Alberto estaba sentado debajo de un árbol, la luz del sol estaba muriendo y las ramas se movían lentamente al ritmo del viento de la noche que se acercaba. Lloraba en silencio, como siempre lo había hecho cuando se trataba del dolor que llevaba atrapado en su pecho y lo había estado acompañando desde tan temprana edad. La discusión entre el doctor y su madre era su culpa. Era lo que siempre hacía, encontraba algo bueno y lo volvía malo. Su familia, su relación con Ricardo y ahora el desacuerdo entre el doctor y su mamá. Él le había ofrecido un techo para vivir y ¿Cómo se lo pagaba? Creando discordia. Alberto había experimentado lo que era que tu propia madre te tratara como un extraño y no se lo deseaba a nadie, mucho menos a quien había sido tan amable con él sin pedir nada a cambio.

Darío salió de su casa luego de registrarla hasta la última esquina para asegurarse que Alberto no se escondía de él. No era psicólogo pero suponía que escuchar la discusión que tuvo con su mamá no habría sido agradable teniendo en cuenta su pasado. Se llevó una chaqueta puesta y otra para cuando encontrara a Alberto, por como soplaba el viento iba a ser una noche muy fría. Rezaba que Alberto no hubiese ido muy lejos, a pie era poco el terreno que podía cubrir él solo. Comenzaría por el parque y luego iría a la plaza.

Alberto trataba de ignorar a las pocas personas que se paseaban por aquí y por allá, las miradas que le lanzaba y el frio que comenzaba a deslizarse por su cuerpo. Buscaba en su cabeza algo que lo ayudara pero sólo podía escuchar a la mamá del doctor llamándolo marico, loco y enfermo. No era algo raro para él, su papá y hermano mayor lo llamaron cosas peores pero de alguna manera recordarlo fue peor que escucharlo por primera vez. Alberto miró a su alrededor y se encontró sólo. Tomó el paquete que tenía al lado de él y desenvolvió el cuchillo que había tomado de la cocina de Darío. Desde hace dos años no lo hacía pero era porque los constantes golpes que recibía de Ricardo actuaban de calmante a su dolor interno, ya no tenía nada de eso. Con mano temblorosa puso el cuchillo sobre su muñeca.

Darío jadeaba tratando de recuperar el aliento luego de recorrer el parque en busca de Alberto. Nadie reconocía la descripción que les daba cuando les preguntaba por él. Tomó algo de agua en uno de los dispensadores repartidos por el parque y arrancó a correr hacia la plaza. Cuando llegó estaba totalmente desierta. No había nadie allí excepto por los perros que ocasionalmente vagaban por ahí. Iba a correr hasta su casa para ir en auto a buscarlo cuando un perro en la distancia comenzó a ladrar intensamente. Probablemente no era Alberto. Pero ¿Y si lo era? Sólo le tomaría un momento ir a ver. El mismo momento que podría significar el bienestar de Alberto o que estuviese lastimado en la calle, sólo y con frio, pero tampoco podía dejar pasar de encontrarlo. Arrancó a correr hacia los ladridos. Era un perro grande, agazapado y ladrándole a un de tronco grueso. Darío estuvo a punto de lanzar una maldición al aire producto de la frustración pero escuchó a alguien quejarse de dolor y del otro lado del tronco alguien dejaba caer su brazo hacia un lado. Cuando Darío vio las cicatrices y las cortadas frescas y sangrantes que las acompañaban, sintió que el mundo completo chocaba contra sus hombros y se hacía pedazos. Conocía ese brazo. Rodeó el árbol. Lo primero que vio fue el enorme cuchillo de cocina, de su cocina, tirado, con la hoja llena de sangre, y luego a Alberto, recostado del tronco y con ambos brazos sangrantes. La sensación se hizo peor, pero antes de que colapsara a ella el doctor entró en escena.

Alberto no había notado la presencia de Darío hasta que lo envolvió en una chaqueta y lo cargó en sus brazos. La sorpresa de que Darío lo hubiese visto haciéndose daño lo dejo mudo, el doctor por su parte corría a la casa respirando pesado y maldiciéndose en voz baja. Darío abrió la puerta de una patada y dejó a Alberto en el mueble grande de la sala, fue corriendo al pequeño cuarto que había al lado de la cocina, ahí guardaba su material médico. Tomó gasas, alcohol, betadine, aguja e hilo en caso de que alguna de las cortadas fuese muy profunda. Por como tenía su franela seguramente alguna lo era. Cuando regresó a la sala, Alberto no estaba, había un rastro de sangre que llevaba hasta la puerta principal. Cuando Darío salió Alberto estaba inmovilizado a pocos pasos del umbral de entrada de la casa, el mismo perro que le había dado su ubicación en el parque estaba parado frente a Alberto, gruñéndole y mostrando sus colmillos. Darío se apuró y tomó a Alberto del cuello con más fuerza de la que quería.

