Amanda estaba sentada con las piernas cruzadas y escuchaba atentamente a su paciente. No había nada nuevo para ella trabajar, sólo lo mismo de las últimas dos semanas. Su paciente estaba tratando de no hablar de algo, lo sabía, pero antes de interrumpir el monologo que tenía la alarma de vibración en su bolsillo se disparó indicándole que la hora de terapia había acabado.
-Muy bien, Martín. Creo que hemos hecho un poco de progreso hoy, pero quiero que la semana que viene me hables de eso que estás tratando evitar ¿Sí?- Su paciente la miró con la incredulidad que venía cada vez que demostraba su poder de intuición a alguno de sus pacientes. 
–Es mi trabajo ayudarte a superar las cosas, Martín. Aún cuando lo trates de evitar- Fue la respuesta que le dio a su incrédula mirada. Amanda despidió a su paciente y organizó su oficina. Era casi hora de almuerzo y Darío pasaría pronto para que fuesen a almorzar. Darío era uno de sus amigos más cercanos y la fuente de su paciente más reciente. No sabía definir la relación de Darío con Alberto, pero era de las cosas más interesantes, al igual que la forma en que Alberto terminó en su consulta.

Fue una noche en casa de Darío. Amanda había estado yendo toda la semana siguiente de que Darío le contará acerca de Alberto, su situación y sus mutilaciones. Al principio no estaba cómoda con la petición de Darío de no decir que era una psiquiatra pero luego de conocer a Alberto se decidió a hacerlo. Ese niño brotaba desconfianza por cada poro de su piel, en sus silencios y en lo perdido de su mirada. Con su rutinaria evaluación de lenguaje corporal Amanda quería correr a abrazar a ese ser que obviamente había pasado por demasiado para su corta edad. La excepción a eso era cuando interactuaba con Darío. A los ojos de ella era como si un planeta y una luna orbitaran alrededor uno del otro. Si Darío hablaba, Alberto estaba al pendiente de cada palabra, si Alberto se movía, Darío estaba al pendiente de cada uno de sus movimientos, y si salía de su campo de visión su cuerpo se incomodaba hasta que Alberto volvía. Si estaban conscientes de eso, Amanda no lo sabía.

