Leticia Alcantara se acomodó los lentes de sol en el carro y tomó una bocanada de aire antes de salir. Tenía mucho tiempo sin ir a esa parte de la ciudad, la que la vio nacer. Antes de ser la respetable y renombrada en sociedad que todos conocían, había sido Leticia Artiga, niña, de barrio pobre, ingenua y sin nada en la vida. Nada que valiera la pena recordar. La plaga que estaba en la vida de su hijo debía ser eliminada, lo que la empujó a volver a ese sitio, porque pasaba que ella conocía a un muy buen exterminador. 
El pequeño bar estaba donde lo recordaba, cuando entró, un hombre lo suficientemente alto para hacerle sombra estaba del otro lado. Cruzaron las miradas por unos segundos y se hizo a un lado. Dentro, un hombre mayor se levantó de su mesa y abrió los brazos a modo de saludo. 
-¡Leticia! Mi amor, tan bella como siempre- Antes de quitarse los lentes de sol, Leticia puso los ojos en blanco. No podía ver el momento de irse de ahí. 
-Deja la payasada, Raimundo. Tú y yo no nos hemos visto en años- Se sentó en la mesa sin recibir el abrazo o el beso que sabía que el hombre al que fue a ver tenía para ella. 
-Seras tu a mi, princesa. Porque yo te he visto todos los días. Es lo malo de tener tanto real, Leticia, todo el mundo tiene que ver contigo. Por eso me tome la molestia de reservar este espacio para nosotros. Supuse que apreciarias la privacidad- Leticia no respondió, sólo sacó un par de fotos de su cartera y las tiro en la mesa. 
-¿Cuanto?- Raimundo tomó las fotos y se puso un par de lentes de lectura para verlas. 
-¡Chica! ¿Y este no es el hijo tuyo? ¿Tan mal se porto?- Leticia miró al hombre con desprecio, éste se rió. 
-Te va a dar algo, quedate quieta que te estoy vacilando. Además, ya hablamos de esto. Sé que es al mariquito que está con él en la foto. Pero tengo que preguntar, vale ¿tu muchacho anda en vainas raras ahora? Porque recuerdo verte en una revista contentisima porque se te casaba ¿Cruzó la acera el hombre?- 
-Raimundo, por si no es obvio, yo no vine aquí a tomarme un café y reírme de tus pendejadas...- Leticia ahogó un grito cuando Raimundo la tomó del brazo y apretó. 
-Escuchame bien, muchachita, a mi no me importa que tengas mas real que toda la ciudad junta, aquí estás en mi tierra y estás siendo muy mal educada conmigo. Yo pensaba que Jacinta te había criado mejor. Debajo de toda esa ropa cara y rostro estirado esta la misma muchachita que comía mango con las manos en el patio de mi casa, eso es lo que eres en el fondo, y lo que siempre seras- Raimundo le soltó el brazo y dejó las fotos en la mesa. 
-4 por el trabajo. Deja 2 y luego mando a alguien por los otros 2- Con mano temblorosa, Leticia sacó un fajo de billetes y lo dejo en la mesa, se levantó y salio del bar. Dentro de su auto, recostó la cabeza en el volante hasta que su corazón se calmó. El sólo pensar en su pasado...Raimundo hablaba por hablar. Ahora era una mujer distinta, una mucho mejor que su pasado. Leticia condujo lejos de su pasado mas no pudo con el sentimiento en el pecho que le decía que acababa de cometer un terrible error. 

Las risas de Darío y Alberto se escuchaban desde la calle. Era la tercera película que veían en el día. Todo había sido idea de Amanda, ambos necesitaban un tiempo juntos. Y ambos la estaban pasando muy bien. Había veces en que Darío se quedaba viendo a Alberto reír y se preguntaba desde cuando no lo hacía. Había hecho lo correcto, ya eso lo había internalizado, pero no dejaba de preguntarse acerca de todo lo que había pasado Alberto y lo que él hubiese hecho para evitarlo. Era un adulto, tenia el temperamento de uno y la racionalización, pero en el fondo seguía siendo un niño, la fuerza con la que reía por una película de unos pajaros parlantes se lo decía. Alberto se percató de la mirada de Darío y volteó a verlo. En ese segundo en que sus ojos se encontraron ambos tuvieron el mismo retorcijón en el estomago pero ninguno dijo nada al respecto. El ambiente de pronto se puso pesado para ambos, siguieron viendo la película pero ahora tomaban un segundo para verse, como asegurándose que el otro estaba bien. Ese retorcijón era inconfundible para el niño que había vivido desgracias y el doctor que había presenciado su buena parte de ellas. 