-Ven acá ¿A dónde coño crees que vas?-

-No quiero ser molestia- respondió Alberto tratando de zafarse. Darío lo agarró por lo hombros y lo puso frente a él.

-¡No!- fue todo lo que pudo decir antes de que la voz se le quebrara. Ahí lo entendió, la repentina rabia y frustración que tenía. Era para él, no para Alberto. Él había fallado en cuidarlo, él estaba herido porque no cuido de él. No cometería ese error de nuevo. –Vas a venir a que te cure esas heridas- Sin esperar respuesta lo arrastro de nuevo a la casa y lo sentó en el mueble. Alberto se quedo quieto mientras Darío con cuidado limpiaba, ponía el betadine en sus heridas y las cubría con gasas. El hilo y la aguja no fueron necesarios, para el alivio de Alberto. Cuando Darío regresó de guardar el material médico, Alberto estaba de rodillas en el piso de la sala con un trapo limpiando las manchas de sangre.

-Deja eso- Darío se agachó para quitarle el trapo de la mano, Alberto se resistió un poco pero lo soltó al final. –No debes hacer fuerza con las manos, te…

-Perdón por lo que hice. No quería que te pelearas con tu mamá por mi culpa. Te prometo que mañana me voy- Darío se quedo sin habla. Alberto estaba con la cabeza baja y los hombros hacia adelante. Quizás tratando de darse alguna protección de algún golpe que jamás llegaría.

-Eso no fue tu culpa- Por primera vez, Darío trató un gesto de cariño con Alberto ¿Cuántos en su vida ese pobre niño había tenido? Tomó la barbilla de Alberto y lo hizo subir la cara. Las lagrimas que se acumulaban en sus ojos fueron como un puñetazo en el estomago.

-Perdóname tú a mí- Eso bastó para que Alberto derramara las lagrimas acumuladas y Darío lo encerrara en sus brazos en un protector abrazo.

 Darío se hizo una promesa. Nadie más volvería a lastimar a Alberto. Ni siquiera él mismo.

Me quiero disculpar con ustedes por dejarlos colgados en mitad de la historia de Alberto. Yo también tengo un drama propio llamado Universidad y con apellido Tesis. Les prometo que tan pronto como tenga un tiempito me dedico a darle rienda suelta a la verborrea de Alberto y que les termine de contar esta parte de su historia. Espero que hayan disfrutado de los capítulos que van hasta ahora. Tenganme un poco de paciencia.

Muchas gracias por leerme.


Los primeros días en casa de Darío fueron muy incómodos, las primeras semanas fueron mejorando, para mitad de mes ya él y Alberto tenían una rutina, aunque no mucho intercambio de palabras. El único inconveniente pasó estando Darío fuera de la casa. Ana María se apareció en el porche gritando por Darío, Alberto la escuchó, salió y la corrió de ahí. Para Darío eso no había sido inconveniente, lo que ocasionó, sí. Su madre llegó a los dos días. Por suerte, esta vez estaba Darío en casa. Ambos estaban en la cocina preparando la cena cuando tocaron la puerta, Alberto fue a abrir. 

-¡¿Dónde está mi hijo?!- 

-¡Epa!- 

-¡SUELTAME!- 

-¡¿Quién es usted?!- Darío reconocía esos gritos. Fue corriendo a la entrada. Alberto tenía a su madre tomada del brazo en el umbral de entrada. Ambos clavaron su mirada en él cuando llegó. 

-Darío, esta mujer quiere entrar a la fuerza- Su madre iba a comenzar a responderle con gritos. Darío habló primero. 

-Está bien, Alberto. Ella es mi madre- Alberto la soltó y bajó la cabeza apenado. 

-Perdón, señora- 

-¡PERDÓN NADA! ¡¿Quién eres tú y qué haces en casa de mi hijo?! Darío ¿Quién es él?- 

-Mamá, deja el escándalo. Termina de pasar. Alberto, por favor, échale un ojo a la comida, que no se queme- Alberto asintió y se fue a la cocina. 