La cena transcurrió como las anteriores, un silencio absoluto por parte de Alberto excepto para responder secamente las preguntas que Amanda le hacía o con monosílabas a los comentarios de Darío, por lo que tanto Amanda como él se sorprendieron cuando al final, Alberto se ofreció a lavar los platos con ella. Esperaba que quizás hubiese algo de conversación pero Alberto secaba los platos en mortal silencio y dirigiéndole un par de miradas, por lo que cuando por fin le habló, Amanda no le escuchó.
-¡Te hice una pregunta!- Amanda se estremeció con el aumento en la voz de Alberto.
-Disculpa, Alberto. No te escuche-
-No te hagas la loca, se supone que debes evaluarme a mí, no al revés-
-No te entiendo, Alberto- respondió Amanda. Alberto resopló.
-¡Que no te hagas la loca, te dije! Eres la psiquiatra que Darío contrató para que me revisara ¿no?- El corazón de Amanda comenzó a latir con fuerza y rapidez. Si había algo en lo que no era buena era en situaciones bajo presión.
-¿Por qué dices eso?- El nerviosismo en su voz la traicionó.
-Porque no soy pendejo. Por eso- Alberto se subió las mangas de su camisa. Era la primera vez que lo hacía frente a ella. A Amanda le tomó todo su autocontrol para que una exclamación de horror no se le escapara ante las múltiples cicatrices que iban de arriba abajo en el brazo de Alberto, y las cuatro recién hechas exactamente en las muñecas.-Me hago esto y de pronto una amiga de toda la vida se viene a cenar todas las noches. Claro- Amanda dejó caer los hombros en señal de derrota.
-No te molestes con Darío. Sólo quería ayudar. Se preocupa por ti-
-Eso lo sé, es todo lo que ha hecho desde que lo conocí, pero esto es demasiado. Para todos. Sentarme a hablar de mis problemas no va a ayudar a nadie. Y hay cosas que nadie debería escuchar, ni siquiera usted, doctora- Alberto soltó el adjetivo de modo despectivo. Amanda lo ignoro, estaba acostumbrada. Casi todos sus pacientes habían tenido el mismo comienzo violento en sus sesiones.
-¿A qué te refieres con eso? Mi trabajo es ese, Alberto, ayudar. Pero no es sólo escuchar, es…
-Mire, doctora, ya se lo dije, eso no llevará a nada-
-¿Por qué lo dices? Eso no lo sabes- Alberto soltó una carcajada de burla.
-Si alguien sabe, soy yo. Es MI carga-
-Pero no deberías cargarla tú solo, Alberto. Yo podría…-Alberto tiró el plato que tenía en la mano al suelo. Amanda dio un brinco del susto y casi deja caer el que ella tenía en sus manos.
-¡DIJE QUE NO!- La cara de Alberto se tornó roja y las venas en su cuello estaban todas marcadas. Lo que no concordaba eran sus ojos levemente húmedos. 
–Tú no tienes idea de lo que necesito. Lo que necesito es olvidar mi vida entera. Olvidar que cuando tenía catorce años me di cuenta que era diferente, que me sentía atraído por un muchacho que poco le importó caerme a coñazos cada vez que le parecía para no decírselo a mis padres, olvidar que a los diecisiete se lo dije a mis papás y desde ese momento ya no fui su hijo, que al año siguiente ya ellos no podían seguir viviendo con la vergüenza así que me echaron de su casa, olvidar que la otra vez que me gustó alguien tuve más suerte, hasta que ese alguien tomó la costumbre de golpearme salvajemente después de cada cogida para recordarse que él era todo un macho, olvidarme de que cuando estuve al borde de la muerte alguien me rescató y me dio no sólo una segunda oportunidad de vivir sino un techo, alimento, ropa, cuidado y hasta un perro, el problema es que su mamá odia a los maricos como yo y viven peleando al respecto, y eso me mata porque no quiero que mi pago a él por lo que hizo por mi sea que se separé de su mamá. Ningún ser humano debería sentirse rechazado por la persona que lo parió, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Así que aquí estoy, en un día a día de culpas y remordimientos porque no sé que hice para merecer tanta bondad de alguien y no sé como coño pagárselo. No necesito ayuda, doctora, porque ya se cuales son todos y cada uno de mis problemas. Y si quiere ayudarme, ya sabe cómo, hágamelos olvidar todos. En cuanto a las cortadas, no es un problema de profunda perturbación mental, era mi manera de lidiar con el inmenso dolor que siento que me partirá en dos cada día de mi vida. No lo he hecho más porque se lo prometí a Darío pero créame que a cada minuto que pasa me muero pro hacerlo porque llorar no lo alivia y contarle esto a Darío hará que quería hacer más cosas por mí. Entienda de una maldita vez que no quiero ayuda psiquiátrica o psicológica- Luego de un profundo silencio entre ambos, los ojos de Amanda comenzaron a soltar lágrimas.
-¡Llegamos!- Gritó Darío desde la entrada y su acompañante ladró dos veces para apoyarlo. Amanda dejó la cocina y se encerró en el baño donde lloró lo suficiente para poder controlarse y salir para dar la excusa que debía hacer unas diligencias y tenía que irse antes de lo planeado. Amanda le dio una sonrisa a Alberto luego de ver la preocupación en su cara desaparecer, seguramente por el temor de que ella le fuese a decir a Darío de su ataque de sinceridad. Y ese gesto de solidaridad fue el primer paso para la confianza de Alberto e ir a verla una vez a la semana a su consulta.