Algo malo iba a pasar.


Amanda estaba sentada con las piernas cruzadas y escuchaba atentamente a su paciente. No había nada nuevo para ella trabajar, sólo lo mismo de las últimas dos semanas. Su paciente estaba tratando de no hablar de algo, lo sabía, pero antes de interrumpir el monologo que tenía la alarma de vibración en su bolsillo se disparó indicándole que la hora de terapia había acabado.
-Muy bien, Martín. Creo que hemos hecho un poco de progreso hoy, pero quiero que la semana que viene me hables de eso que estás tratando evitar ¿Sí?- Su paciente la miró con la incredulidad que venía cada vez que demostraba su poder de intuición a alguno de sus pacientes. 
–Es mi trabajo ayudarte a superar las cosas, Martín. Aún cuando lo trates de evitar- Fue la respuesta que le dio a su incrédula mirada. Amanda despidió a su paciente y organizó su oficina. Era casi hora de almuerzo y Darío pasaría pronto para que fuesen a almorzar. Darío era uno de sus amigos más cercanos y la fuente de su paciente más reciente. No sabía definir la relación de Darío con Alberto, pero era de las cosas más interesantes, al igual que la forma en que Alberto terminó en su consulta.

Fue una noche en casa de Darío. Amanda había estado yendo toda la semana siguiente de que Darío le contará acerca de Alberto, su situación y sus mutilaciones. Al principio no estaba cómoda con la petición de Darío de no decir que era una psiquiatra pero luego de conocer a Alberto se decidió a hacerlo. Ese niño brotaba desconfianza por cada poro de su piel, en sus silencios y en lo perdido de su mirada. Con su rutinaria evaluación de lenguaje corporal Amanda quería correr a abrazar a ese ser que obviamente había pasado por demasiado para su corta edad. La excepción a eso era cuando interactuaba con Darío. A los ojos de ella era como si un planeta y una luna orbitaran alrededor uno del otro. Si Darío hablaba, Alberto estaba al pendiente de cada palabra, si Alberto se movía, Darío estaba al pendiente de cada uno de sus movimientos, y si salía de su campo de visión su cuerpo se incomodaba hasta que Alberto volvía. Si estaban conscientes de eso, Amanda no lo sabía.