-¿Por qué sigue aquí después de la grosería que le hizo a la pobre de Ana María?- 

-Porque para mí no fue una grosería sino lo que yo hubiese hecho, pero no estaba aquí así que Alberto lo hizo por mi- 

-Debiste correrlo- 

-De hecho, le compré algo en agradecimiento- La rabieta que hizo su mamá le dio mucha satisfacción 

–Mamá, cálmate. Estamos haciendo cena, quédate y come con nosotros- Su madre miró de mala gana hacia la cocina. 

-¿Quién es él? ¿Qué hace aquí? ¿Por qué está viviendo contigo?- Darío negó con la cabeza y se sentó. Su mamá también se sentó y se le quedo mirando. Darío sabía que no dejaría de hacerlo hasta que le respondiera. 

-Es uno de mis pacientes. Llegó una noche al hospital cargado por una mujer. Alguien lo había golpeado brutalmente y lo dejó en la calle, de no ser por ella seguramente hubiese muerto- 

-Eso no explica por qué está aquí contigo- Darío trató que la insensibilidad de su madre no lo sacara de quicio. 

-No tenía a donde ir. Su familia se desentendió de él y su novio fue quien lo golpeo, no podía dejar que… 

-¡¿Qué?! ¿Qué dijiste? ¿Novio? ¿Él es marico?- -¡Mamá! Eso es ofensivo- 

-Ofensivo es que lo traigas a tu casa, y me lo presentes. Esa gente está mal, Darío. Son locos, están enfermos- 

-¡MAMÁ! Te estás pasando de la raya. Es despreciable que digas esas cosas- 

-¡Cuida tu lenguaje, Darío! Mira que soy tu mamá- 

-Y estás actuando como una extraña para mí- 

-¡Darío!- Su madre se llevó la mano al pecho en un exagerado gesto dramático –Tú nunca me habías hablado así- 

-Porque nunca había visto este lado malo y mezquino tuyo. Ese pobre niño está en la calle y tú te horrorizas por la persona de la cual puede enamorarse. Como si eso fuese problema tuyo o mío- 

-Es que no quiero que te lo pegue- En ese momento Darío no sabía si halarse los cabellos o reírse en la cara de su mamá. Se pasó las manos por la cara en busca de un punto de tranquilidad. Su paciencia se acababa con los segundos. ¿Cómo podía su madre utilizar argumentos tan ignorantes e intolerantes? Darío se dio cuenta de una pequeña parte del sufrimiento de Alberto. Ser acusado de esa manera…con razón no todo mundo podía soportarlo. 

-No hables de eso como si fuese una enfermedad, mamá. No lo es. Sé de eso, soy médico. El hecho de que Alberto esté viviendo conmigo no significa que cambiare mi orientación sexual. Es de ignorantes que siquiera pienses de esa manera. Y sé que no eres ignorante, mamá. Al contrario, eres la mujer más inteligente que conozco. Así que, por favor, deja ya de meterte con Alberto. Se queda conmigo y ya- Su mamá quería decir otra cosa pero se contuvo. Darío pudo ver como eso la estaba molestando. Su madre jamás se guardaba nada. 

-Tienes razón, hijito. No debí decir esas cosas. Pero es que estoy preocupada por ti, desde que no estás con Ana María siento que estás… 

-Si algo estoy sin Ana María es libre- Darío utilizó un tono lo suficientemente cortante para callar a su mamá por unos segundos. -No digas esas cosas. No puedes botar todos esos años juntos sólo por un pequeño error- Darío se rio para no hacer lo que de verdad quería: Gritar y tirar algo contra el piso. 

-¿“Un pequeño error”? Ella me traicionó, mamá, me montó cachos ¿o es que acaso no te eché el cuento completo?- Darío ya no tenía paciencia para seguir con esa conversación. 

-Le estás echando toda la culpa a ella- -¡ES QUE TODA LA CULPA ES DE ELLA! ¡Es con ella con quien tenía un compromiso! ¡Es ella la que tomó la decisión de cogerse a un extraño en MI casa, en MI cama! ¡Y qué bolas tienes tú de defenderla a capa y espada en vez de apoyar a tu hijo!- 

-Pero es que… 

-¡Fuera!- Las palabras salieron solas, pero Darío ya no podía más con eso. 