Amanda estaba observando a Darío comer inquieto, señal de que tenía una pregunta que no quería hacer.
-¿De verdad me vas a hacer que te pida que preguntes eso que tienes en mente?- Darío sonrió como un niño que fue atrapado en medio de una travesura.
-Me asusta que hagas esas cosas-
-Mentira. Son demasiados años para que no te hayas acostumbrado- Ambos rieron.
-Necesito que me digas si hay algún avance con Alberto. Yo no…
-Sabes que no puedo hablar de eso, Darío. Es mi paciente y…
-Sí, yo sé, hay un código y todo eso, pero Amanda, ya no sé qué hacer con mi mamá. Lo único que hace es agarrarla contra Alberto e insultarlo y lo normal sería que él le replicara, teniendo en cuenta el carácter que sé que tiene, pero no, sólo se queda callado y la deja que siga, y todo termina conmigo discutiendo con ella. Nunca me había llevado tan mal con mi mamá pero no puedo dejar que siga tratando tan mal a Alberto. Le he dicho que ahora es parte de mi vida pero sencillamente no lo acepta. La cosa es que no sé cómo eso está afectando a Alberto, por eso te pido que por favor, me digas algo al respecto- Amanda meditó por unos segundos antes de hablar. -No puedes dejar que eso continúe, Darío. Un ambiente así es dañino, independientemente de lo que yo te diga o de lo que pienses. Nada bueno sale de estar siempre discutiendo. Entiendo tu preocupación y lo perturbado que estás por la situación pero como dije, no puedo decir nada de mis sesiones con Alberto. Lo estás haciendo de maravillas, con el perro, con la rutina, con la inclusión y con la constante conversación y cuidados y no está bien que te pida más pero debes ponerle un parao a eso- Darío asintió.
-Iba a hacerlo de todas maneras- Amanda rio y tomó un sorbo de vino. Dejando la psiquiatra atrás, Amanda se centró en su amigo.
-¿Alguien te ha preguntando como llevas el cambio?- Darío suspiro y le sonrió a su amiga.
-De hecho, esperaba que fueses tú la que lo hiciera, pero ahora todo es Alberto. Cuando hay santos nuevos…- Amanda soltó una carcajada, le tomó la mano y le dio un beso.
-Entonces ¿Cómo te sientes con toda esta locura que decidiste dejar entrar en tu vida?-
-¿Honestamente? No me puedo sentir mejor. Es decir, es agotador y siento que mi corazón pierde cinco años de vida con cada preocupación pero aún así no me he arrepentido la primera vez. Ayudar a Alberto es lo que sentía que era apropiado y hasta ahora he tenido razón-
-¿Hasta con el perro?- Esta vez fue Darío quien soltó una carcajada.
-¿Puedes imaginártelo? Yo con perro-
-Lo sé, una de las cosas que estaba segura acerca de ti era que no eras de tener perros. Ahora tienes un monstruo de tamaño casi humano del que aun siento miedo que me coma-
-Bueno, me ayudó a encontrar a Alberto en ese parque y a que no se fuera de casa a mis espaldas, herido. Lo mínimo que podía hacer era darle un hogar a él también- Y en ese momento a Amanda le vino la respuesta del misterio a la cabeza.
-¿Sabes Darío? Eres un excelente padre- El doctor se rio pero se calló cuando sintió el fuerte palpitar en su pecho.



Alberto estaba sentado debajo de un árbol, la luz del sol estaba muriendo y las ramas se movían lentamente al ritmo del viento de la noche que se acercaba. Lloraba en silencio, como siempre lo había hecho cuando se trataba del dolor que llevaba atrapado en su pecho y lo había estado acompañando desde tan temprana edad. La discusión entre el doctor y su madre era su culpa. Era lo que siempre hacía, encontraba algo bueno y lo volvía malo. Su familia, su relación con Ricardo y ahora el desacuerdo entre el doctor y su mamá. Él le había ofrecido un techo para vivir y ¿Cómo se lo pagaba? Creando discordia. Alberto había experimentado lo que era que tu propia madre te tratara como un extraño y no se lo deseaba a nadie, mucho menos a quien había sido tan amable con él sin pedir nada a cambio.

Darío salió de su casa luego de registrarla hasta la última esquina para asegurarse que Alberto no se escondía de él. No era psicólogo pero suponía que escuchar la discusión que tuvo con su mamá no habría sido agradable teniendo en cuenta su pasado. Se llevó una chaqueta puesta y otra para cuando encontrara a Alberto, por como soplaba el viento iba a ser una noche muy fría. Rezaba que Alberto no hubiese ido muy lejos, a pie era poco el terreno que podía cubrir él solo. Comenzaría por el parque y luego iría a la plaza.

Alberto trataba de ignorar a las pocas personas que se paseaban por aquí y por allá, las miradas que le lanzaba y el frio que comenzaba a deslizarse por su cuerpo. Buscaba en su cabeza algo que lo ayudara pero sólo podía escuchar a la mamá del doctor llamándolo marico, loco y enfermo. No era algo raro para él, su papá y hermano mayor lo llamaron cosas peores pero de alguna manera recordarlo fue peor que escucharlo por primera vez. Alberto miró a su alrededor y se encontró sólo. Tomó el paquete que tenía al lado de él y desenvolvió el cuchillo que había tomado de la cocina de Darío. Desde hace dos años no lo hacía pero era porque los constantes golpes que recibía de Ricardo actuaban de calmante a su dolor interno, ya no tenía nada de eso. Con mano temblorosa puso el cuchillo sobre su muñeca.

