él, su esposa e hijo el día de la graduación de la escuela de medicina. Gustavo regresó a su asiento y trató de concentrarse en su libro. 


-¡Alberto!- gritó Darío mientras trataba de alcanzarlo. Con cada paso se regañaba mentalmente. No debió haberle hecho caso a sus amigos, una fiesta de cumpleaños sorpresa era mala idea. Y había tenido razón. Cuando abrió la puerta con Alberto el también fue sorprendido. Todos sus amigos estaban allí con otras personas que conocían a Alberto, hasta un par de los pacientes de Darío con los que él había tratado en el hospital, una pancarta enorme de feliz cumpleaños colgaba de la parte superior de las escaleras y al fondo se veía una torta rodeada de regalos. Todo eso hizo a Darío sonreír, hasta que miro a un lado para apreciar la sorpresa en la cara de Alberto y se dio cuenta que no estaba y que en vez de eso el muchacho había echado a correr. Ahora estaba casi al final de su calle tratando de alcanzarlo. 

-¡Alberto! ¡Párate, vale!- Alberto podía sentir el recorrido completo de su sangre por su cuerpo. Estaba molesto con Darío por engañarlo. Desde que le pidió que lo acompañara al hospital y le hizo esperar por cuatro horas sabía que tramaba algo, su miedo se volvió realidad cuando abrieron la puerta de la casa. Darío sabía de su cumpleaños, de su vida antes de él, y toda esa gente ahí…Obligadas seguramente por Darío para que él no se sintiera mal por no tener una fiesta en su cumpleaños. Era de Darío hacer esas cosas. 

Alberto tropezó con una piedra y cayó de cara al suelo. 

-¡ALBERTO!- Darío apresuró el paso y lo alcanzó para ayudarlo a levantarse del suelo. En lo que Alberto se paró se alejó de él. –Perdón- le dijo –Sé que fue mala idea, quería hacer algo por tu cumpleaños pero no sabía ni cómo decirte que sabía que hoy era tu cumpleaños, entonces Alejandro me dijo que hiciera eso pero no debí hacerle caso y… 

-Ya va ¿Alejandro planeó eso?- 

-Sí- Alberto se veía confundido. 

-Entonces… ¿Fue él quien le dijo a toda esa gente que fuera a la casa?- Alberto dijo eso en voz baja y mirando al suelo. 

-¡No! Nadie le dijo a nadie que… Ya va ¿Tú piensas que esa gente está allí por obligación?- Alberto no respondió y entonces todo encajó en la mente de Darío. -¡Coño, Alberto! Ven acá- Miró a los lados antes de abrir los brazos, y Alberto hizo lo mismo antes de entrar en ellos. Darío lo encerró en un abrazó y le dio un beso en la coronilla en la cabeza. Era algo que rara vez hacían por la falta de ausencia de gente a su alrededor. 

-Entonces ¿Por qué están todas esas personas ahí?- Alberto quería sonreír y llorar al mismo tiempo ¿Cómo alguien podía ser tan extraño a un gesto de cariño? Mejor dicho ¿Qué clase de monstruos harían que una persona se cuestionara dichos gestos? 

-Escúchame bien- le susurró al oído –Toda esa gente está ahí porque cuando les dijimos que hoy era tu cumpleaños, todas respondieron que no podían perdérselo y me preguntaron de que sabor querías tu torta, y que regalos debían comprarte. Respondí lo mejor que pude y de verdad espero que todo te guste porque todo eso es para ti porque sencillamente te lo mereces por la sencilla razón de existir, Alberto Alcantara- Darío apretó los dientes para no soltar la maldición que quería escapar de sus labios. Había estado pensando en ese nombre desde que consiguió los papeles de adopción. Un hijo que llevase su apellido. Ahora la había cagado. No quería tener esa conversación en una calle solitaria. 

-Que tu mamá no te escuche llamarme así- fue todo lo que dijo Alberto. Se zafó del abrazo y le sonrió –Vámonos- Cuando Alberto le hizo un gesto con la mano para que lo siguiera, Darío se dio cuenta de las heridas que dejó la caída. Ambos regresaron en silencio a la casa, y sin que lo supieran, alguien se bajó de un auto negro y fue detrás de ellos. 


Al llegar a la casa nadie dijo nada de la huida de Alberto. Esperaron que Darío se encargara de las heridas de sus manos e hicieron como que nada había pasado, felicitaron a Alberto y cada quien entregó su regalo. A Alberto le tomó tiempo acostumbrarse a la efusividad de todos. Sus primeros cumpleaños en una familia religiosa eran cortos y aburridos, luego de que lo corrieran de su casa no tuvo el interés de celebrarlo y no había nadie en su vida que lo quisiera hacer por él. Darío de nuevo compensaba por esos años que estuvo a la deriva. Parecía que él era la unión de todas las personas que le hubiese gustado tener a su lado, especialmente sus padres. Al momento de apagar las velas de su torta Alberto sonrió porque su máximo deseo desde que había comenzado a vivir con Darío ya se había cumplido: Volver a sentir que pertenecía a un hogar. 