La cena transcurrió como las anteriores, un silencio absoluto por parte de Alberto excepto para responder secamente las preguntas que Amanda le hacía o con monosílabas a los comentarios de Darío, por lo que tanto Amanda como él se sorprendieron cuando al final, Alberto se ofreció a lavar los platos con ella. Esperaba que quizás hubiese algo de conversación pero Alberto secaba los platos en mortal silencio y dirigiéndole un par de miradas, por lo que cuando por fin le habló, Amanda no le escuchó.
-¡Te hice una pregunta!- Amanda se estremeció con el aumento en la voz de Alberto.
-Disculpa, Alberto. No te escuche-
-No te hagas la loca, se supone que debes evaluarme a mí, no al revés-
-No te entiendo, Alberto- respondió Amanda. Alberto resopló.
-¡Que no te hagas la loca, te dije! Eres la psiquiatra que Darío contrató para que me revisara ¿no?- El corazón de Amanda comenzó a latir con fuerza y rapidez. Si había algo en lo que no era buena era en situaciones bajo presión.
-¿Por qué dices eso?- El nerviosismo en su voz la traicionó.
-Porque no soy pendejo. Por eso- Alberto se subió las mangas de su camisa. Era la primera vez que lo hacía frente a ella. A Amanda le tomó todo su autocontrol para que una exclamación de horror no se le escapara ante las múltiples cicatrices que iban de arriba abajo en el brazo de Alberto, y las cuatro recién hechas exactamente en las muñecas.-Me hago esto y de pronto una amiga de toda la vida se viene a cenar todas las noches. Claro- Amanda dejó caer los hombros en señal de derrota.
-No te molestes con Darío. Sólo quería ayudar. Se preocupa por ti-
-Eso lo sé, es todo lo que ha hecho desde que lo conocí, pero esto es demasiado. Para todos. Sentarme a hablar de mis problemas no va a ayudar a nadie. Y hay cosas que nadie debería escuchar, ni siquiera usted, doctora- Alberto soltó el adjetivo de modo despectivo. Amanda lo ignoro, estaba acostumbrada. Casi todos sus pacientes habían tenido el mismo comienzo violento en sus sesiones.
-¿A qué te refieres con eso? Mi trabajo es ese, Alberto, ayudar. Pero no es sólo escuchar, es…
-Mire, doctora, ya se lo dije, eso no llevará a nada-
-¿Por qué lo dices? Eso no lo sabes- Alberto soltó una carcajada de burla.
-Si alguien sabe, soy yo. Es MI carga-
-Pero no deberías cargarla tú solo, Alberto. Yo podría…-Alberto tiró el plato que tenía en la mano al suelo. Amanda dio un brinco del susto y casi deja caer el que ella tenía en sus manos.
-¡DIJE QUE NO!- La cara de Alberto se tornó roja y las venas en su cuello estaban todas marcadas. Lo que no concordaba eran sus ojos levemente húmedos. 
–Tú no tienes idea de lo que necesito. Lo que necesito es olvidar mi vida entera. Olvidar que cuando tenía catorce años me di cuenta que era diferente, que me sentía atraído por un muchacho que poco le importó caerme a coñazos cada vez que le parecía para no decírselo a mis padres, olvidar que a los diecisiete se lo dije a mis papás y desde ese momento ya no fui su hijo, que al año siguiente ya ellos no podían seguir viviendo con la vergüenza así que me echaron de su casa, olvidar que la otra vez que me gustó alguien tuve más suerte, hasta que ese alguien tomó la costumbre de golpearme salvajemente después de cada cogida para recordarse que él era todo un macho, olvidarme de que cuando estuve al borde de la muerte alguien me rescató y me dio no sólo una segunda oportunidad de vivir sino un techo, alimento, ropa, cuidado y hasta un perro, el problema es que su mamá odia a los maricos como yo y viven peleando al respecto, y eso me mata porque no quiero que mi pago a él por lo que hizo por mi sea que se separé de su mamá. Ningún ser humano debería sentirse rechazado por la persona que lo parió, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Así que aquí estoy, en un día a día de culpas y remordimientos porque no sé que hice para merecer tanta bondad de alguien y no sé como coño pagárselo. No necesito ayuda, doctora, porque ya se cuales son todos y cada uno de mis problemas. Y si quiere ayudarme, ya sabe cómo, hágamelos olvidar todos. En cuanto a las cortadas, no es un problema de profunda perturbación mental, era mi manera de lidiar con el inmenso dolor que siento que me partirá en dos cada día de mi vida. No lo he hecho más porque se lo prometí a Darío pero créame que a cada minuto que pasa me muero pro hacerlo porque llorar no lo alivia y contarle esto a Darío hará que quería hacer más cosas por mí. Entienda de una maldita vez que no quiero ayuda psiquiátrica o psicológica- Luego de un profundo silencio entre ambos, los ojos de Amanda comenzaron a soltar lágrimas.
-¡Llegamos!- Gritó Darío desde la entrada y su acompañante ladró dos veces para apoyarlo. Amanda dejó la cocina y se encerró en el baño donde lloró lo suficiente para poder controlarse y salir para dar la excusa que debía hacer unas diligencias y tenía que irse antes de lo planeado. Amanda le dio una sonrisa a Alberto luego de ver la preocupación en su cara desaparecer, seguramente por el temor de que ella le fuese a decir a Darío de su ataque de sinceridad. Y ese gesto de solidaridad fue el primer paso para la confianza de Alberto e ir a verla una vez a la semana a su consulta.