Darío jadeaba tratando de recuperar el aliento luego de recorrer el parque en busca de Alberto. Nadie reconocía la descripción que les daba cuando les preguntaba por él. Tomó algo de agua en uno de los dispensadores repartidos por el parque y arrancó a correr hacia la plaza. Cuando llegó estaba totalmente desierta. No había nadie allí excepto por los perros que ocasionalmente vagaban por ahí. Iba a correr hasta su casa para ir en auto a buscarlo cuando un perro en la distancia comenzó a ladrar intensamente. Probablemente no era Alberto. Pero ¿Y si lo era? Sólo le tomaría un momento ir a ver. El mismo momento que podría significar el bienestar de Alberto o que estuviese lastimado en la calle, sólo y con frio, pero tampoco podía dejar pasar de encontrarlo. Arrancó a correr hacia los ladridos. Era un perro grande, agazapado y ladrándole a un de tronco grueso. Darío estuvo a punto de lanzar una maldición al aire producto de la frustración pero escuchó a alguien quejarse de dolor y del otro lado del tronco alguien dejaba caer su brazo hacia un lado. Cuando Darío vio las cicatrices y las cortadas frescas y sangrantes que las acompañaban, sintió que el mundo completo chocaba contra sus hombros y se hacía pedazos. Conocía ese brazo. Rodeó el árbol. Lo primero que vio fue el enorme cuchillo de cocina, de su cocina, tirado, con la hoja llena de sangre, y luego a Alberto, recostado del tronco y con ambos brazos sangrantes. La sensación se hizo peor, pero antes de que colapsara a ella el doctor entró en escena.

Alberto no había notado la presencia de Darío hasta que lo envolvió en una chaqueta y lo cargó en sus brazos. La sorpresa de que Darío lo hubiese visto haciéndose daño lo dejo mudo, el doctor por su parte corría a la casa respirando pesado y maldiciéndose en voz baja. Darío abrió la puerta de una patada y dejó a Alberto en el mueble grande de la sala, fue corriendo al pequeño cuarto que había al lado de la cocina, ahí guardaba su material médico. Tomó gasas, alcohol, betadine, aguja e hilo en caso de que alguna de las cortadas fuese muy profunda. Por como tenía su franela seguramente alguna lo era. Cuando regresó a la sala, Alberto no estaba, había un rastro de sangre que llevaba hasta la puerta principal. Cuando Darío salió Alberto estaba inmovilizado a pocos pasos del umbral de entrada de la casa, el mismo perro que le había dado su ubicación en el parque estaba parado frente a Alberto, gruñéndole y mostrando sus colmillos. Darío se apuró y tomó a Alberto del cuello con más fuerza de la que quería.

-Ven acá ¿A dónde coño crees que vas?-

-No quiero ser molestia- respondió Alberto tratando de zafarse. Darío lo agarró por lo hombros y lo puso frente a él.

-¡No!- fue todo lo que pudo decir antes de que la voz se le quebrara. Ahí lo entendió, la repentina rabia y frustración que tenía. Era para él, no para Alberto. Él había fallado en cuidarlo, él estaba herido porque no cuido de él. No cometería ese error de nuevo. –Vas a venir a que te cure esas heridas- Sin esperar respuesta lo arrastro de nuevo a la casa y lo sentó en el mueble. Alberto se quedo quieto mientras Darío con cuidado limpiaba, ponía el betadine en sus heridas y las cubría con gasas. El hilo y la aguja no fueron necesarios, para el alivio de Alberto. Cuando Darío regresó de guardar el material médico, Alberto estaba de rodillas en el piso de la sala con un trapo limpiando las manchas de sangre.

-Deja eso- Darío se agachó para quitarle el trapo de la mano, Alberto se resistió un poco pero lo soltó al final. –No debes hacer fuerza con las manos, te…

-Perdón por lo que hice. No quería que te pelearas con tu mamá por mi culpa. Te prometo que mañana me voy- Darío se quedo sin habla. Alberto estaba con la cabeza baja y los hombros hacia adelante. Quizás tratando de darse alguna protección de algún golpe que jamás llegaría.