-¿Qué me dijiste?- 

-¡Fuera! ¡Vete a buscar a tu hija querida!- 

-Tú eres mi hijo… 

-Mamá. Fue-ra de mi casa. Salté ¡YA!- su mamá se estremeció con el grito. Nuevamente quería decir algo pero Darío debía lucir lo suficientemente molesto para que se frenara de decirlo. Tomó su cartera y salió de la casa. Darío quería sucumbir a sus instintos y lanzar todos los adornos de la sala contra las paredes pero eso quedó en segundo plano cuando se dio cuenta que seguramente Alberto había escuchado todos sus gritos. Fue a la cocina. 

-Alberto, perdón por los gritos- No había nadie en la cocina, las hornillas estaban apagadas y la puerta trasera de la casa abierta. 

-¡¿Alberto?!- Nadie respondió. Darío siguió llamando dentro y fuera de la casa y nadie respondió.


Darío llegó al hospital con una caja cargada de envases con café. A medida que iba recorriendo los pasillos los iba entregando a enfermeras y doctores, la mayoría de ellos había pasado toda la noche allí de guardia. Él también pero en la clínica al otro lado de la ciudad.

-Tú deberías estar en tu casa, durmiendo. Ya sacaste a la peste de ahí- Darío rio y le entregó el último café en la caja a Dorotea. –Creí que tú no tomabas café- Dorotea señaló a otro envase en la caja-

-No, no es para mí. Es un batido de frutas y proteínas para Alberto, como no puede comer nada solido aún pensé que…- Dorotea tomó a Darío del brazo y lo metió en una habitación vacía. –Dorotea ¿Qué pasa? ¿Por qué…

-Ok. Voy a hacer una pregunta y me la vas a responder Darío Alejandro- Darío se quedó callado. Con la expresión que tenía en la cara Dorotea, era lo más inteligente que podía hacer. –Tú y ese niño ¿están…teniendo algo? Porque el hecho de que Ana María te haya engañado no quiere decir que tienes que renunciar a las mujeres- Darío se quedó parado, viendo a Dorotea sin saber si reír o esconderse en una esquina de la pena. Ahora que lo pensaba, sus gestos para con Alberto si daban qué pensar.

-Por dios- susurró y entonces Dorotea dejo salir una bocanada de aire con alivio.

-¿Qué es lo que tienes con ese niño entonces? Es sólo un paciente más, Darío. Y ya no tienes nada que ver con él. Alfredo puede darle de alta. De hecho, es quien debe darle de alta porque fue quien lo operó- Darío negó con la cabeza.

-No es eso, Dorotea- Darío dejó la caja con el batido en la mesa y se sentó en la cama. Suspiró antes de volver a hablar –Ayer fui a la casa de los padres de Alberto. Hacen como si no existiera, Dorotea. Lo que nos dijo el tipo ese que golpeó a Alberto resulto ser verdad. Son horribles personas, lo más irónico es que son parte de una iglesia. Dos años sin verlo y no les afecta en lo más mínimo. Ese niño no tiene a nadie que vele por él, desde los dieciséis años ha estado sólo y dios sabe cuanto tiempo estuvo a merced del animal ese. Además, tú y yo hemos visto estas cosas antes, en lo que él salga de aquí ira a retirar la denuncia y volverá con ese tipo- Dorotea suspiró y se sentó a su lado.

-Me parece muy noble que quieras resolverle la vida, Darío, pero no puedes andar de madre Teresa con cuanto niño ha tenido una mala vida. Hiciste todo lo que debías con él, no le debes nada, no tienes por qué andar trayéndole batidos de frutas y proteínas, y mucho menos ofrecerle que se quede en tu casa- Darío sonrió y asintió. Tomó la mano de Dorotea y se levantó de la cama.

-Tienes razón. He hecho todo lo que debía, no todo lo que podía. Lo siento, Dorotea, pero voy a ayudarlo. No voy a ser otro más que le de la espalda- Dorotea dejó salir aire sonoramente como señal de derrota. 

-Bien. Pero prométeme que no te meterás a marico- 

-Dorotea- la reprendió Darío, el primer encontronazo que habían tenido ella y Alberto fue por el uso de esa palabra. 

-Gay, homosexual, como sea. El punto es que no te viste tan bien como para ser uno- Ambos se rieron y salieron del cuarto. Dejó a Dorotea en la estación de enfermeras y siguió su camino a la habitación de Alberto. Cuando lo vio entrar iba a gritarle de nuevo. 