Amanda estaba observando a Darío comer inquieto, señal de que tenía una pregunta que no quería hacer.
-¿De verdad me vas a hacer que te pida que preguntes eso que tienes en mente?- Darío sonrió como un niño que fue atrapado en medio de una travesura.
-Me asusta que hagas esas cosas-
-Mentira. Son demasiados años para que no te hayas acostumbrado- Ambos rieron.
-Necesito que me digas si hay algún avance con Alberto. Yo no…
-Sabes que no puedo hablar de eso, Darío. Es mi paciente y…
-Sí, yo sé, hay un código y todo eso, pero Amanda, ya no sé qué hacer con mi mamá. Lo único que hace es agarrarla contra Alberto e insultarlo y lo normal sería que él le replicara, teniendo en cuenta el carácter que sé que tiene, pero no, sólo se queda callado y la deja que siga, y todo termina conmigo discutiendo con ella. Nunca me había llevado tan mal con mi mamá pero no puedo dejar que siga tratando tan mal a Alberto. Le he dicho que ahora es parte de mi vida pero sencillamente no lo acepta. La cosa es que no sé cómo eso está afectando a Alberto, por eso te pido que por favor, me digas algo al respecto- Amanda meditó por unos segundos antes de hablar. -No puedes dejar que eso continúe, Darío. Un ambiente así es dañino, independientemente de lo que yo te diga o de lo que pienses. Nada bueno sale de estar siempre discutiendo. Entiendo tu preocupación y lo perturbado que estás por la situación pero como dije, no puedo decir nada de mis sesiones con Alberto. Lo estás haciendo de maravillas, con el perro, con la rutina, con la inclusión y con la constante conversación y cuidados y no está bien que te pida más pero debes ponerle un parao a eso- Darío asintió.
-Iba a hacerlo de todas maneras- Amanda rio y tomó un sorbo de vino. Dejando la psiquiatra atrás, Amanda se centró en su amigo.
-¿Alguien te ha preguntando como llevas el cambio?- Darío suspiro y le sonrió a su amiga.
-De hecho, esperaba que fueses tú la que lo hiciera, pero ahora todo es Alberto. Cuando hay santos nuevos…- Amanda soltó una carcajada, le tomó la mano y le dio un beso.
-Entonces ¿Cómo te sientes con toda esta locura que decidiste dejar entrar en tu vida?-
-¿Honestamente? No me puedo sentir mejor. Es decir, es agotador y siento que mi corazón pierde cinco años de vida con cada preocupación pero aún así no me he arrepentido la primera vez. Ayudar a Alberto es lo que sentía que era apropiado y hasta ahora he tenido razón-
-¿Hasta con el perro?- Esta vez fue Darío quien soltó una carcajada.
-¿Puedes imaginártelo? Yo con perro-
-Lo sé, una de las cosas que estaba segura acerca de ti era que no eras de tener perros. Ahora tienes un monstruo de tamaño casi humano del que aun siento miedo que me coma-
-Bueno, me ayudó a encontrar a Alberto en ese parque y a que no se fuera de casa a mis espaldas, herido. Lo mínimo que podía hacer era darle un hogar a él también- Y en ese momento a Amanda le vino la respuesta del misterio a la cabeza.
-¿Sabes Darío? Eres un excelente padre- El doctor se rio pero se calló cuando sintió el fuerte palpitar en su pecho.



Alberto estaba sentado debajo de un árbol, la luz del sol estaba muriendo y las ramas se movían lentamente al ritmo del viento de la noche que se acercaba. Lloraba en silencio, como siempre lo había hecho cuando se trataba del dolor que llevaba atrapado en su pecho y lo había estado acompañando desde tan temprana edad. La discusión entre el doctor y su madre era su culpa. Era lo que siempre hacía, encontraba algo bueno y lo volvía malo. Su familia, su relación con Ricardo y ahora el desacuerdo entre el doctor y su mamá. Él le había ofrecido un techo para vivir y ¿Cómo se lo pagaba? Creando discordia. Alberto había experimentado lo que era que tu propia madre te tratara como un extraño y no se lo deseaba a nadie, mucho menos a quien había sido tan amable con él sin pedir nada a cambio.

Darío salió de su casa luego de registrarla hasta la última esquina para asegurarse que Alberto no se escondía de él. No era psicólogo pero suponía que escuchar la discusión que tuvo con su mamá no habría sido agradable teniendo en cuenta su pasado. Se llevó una chaqueta puesta y otra para cuando encontrara a Alberto, por como soplaba el viento iba a ser una noche muy fría. Rezaba que Alberto no hubiese ido muy lejos, a pie era poco el terreno que podía cubrir él solo. Comenzaría por el parque y luego iría a la plaza.