-Eso no fue tu culpa- Por primera vez, Darío trató un gesto de cariño con Alberto ¿Cuántos en su vida ese pobre niño había tenido? Tomó la barbilla de Alberto y lo hizo subir la cara. Las lagrimas que se acumulaban en sus ojos fueron como un puñetazo en el estomago.

-Perdóname tú a mí- Eso bastó para que Alberto derramara las lagrimas acumuladas y Darío lo encerrara en sus brazos en un protector abrazo.

 Darío se hizo una promesa. Nadie más volvería a lastimar a Alberto. Ni siquiera él mismo.

Me quiero disculpar con ustedes por dejarlos colgados en mitad de la historia de Alberto. Yo también tengo un drama propio llamado Universidad y con apellido Tesis. Les prometo que tan pronto como tenga un tiempito me dedico a darle rienda suelta a la verborrea de Alberto y que les termine de contar esta parte de su historia. Espero que hayan disfrutado de los capítulos que van hasta ahora. Tenganme un poco de paciencia.

Muchas gracias por leerme.


Los primeros días en casa de Darío fueron muy incómodos, las primeras semanas fueron mejorando, para mitad de mes ya él y Alberto tenían una rutina, aunque no mucho intercambio de palabras. El único inconveniente pasó estando Darío fuera de la casa. Ana María se apareció en el porche gritando por Darío, Alberto la escuchó, salió y la corrió de ahí. Para Darío eso no había sido inconveniente, lo que ocasionó, sí. Su madre llegó a los dos días. Por suerte, esta vez estaba Darío en casa. Ambos estaban en la cocina preparando la cena cuando tocaron la puerta, Alberto fue a abrir. 

-¡¿Dónde está mi hijo?!- 

-¡Epa!- 

-¡SUELTAME!- 

-¡¿Quién es usted?!- Darío reconocía esos gritos. Fue corriendo a la entrada. Alberto tenía a su madre tomada del brazo en el umbral de entrada. Ambos clavaron su mirada en él cuando llegó. 

-Darío, esta mujer quiere entrar a la fuerza- Su madre iba a comenzar a responderle con gritos. Darío habló primero. 

-Está bien, Alberto. Ella es mi madre- Alberto la soltó y bajó la cabeza apenado. 

-Perdón, señora- 

-¡PERDÓN NADA! ¡¿Quién eres tú y qué haces en casa de mi hijo?! Darío ¿Quién es él?- 

-Mamá, deja el escándalo. Termina de pasar. Alberto, por favor, échale un ojo a la comida, que no se queme- Alberto asintió y se fue a la cocina. 

-¿Por qué sigue aquí después de la grosería que le hizo a la pobre de Ana María?- 

-Porque para mí no fue una grosería sino lo que yo hubiese hecho, pero no estaba aquí así que Alberto lo hizo por mi- 

-Debiste correrlo- 

-De hecho, le compré algo en agradecimiento- La rabieta que hizo su mamá le dio mucha satisfacción 

–Mamá, cálmate. Estamos haciendo cena, quédate y come con nosotros- Su madre miró de mala gana hacia la cocina. 

-¿Quién es él? ¿Qué hace aquí? ¿Por qué está viviendo contigo?- Darío negó con la cabeza y se sentó. Su mamá también se sentó y se le quedo mirando. Darío sabía que no dejaría de hacerlo hasta que le respondiera. 

-Es uno de mis pacientes. Llegó una noche al hospital cargado por una mujer. Alguien lo había golpeado brutalmente y lo dejó en la calle, de no ser por ella seguramente hubiese muerto- 

-Eso no explica por qué está aquí contigo- Darío trató que la insensibilidad de su madre no lo sacara de quicio. 