Cuando Darío anunció que era el momento de que Alberto abriera los regalos, éste volvió a sentir el mismo miedo e incomprensión. Toda esa gente, comprándole regalos…para él no tenía sentido. Hubiese preferido que Darío no hubiese hecho eso, para él era mejor abrirlos cuando ya todos se hubiesen ido. Entre Darío y Alejandro movieron la mesa con los regalos a la sala y se sentaron con los demás a la espera de que Alberto abriera el primero. Desde que los había visto, evitó acercarse a la mesa, ahora que la tenía cerca parecía más intimidante y abrumadora. Eran tantos regalos... 

Amanda se levantó de su asiento, tomó una caja envuelta en papel blanco y se la entregó a Alberto 

-Toma, comienza por aquí- Alberto la tomó y forzó una sonrisa -¡Ah! Y para que sepas, todos tenemos prohibido decirte quien te regaló qué, así evitamos quejas- Cuando Alberto rasgó el papel entendió a lo que Amanda se refería. Lo que tenía en las manos era una cámara fotográfica profesional, de esas que aparecían en la televisión. A Alberto le gustaba la fotografía, era algo que había compartido con Amanda en una de sus consultas. El regalo obviamente era de ella. Alberto dejó la cámara en la mesa de centro de la sala. 

-Yo… 

-¡No!- lo calló Amanda. -Ya discutimos eso. Sigue con otro- Alberto sonrió y obedeció. 

Darío no podía dejar de sonreír al ver a Alberto abrir sus regalos. Luego de la impresión por el regalo de Amanda las cosas fueron fluyendo mejor. Para el quinto regalo Alberto ya no los miraba con gesto de disculpa luego de abrir un obsequio. En ese momento, Darío pudo ver en el mismísimo centro de Alberto. No era más que un niño al que todo ese rudo y agresivo exterior había estado protegiendo. 

-El último- anunció Alejandro. Alberto sonrió y tomó el paquete de la mesa. Cuando Alberto rasgó el papel, Darío supo que era el regalo de Alejandro. Debajo de todo el papel de regalo había un hermoso cuaderno de dibujos forrado en cuero y un gran dragón en la portada cuya cola era la cerradura, detrás había un grupo de lápices de grafito y de colores. 

-Te la comiste- le susurró Darío a su amigo. Alejandro sonreía más que Alberto. Darío se paró del mueble y se abrió paso entre sus amigos e invitados hacia las escaleras. 

-¡Epa! ¿A dónde vas?- le preguntó Alejandro. 

-Por mi regalo. Ningún otro puede ser el último- Le sonrió a todos y subió corriendo las escaleras. Escondido en su armario estaba el regalo que tenía desde hace semanas. Un caballete, lienzos, pinturas y una paleta. Darío no podía esperar a ver la cara de Alberto. Y en ese momento se le ocurrió una idea. 

-¿y el regalo?- le preguntó Mauricio cuando bajó las escaleras. Darío se encogió de hombros 

-Lo dejé arriba. ¿Y Alberto?- 

-Está en el patio- respondió Lucia, una de las conocidas de Alberto del hospital. Darío se extrañó y se fue al patio. Alberto estaba recostado de uno de los arboles grandes, de espalda a la casa, acariciando al perro. 

-¿Nómada también te tiene un regalo?- Alberto dejó de recostarse del árbol e hizo movimientos con las manos que le dijeron a Darío que se estaba secando lagrimas del rostro. Darío sonrió. 

-Es que estaba ladrando mucho. Creo que no le gusta estar amarrado-

-¿Te gustaron tus regalos?- Alberto asintió pero no se volteó a verlo. Darío se acercó un poco más y le puso la mano en el hombro. Lo que pasó luego lo agarró desprevenido. De pronto se vio rodeado por los brazos de Alberto en un fuerte abrazo que él correspondió. 

-Gracias- le susurró Alberto. 

-Ni siquiera has visto mi regalo- 

-No hablo de eso. Gracias por salvarme la vida. De no ser por ti yo estaría… 

Todo el sonido desapareció de pronto y los siguientes segundos pasaron en cámara lenta a medida que Darío veía a un hombre emerger de las sombras del fondo del patio con una pistola apuntando a la espalda de Alberto. 

Cuando el sonido regresó, lo primero que escuchó Darío fueron las detonaciones.

4 Responses so far.

  1. Anónimo says:

    cada capitulo me deja con ganas de mas
    no veo la hora de leer el siguiente cap

  2. :O :'( tengo miedo de leer la continuación.

  3. Teo says:

    Muchas gracias a los dos por leer.
    El capítulo que viene es el cierre de esta pequeña historia, así que esperen mucho.

  4. Anónimo says:

    Noooooo! como vas a dejarnos con ese desenlace hasta el año que viene? :'( Excelente historia! :D