-¡Se te van a salir de nuevo los puntos! Escucha antes de gritar que me quieres fuera- Alberto cerró la boca y se le quedó viendo con la misma expresión del día anterior, pero esta vez sin sangre en los vendajes. –Sólo te traje algo para que tomes ya que no puedes comer solidos hasta que sanes- Le tendió el vaso con la merengada. Alberto la agarró de mala manera y comenzó a tomársela. Darío aprovechó el momento. –Mira Alberto, de verdad quiero ayudarte. Eso no es motivo de vergüenza o rabia. No quiero que estés en la calle cuando salgas de aquí o que vayas a retirar la denuncia contra Ricardo y vuelvas con él sólo para que estés de nuevo en esta cama con peores heridas o, peor, muerto- Darío tenía la mano lista para taparle la boca en caso de que volviera a alterarse hasta el punto de perder sus puntos. Entonces Alfredo lo vetaría definitivamente del cuarto de su paciente. Alberto no dijo nada. Darío abusó de su suerte un poco 
–No quiero que te hagan más daño, Alberto. Pero tienes que ayudarme, y a ti también- Darío le volvió a ofrecer la copia de la llave de su casa. Alberto terminó con la merengada y se aferró al vaso por unos segundos, luego lo intercambio por la llave en la palma abierta de Darío. El doctor trató de no sonreír tan evidentemente y decidió que era suficiente por el día. Salió del cuarto sin decir más nada. 

Ya podía ir a dormir tranquilo a casa.



Darío se subió al carro con una sonrisa en la cara. Acababa de cambiar todas las cerraduras en su casa, cuando Ana María regresara no iba a poder entrar y todas sus cosas las encontraría en el porche. Si no se quería ir por las buenas entonces tendría que ser por las malas. Darío no tenía planeado recurrir a eso pero luego de Ana María se presentara en su trabajo haciendo una escena delante de todo el mundo…eso fue demasiado. Su celular vibró por el mensaje de texto entrante.

Está entrando a quirófano 

Darío suspiró tranquilo y echó a andar el carro. Luego de lo ocurrido con el fulano novio de Alberto, Darío trató de convencerlo para que lo denunciara. Si bien no por violencia domestica, al menos por intento de asesinato. El estado en que fue llevado al hospital era suficiente prueba. Sin embargo, Alberto se rehusaba, y como la mayoría de las cosas que decidía, se rehusaba a dar sus razones. Así que Darío le ofreció un trato: Alberto denunciaba a Ricardo ante la policía y Darío se haría cargo de sus gastos médicos para por fin darle de alta. Darío lo pensó pero terminó aceptando. Con eso eran dos problemas menos en su cabeza, ahora faltaba otro. 
Debido a los datos que se necesitaban para operar a Alberto, Darío pudo saber más de él e investigarlo. Darío había encontrado la dirección de la casa de los padres de Alberto e iba para allá. A Darío le habían incomodado mucho lo que Ricardo había dicho de los padres de Alberto, y él no podía dejar de preguntarse si era porque su hijo era gay. Lo cual le parecía demasiado absurdo, aun cuando Alberto era la primera persona homosexual que había conocido. 

La familia de Alberto vivía en un pequeño pueblo a menos de una hora de la ciudad, era de esos pueblos en los que no ocurría nada y todo el mundo se conocía. Darío dio varias vueltas antes de llegar a la dirección que había conseguido. La casa era pequeña, de color blanco en puertas y ventanas que emanaba ese calor de hogar. Para Darío ahora era más confuso por qué los padres que ahí vivían no querrían algo que ver con su hijo. Tocó un par de veces a la puerta y esperó. Un niño abrió la puerta, tendría catorce o quince años y Darío vio en él una versión más joven de Alberto. Estaba en el lugar correcto. 

-¿Sí?- 

-Hola. Mi nombre es Darío Alcántara ¿Esta es la casa de la familia Díaz?- El niño asintió. 

-David ¿Quién es?- El pequeño dio paso a una mujer de cabello negro y un tan desordenado como se esperaría de una ama de casa. 

-¿Sí? Dígame- 

-Soy el doctor Darío Alcántara. ¿Es usted la madre de Alberto Díaz?- los ojos de la mujer se abrieron en reacción al nombre pero la reacción desapareció a los segundos. 

-Por favor, váyase- La mujer trató de cerrar la puerta pero Darío puso el pie. 

-Señora, su hijo fue golpeado, quedó muy grave. En este momento lo están operando para reparar sus costillas y su cara- Darío quitó el pie y de inmediato la puerta le fue cerrada en la cara. Darío tocó varias veces pero nadie atendió. Pensaba en Alberto, en una mesa de operaciones sin nadie que lo recibiera al despertar y eso hizo que tocara con más fuerza. 