-No tenía a donde ir. Su familia se desentendió de él y su novio fue quien lo golpeo, no podía dejar que… 

-¡¿Qué?! ¿Qué dijiste? ¿Novio? ¿Él es marico?- -¡Mamá! Eso es ofensivo- 

-Ofensivo es que lo traigas a tu casa, y me lo presentes. Esa gente está mal, Darío. Son locos, están enfermos- 

-¡MAMÁ! Te estás pasando de la raya. Es despreciable que digas esas cosas- 

-¡Cuida tu lenguaje, Darío! Mira que soy tu mamá- 

-Y estás actuando como una extraña para mí- 

-¡Darío!- Su madre se llevó la mano al pecho en un exagerado gesto dramático –Tú nunca me habías hablado así- 

-Porque nunca había visto este lado malo y mezquino tuyo. Ese pobre niño está en la calle y tú te horrorizas por la persona de la cual puede enamorarse. Como si eso fuese problema tuyo o mío- 

-Es que no quiero que te lo pegue- En ese momento Darío no sabía si halarse los cabellos o reírse en la cara de su mamá. Se pasó las manos por la cara en busca de un punto de tranquilidad. Su paciencia se acababa con los segundos. ¿Cómo podía su madre utilizar argumentos tan ignorantes e intolerantes? Darío se dio cuenta de una pequeña parte del sufrimiento de Alberto. Ser acusado de esa manera…con razón no todo mundo podía soportarlo. 

-No hables de eso como si fuese una enfermedad, mamá. No lo es. Sé de eso, soy médico. El hecho de que Alberto esté viviendo conmigo no significa que cambiare mi orientación sexual. Es de ignorantes que siquiera pienses de esa manera. Y sé que no eres ignorante, mamá. Al contrario, eres la mujer más inteligente que conozco. Así que, por favor, deja ya de meterte con Alberto. Se queda conmigo y ya- Su mamá quería decir otra cosa pero se contuvo. Darío pudo ver como eso la estaba molestando. Su madre jamás se guardaba nada. 

-Tienes razón, hijito. No debí decir esas cosas. Pero es que estoy preocupada por ti, desde que no estás con Ana María siento que estás… 

-Si algo estoy sin Ana María es libre- Darío utilizó un tono lo suficientemente cortante para callar a su mamá por unos segundos. -No digas esas cosas. No puedes botar todos esos años juntos sólo por un pequeño error- Darío se rio para no hacer lo que de verdad quería: Gritar y tirar algo contra el piso. 

-¿“Un pequeño error”? Ella me traicionó, mamá, me montó cachos ¿o es que acaso no te eché el cuento completo?- Darío ya no tenía paciencia para seguir con esa conversación. 

-Le estás echando toda la culpa a ella- -¡ES QUE TODA LA CULPA ES DE ELLA! ¡Es con ella con quien tenía un compromiso! ¡Es ella la que tomó la decisión de cogerse a un extraño en MI casa, en MI cama! ¡Y qué bolas tienes tú de defenderla a capa y espada en vez de apoyar a tu hijo!- 

-Pero es que… 

-¡Fuera!- Las palabras salieron solas, pero Darío ya no podía más con eso. 

-¿Qué me dijiste?- 

-¡Fuera! ¡Vete a buscar a tu hija querida!- 

-Tú eres mi hijo… 

-Mamá. Fue-ra de mi casa. Salté ¡YA!- su mamá se estremeció con el grito. Nuevamente quería decir algo pero Darío debía lucir lo suficientemente molesto para que se frenara de decirlo. Tomó su cartera y salió de la casa. Darío quería sucumbir a sus instintos y lanzar todos los adornos de la sala contra las paredes pero eso quedó en segundo plano cuando se dio cuenta que seguramente Alberto había escuchado todos sus gritos. Fue a la cocina. 

-Alberto, perdón por los gritos- No había nadie en la cocina, las hornillas estaban apagadas y la puerta trasera de la casa abierta. 

-¡¿Alberto?!- Nadie respondió. Darío siguió llamando dentro y fuera de la casa y nadie respondió.


Darío llegó al hospital con una caja cargada de envases con café. A medida que iba recorriendo los pasillos los iba entregando a enfermeras y doctores, la mayoría de ellos había pasado toda la noche allí de guardia. Él también pero en la clínica al otro lado de la ciudad.