Alberto trataba de ignorar a las pocas personas que se paseaban por aquí y por allá, las miradas que le lanzaba y el frio que comenzaba a deslizarse por su cuerpo. Buscaba en su cabeza algo que lo ayudara pero sólo podía escuchar a la mamá del doctor llamándolo marico, loco y enfermo. No era algo raro para él, su papá y hermano mayor lo llamaron cosas peores pero de alguna manera recordarlo fue peor que escucharlo por primera vez. Alberto miró a su alrededor y se encontró sólo. Tomó el paquete que tenía al lado de él y desenvolvió el cuchillo que había tomado de la cocina de Darío. Desde hace dos años no lo hacía pero era porque los constantes golpes que recibía de Ricardo actuaban de calmante a su dolor interno, ya no tenía nada de eso. Con mano temblorosa puso el cuchillo sobre su muñeca.

Darío jadeaba tratando de recuperar el aliento luego de recorrer el parque en busca de Alberto. Nadie reconocía la descripción que les daba cuando les preguntaba por él. Tomó algo de agua en uno de los dispensadores repartidos por el parque y arrancó a correr hacia la plaza. Cuando llegó estaba totalmente desierta. No había nadie allí excepto por los perros que ocasionalmente vagaban por ahí. Iba a correr hasta su casa para ir en auto a buscarlo cuando un perro en la distancia comenzó a ladrar intensamente. Probablemente no era Alberto. Pero ¿Y si lo era? Sólo le tomaría un momento ir a ver. El mismo momento que podría significar el bienestar de Alberto o que estuviese lastimado en la calle, sólo y con frio, pero tampoco podía dejar pasar de encontrarlo. Arrancó a correr hacia los ladridos. Era un perro grande, agazapado y ladrándole a un de tronco grueso. Darío estuvo a punto de lanzar una maldición al aire producto de la frustración pero escuchó a alguien quejarse de dolor y del otro lado del tronco alguien dejaba caer su brazo hacia un lado. Cuando Darío vio las cicatrices y las cortadas frescas y sangrantes que las acompañaban, sintió que el mundo completo chocaba contra sus hombros y se hacía pedazos. Conocía ese brazo. Rodeó el árbol. Lo primero que vio fue el enorme cuchillo de cocina, de su cocina, tirado, con la hoja llena de sangre, y luego a Alberto, recostado del tronco y con ambos brazos sangrantes. La sensación se hizo peor, pero antes de que colapsara a ella el doctor entró en escena.

Alberto no había notado la presencia de Darío hasta que lo envolvió en una chaqueta y lo cargó en sus brazos. La sorpresa de que Darío lo hubiese visto haciéndose daño lo dejo mudo, el doctor por su parte corría a la casa respirando pesado y maldiciéndose en voz baja. Darío abrió la puerta de una patada y dejó a Alberto en el mueble grande de la sala, fue corriendo al pequeño cuarto que había al lado de la cocina, ahí guardaba su material médico. Tomó gasas, alcohol, betadine, aguja e hilo en caso de que alguna de las cortadas fuese muy profunda. Por como tenía su franela seguramente alguna lo era. Cuando regresó a la sala, Alberto no estaba, había un rastro de sangre que llevaba hasta la puerta principal. Cuando Darío salió Alberto estaba inmovilizado a pocos pasos del umbral de entrada de la casa, el mismo perro que le había dado su ubicación en el parque estaba parado frente a Alberto, gruñéndole y mostrando sus colmillos. Darío se apuró y tomó a Alberto del cuello con más fuerza de la que quería.

-Ven acá ¿A dónde coño crees que vas?-

-No quiero ser molestia- respondió Alberto tratando de zafarse. Darío lo agarró por lo hombros y lo puso frente a él.

-¡No!- fue todo lo que pudo decir antes de que la voz se le quebrara. Ahí lo entendió, la repentina rabia y frustración que tenía. Era para él, no para Alberto. Él había fallado en cuidarlo, él estaba herido porque no cuido de él. No cometería ese error de nuevo. –Vas a venir a que te cure esas heridas- Sin esperar respuesta lo arrastro de nuevo a la casa y lo sentó en el mueble. Alberto se quedo quieto mientras Darío con cuidado limpiaba, ponía el betadine en sus heridas y las cubría con gasas. El hilo y la aguja no fueron necesarios, para el alivio de Alberto. Cuando Darío regresó de guardar el material médico, Alberto estaba de rodillas en el piso de la sala con un trapo limpiando las manchas de sangre.