-No abrirá- escuchó decir a alguien cercano. Darío buscó y lo encontró cerca del lateral de la casa. Era el mismo niño que le había abierto la puerta. –Ellos no quieren saber nada de Alberto. Según ellos, su pecado es demasiado grande para la familia- El niño hablaba despacio, con voz muy calmada pero sus ojos destellaban resentimiento. Darío se acercó. 

-¿Qué pecado?- Lo mejor era que se hiciera el desentendido. Quizás así podría saber un poco más de Alberto. 

-Decirles lo que era…lo que le gustaba…quien le gustaba. Aunque creo que el verdadero pecado es que otros miembros de la iglesia lo hayan escuchado y desde entonces los relacionen con el único gay que ha dado este pueblo- Darío no podía imaginar esa escena en su cabeza. Era demasiado absurda. 

-Tú eres hermano de Alberto ¿Cierto?- El niño asintió. 

 -Él es mi hermano mayor- El niño sonrió luego de decirlo. 

-¿Lo quieres mucho, David?- Volvió a asentir. 

-Soy el único que aun lo hace aquí. Mis padres o bien se enfurecen o lloran cuando alguien nombra a Alberto, mi otro hermano mayor sólo se enfurece y a veces desea que Alberto esté muerto- 

-¿Y tú por qué no te enfureces con él?- 

-Porque a mi no me importan esas cosas, que sea gay y eso. Él es mi hermano, el mejor hermano del mundo. A veces, cuando no quería comer algo que mi mamá nos había preparado, él se encargaba de dárselo al perro o cuando me metía en problemas en la escuela, él lo solucionaba e inventaba excusas para mí. También, cuando estaba más pequeño, él era quien me metía a la cama y me contaba cuentos hasta que me dormía cuando mi mamá estaba muy ocupada planeando las labores que haría en la iglesia. Él es mi hermano, y yo lo extraño mucho- A Darío se le hizo un nudo en la garganta con ese pequeño expresando lo mucho que extrañaba a su hermano y por qué. 

-Sí, eso suena como el mejor hermano del mundo- 

-¿Él está bien? Quiero decir, a pesar de los golpes y las operaciones ¿Está bien?- Darío asintió. 

-Él ahora está siendo atendido por muy buenos doctores y estará muy bien. Yo también soy doctor donde él está hospitalizado. Si quieres te puedo llevar con él- El niño negó con la cabeza. 

-Ya ha causado muchos problemas aquí, doctor. Más tarde, cuando mi papá y hermano lleguen. Váyase y no regrese. Nunca- A Darío le sorprendió la seriedad con que lo dijo, no parecía para nada un niño. 

-Pero ¿No quieres verlo? ¿Saber cómo está?- El niño le sonrió 

-Ya me dijo que está bien, doctor. Y verlo…la última vez que lo hice fue hace dos años, me acostumbré ya a la idea de que nunca más lo veré. Pero dígale que Peter Pan sigue esperándolo para viajar- Darío lo miró extrañado. 

-Él entenderá, doctor. Chao- el niño se dio la vuelta y dejó a Darío. El doctor se regresó al carro y emprendió el viaje de ida. Durante todo el camino tuvo una invasión de sentimientos mixtos. Desde asco por los padres de Alberto hasta compasión por su pequeño hermano atrapado en un mundo de odio. 
 Luego de hacer una rápida parada, Darío llegó al hospital. Habló con quienes operaron a Alberto para informarse y luego fue a la habitación donde lo tenían. Creyó que estaba dormido hasta que Alberto le hizo un saludo con la mano. Darío le sonrió y entró. 

-¿Cómo te sientes?-Alberto, que tenía varias vendas en su cara, le alzó una ceja. 

-¿Cómo crees que me siento?- Darío rio. 

-Oye, he estado pensando en lo que harás luego de que salgas de aquí y me di cuenta que como no tienes donde quedarte, pensé que quizás te gustaría vivir en mi casa. Mientras consigues algo y eso ¿Qué dices?- Darío se sacó del bolsillo el llavero con las copias de sus llaves de la casa y se lo enseñó a Alberto que sólo lo miraba fijamente sin decir algo. 
De pronto la mirada se endureció y su cabeza comenzó a temblar un poco. Las vendas se le tiñeron rápidamente de rojo. 

-¡Mierda! ¡DOROTEA!-