-Tú deberías estar en tu casa, durmiendo. Ya sacaste a la peste de ahí- Darío rio y le entregó el último café en la caja a Dorotea. –Creí que tú no tomabas café- Dorotea señaló a otro envase en la caja-

-No, no es para mí. Es un batido de frutas y proteínas para Alberto, como no puede comer nada solido aún pensé que…- Dorotea tomó a Darío del brazo y lo metió en una habitación vacía. –Dorotea ¿Qué pasa? ¿Por qué…

-Ok. Voy a hacer una pregunta y me la vas a responder Darío Alejandro- Darío se quedó callado. Con la expresión que tenía en la cara Dorotea, era lo más inteligente que podía hacer. –Tú y ese niño ¿están…teniendo algo? Porque el hecho de que Ana María te haya engañado no quiere decir que tienes que renunciar a las mujeres- Darío se quedó parado, viendo a Dorotea sin saber si reír o esconderse en una esquina de la pena. Ahora que lo pensaba, sus gestos para con Alberto si daban qué pensar.

-Por dios- susurró y entonces Dorotea dejo salir una bocanada de aire con alivio.

-¿Qué es lo que tienes con ese niño entonces? Es sólo un paciente más, Darío. Y ya no tienes nada que ver con él. Alfredo puede darle de alta. De hecho, es quien debe darle de alta porque fue quien lo operó- Darío negó con la cabeza.

-No es eso, Dorotea- Darío dejó la caja con el batido en la mesa y se sentó en la cama. Suspiró antes de volver a hablar –Ayer fui a la casa de los padres de Alberto. Hacen como si no existiera, Dorotea. Lo que nos dijo el tipo ese que golpeó a Alberto resulto ser verdad. Son horribles personas, lo más irónico es que son parte de una iglesia. Dos años sin verlo y no les afecta en lo más mínimo. Ese niño no tiene a nadie que vele por él, desde los dieciséis años ha estado sólo y dios sabe cuanto tiempo estuvo a merced del animal ese. Además, tú y yo hemos visto estas cosas antes, en lo que él salga de aquí ira a retirar la denuncia y volverá con ese tipo- Dorotea suspiró y se sentó a su lado.

-Me parece muy noble que quieras resolverle la vida, Darío, pero no puedes andar de madre Teresa con cuanto niño ha tenido una mala vida. Hiciste todo lo que debías con él, no le debes nada, no tienes por qué andar trayéndole batidos de frutas y proteínas, y mucho menos ofrecerle que se quede en tu casa- Darío sonrió y asintió. Tomó la mano de Dorotea y se levantó de la cama.

-Tienes razón. He hecho todo lo que debía, no todo lo que podía. Lo siento, Dorotea, pero voy a ayudarlo. No voy a ser otro más que le de la espalda- Dorotea dejó salir aire sonoramente como señal de derrota. 

-Bien. Pero prométeme que no te meterás a marico- 

-Dorotea- la reprendió Darío, el primer encontronazo que habían tenido ella y Alberto fue por el uso de esa palabra. 

-Gay, homosexual, como sea. El punto es que no te viste tan bien como para ser uno- Ambos se rieron y salieron del cuarto. Dejó a Dorotea en la estación de enfermeras y siguió su camino a la habitación de Alberto. Cuando lo vio entrar iba a gritarle de nuevo. 

-¡Se te van a salir de nuevo los puntos! Escucha antes de gritar que me quieres fuera- Alberto cerró la boca y se le quedó viendo con la misma expresión del día anterior, pero esta vez sin sangre en los vendajes. –Sólo te traje algo para que tomes ya que no puedes comer solidos hasta que sanes- Le tendió el vaso con la merengada. Alberto la agarró de mala manera y comenzó a tomársela. Darío aprovechó el momento. –Mira Alberto, de verdad quiero ayudarte. Eso no es motivo de vergüenza o rabia. No quiero que estés en la calle cuando salgas de aquí o que vayas a retirar la denuncia contra Ricardo y vuelvas con él sólo para que estés de nuevo en esta cama con peores heridas o, peor, muerto- Darío tenía la mano lista para taparle la boca en caso de que volviera a alterarse hasta el punto de perder sus puntos. Entonces Alfredo lo vetaría definitivamente del cuarto de su paciente. Alberto no dijo nada. Darío abusó de su suerte un poco 
–No quiero que te hagan más daño, Alberto. Pero tienes que ayudarme, y a ti también- Darío le volvió a ofrecer la copia de la llave de su casa. Alberto terminó con la merengada y se aferró al vaso por unos segundos, luego lo intercambio por la llave en la palma abierta de Darío. El doctor trató de no sonreír tan evidentemente y decidió que era suficiente por el día. Salió del cuarto sin decir más nada. 

Ya podía ir a dormir tranquilo a casa.