-Deja eso- Darío se agachó para quitarle el trapo de la mano, Alberto se resistió un poco pero lo soltó al final. –No debes hacer fuerza con las manos, te…

-Perdón por lo que hice. No quería que te pelearas con tu mamá por mi culpa. Te prometo que mañana me voy- Darío se quedo sin habla. Alberto estaba con la cabeza baja y los hombros hacia adelante. Quizás tratando de darse alguna protección de algún golpe que jamás llegaría.

-Eso no fue tu culpa- Por primera vez, Darío trató un gesto de cariño con Alberto ¿Cuántos en su vida ese pobre niño había tenido? Tomó la barbilla de Alberto y lo hizo subir la cara. Las lagrimas que se acumulaban en sus ojos fueron como un puñetazo en el estomago.

-Perdóname tú a mí- Eso bastó para que Alberto derramara las lagrimas acumuladas y Darío lo encerrara en sus brazos en un protector abrazo.

 Darío se hizo una promesa. Nadie más volvería a lastimar a Alberto. Ni siquiera él mismo.

Me quiero disculpar con ustedes por dejarlos colgados en mitad de la historia de Alberto. Yo también tengo un drama propio llamado Universidad y con apellido Tesis. Les prometo que tan pronto como tenga un tiempito me dedico a darle rienda suelta a la verborrea de Alberto y que les termine de contar esta parte de su historia. Espero que hayan disfrutado de los capítulos que van hasta ahora. Tenganme un poco de paciencia.

Muchas gracias por leerme.


Los primeros días en casa de Darío fueron muy incómodos, las primeras semanas fueron mejorando, para mitad de mes ya él y Alberto tenían una rutina, aunque no mucho intercambio de palabras. El único inconveniente pasó estando Darío fuera de la casa. Ana María se apareció en el porche gritando por Darío, Alberto la escuchó, salió y la corrió de ahí. Para Darío eso no había sido inconveniente, lo que ocasionó, sí. Su madre llegó a los dos días. Por suerte, esta vez estaba Darío en casa. Ambos estaban en la cocina preparando la cena cuando tocaron la puerta, Alberto fue a abrir. 

-¡¿Dónde está mi hijo?!- 

-¡Epa!- 

-¡SUELTAME!- 

-¡¿Quién es usted?!- Darío reconocía esos gritos. Fue corriendo a la entrada. Alberto tenía a su madre tomada del brazo en el umbral de entrada. Ambos clavaron su mirada en él cuando llegó. 

-Darío, esta mujer quiere entrar a la fuerza- Su madre iba a comenzar a responderle con gritos. Darío habló primero. 

-Está bien, Alberto. Ella es mi madre- Alberto la soltó y bajó la cabeza apenado. 

-Perdón, señora- 

-¡PERDÓN NADA! ¡¿Quién eres tú y qué haces en casa de mi hijo?! Darío ¿Quién es él?- 

-Mamá, deja el escándalo. Termina de pasar. Alberto, por favor, échale un ojo a la comida, que no se queme- Alberto asintió y se fue a la cocina. 

-¿Por qué sigue aquí después de la grosería que le hizo a la pobre de Ana María?- 

-Porque para mí no fue una grosería sino lo que yo hubiese hecho, pero no estaba aquí así que Alberto lo hizo por mi- 

-Debiste correrlo- 

-De hecho, le compré algo en agradecimiento- La rabieta que hizo su mamá le dio mucha satisfacción 

–Mamá, cálmate. Estamos haciendo cena, quédate y come con nosotros- Su madre miró de mala gana hacia la cocina. 

-¿Quién es él? ¿Qué hace aquí? ¿Por qué está viviendo contigo?- Darío negó con la cabeza y se sentó. Su mamá también se sentó y se le quedo mirando. Darío sabía que no dejaría de hacerlo hasta que le respondiera. 

-Es uno de mis pacientes. Llegó una noche al hospital cargado por una mujer. Alguien lo había golpeado brutalmente y lo dejó en la calle, de no ser por ella seguramente hubiese muerto- 

-Eso no explica por qué está aquí contigo- Darío trató que la insensibilidad de su madre no lo sacara de quicio. 

-No tenía a donde ir. Su familia se desentendió de él y su novio fue quien lo golpeo, no podía dejar que… 

-¡¿Qué?! ¿Qué dijiste? ¿Novio? ¿Él es marico?- -¡Mamá! Eso es ofensivo- 

-Ofensivo es que lo traigas a tu casa, y me lo presentes. Esa gente está mal, Darío. Son locos, están enfermos- 

-¡MAMÁ! Te estás pasando de la raya. Es despreciable que digas esas cosas- 

-¡Cuida tu lenguaje, Darío! Mira que soy tu mamá- 

-Y estás actuando como una extraña para mí- 

-¡Darío!- Su madre se llevó la mano al pecho en un exagerado gesto dramático –Tú nunca me habías hablado así- 

-Porque nunca había visto este lado malo y mezquino tuyo. Ese pobre niño está en la calle y tú te horrorizas por la persona de la cual puede enamorarse. Como si eso fuese problema tuyo o mío- 

-Es que no quiero que te lo pegue- En ese momento Darío no sabía si halarse los cabellos o reírse en la cara de su mamá. Se pasó las manos por la cara en busca de un punto de tranquilidad. Su paciencia se acababa con los segundos. ¿Cómo podía su madre utilizar argumentos tan ignorantes e intolerantes? Darío se dio cuenta de una pequeña parte del sufrimiento de Alberto. Ser acusado de esa manera…con razón no todo mundo podía soportarlo. 

-No hables de eso como si fuese una enfermedad, mamá. No lo es. Sé de eso, soy médico. El hecho de que Alberto esté viviendo conmigo no significa que cambiare mi orientación sexual. Es de ignorantes que siquiera pienses de esa manera. Y sé que no eres ignorante, mamá. Al contrario, eres la mujer más inteligente que conozco. Así que, por favor, deja ya de meterte con Alberto. Se queda conmigo y ya- Su mamá quería decir otra cosa pero se contuvo. Darío pudo ver como eso la estaba molestando. Su madre jamás se guardaba nada. 

-Tienes razón, hijito. No debí decir esas cosas. Pero es que estoy preocupada por ti, desde que no estás con Ana María siento que estás… 

-Si algo estoy sin Ana María es libre- Darío utilizó un tono lo suficientemente cortante para callar a su mamá por unos segundos. -No digas esas cosas. No puedes botar todos esos años juntos sólo por un pequeño error- Darío se rio para no hacer lo que de verdad quería: Gritar y tirar algo contra el piso. 

-¿“Un pequeño error”? Ella me traicionó, mamá, me montó cachos ¿o es que acaso no te eché el cuento completo?- Darío ya no tenía paciencia para seguir con esa conversación. 

-Le estás echando toda la culpa a ella- -¡ES QUE TODA LA CULPA ES DE ELLA! ¡Es con ella con quien tenía un compromiso! ¡Es ella la que tomó la decisión de cogerse a un extraño en MI casa, en MI cama! ¡Y qué bolas tienes tú de defenderla a capa y espada en vez de apoyar a tu hijo!- 

-Pero es que… 

-¡Fuera!- Las palabras salieron solas, pero Darío ya no podía más con eso. 

-¿Qué me dijiste?- 

-¡Fuera! ¡Vete a buscar a tu hija querida!- 

-Tú eres mi hijo… 

-Mamá. Fue-ra de mi casa. Salté ¡YA!- su mamá se estremeció con el grito. Nuevamente quería decir algo pero Darío debía lucir lo suficientemente molesto para que se frenara de decirlo. Tomó su cartera y salió de la casa. Darío quería sucumbir a sus instintos y lanzar todos los adornos de la sala contra las paredes pero eso quedó en segundo plano cuando se dio cuenta que seguramente Alberto había escuchado todos sus gritos. Fue a la cocina. 

-Alberto, perdón por los gritos- No había nadie en la cocina, las hornillas estaban apagadas y la puerta trasera de la casa abierta. 

-¡¿Alberto?!- Nadie respondió. Darío siguió llamando dentro y fuera de la casa y nadie respondió.