Mi amiga, la soledad



Darío se subió al carro con una sonrisa en la cara. Acababa de cambiar todas las cerraduras en su casa, cuando Ana María regresara no iba a poder entrar y todas sus cosas las encontraría en el porche. Si no se quería ir por las buenas entonces tendría que ser por las malas. Darío no tenía planeado recurrir a eso pero luego de Ana María se presentara en su trabajo haciendo una escena delante de todo el mundo…eso fue demasiado. Su celular vibró por el mensaje de texto entrante.

Está entrando a quirófano 

Darío suspiró tranquilo y echó a andar el carro. Luego de lo ocurrido con el fulano novio de Alberto, Darío trató de convencerlo para que lo denunciara. Si bien no por violencia domestica, al menos por intento de asesinato. El estado en que fue llevado al hospital era suficiente prueba. Sin embargo, Alberto se rehusaba, y como la mayoría de las cosas que decidía, se rehusaba a dar sus razones. Así que Darío le ofreció un trato: Alberto denunciaba a Ricardo ante la policía y Darío se haría cargo de sus gastos médicos para por fin darle de alta. Darío lo pensó pero terminó aceptando. Con eso eran dos problemas menos en su cabeza, ahora faltaba otro. 
Debido a los datos que se necesitaban para operar a Alberto, Darío pudo saber más de él e investigarlo. Darío había encontrado la dirección de la casa de los padres de Alberto e iba para allá. A Darío le habían incomodado mucho lo que Ricardo había dicho de los padres de Alberto, y él no podía dejar de preguntarse si era porque su hijo era gay. Lo cual le parecía demasiado absurdo, aun cuando Alberto era la primera persona homosexual que había conocido. 

La familia de Alberto vivía en un pequeño pueblo a menos de una hora de la ciudad, era de esos pueblos en los que no ocurría nada y todo el mundo se conocía. Darío dio varias vueltas antes de llegar a la dirección que había conseguido. La casa era pequeña, de color blanco en puertas y ventanas que emanaba ese calor de hogar. Para Darío ahora era más confuso por qué los padres que ahí vivían no querrían algo que ver con su hijo. Tocó un par de veces a la puerta y esperó. Un niño abrió la puerta, tendría catorce o quince años y Darío vio en él una versión más joven de Alberto. Estaba en el lugar correcto. 

-¿Sí?- 

-Hola. Mi nombre es Darío Alcántara ¿Esta es la casa de la familia Díaz?- El niño asintió. 

-David ¿Quién es?- El pequeño dio paso a una mujer de cabello negro y un tan desordenado como se esperaría de una ama de casa. 

-¿Sí? Dígame- 

-Soy el doctor Darío Alcántara. ¿Es usted la madre de Alberto Díaz?- los ojos de la mujer se abrieron en reacción al nombre pero la reacción desapareció a los segundos. 

-Por favor, váyase- La mujer trató de cerrar la puerta pero Darío puso el pie. 

-Señora, su hijo fue golpeado, quedó muy grave. En este momento lo están operando para reparar sus costillas y su cara- Darío quitó el pie y de inmediato la puerta le fue cerrada en la cara. Darío tocó varias veces pero nadie atendió. Pensaba en Alberto, en una mesa de operaciones sin nadie que lo recibiera al despertar y eso hizo que tocara con más fuerza. 

-No abrirá- escuchó decir a alguien cercano. Darío buscó y lo encontró cerca del lateral de la casa. Era el mismo niño que le había abierto la puerta. –Ellos no quieren saber nada de Alberto. Según ellos, su pecado es demasiado grande para la familia- El niño hablaba despacio, con voz muy calmada pero sus ojos destellaban resentimiento. Darío se acercó. 

-¿Qué pecado?- Lo mejor era que se hiciera el desentendido. Quizás así podría saber un poco más de Alberto. 

-Decirles lo que era…lo que le gustaba…quien le gustaba. Aunque creo que el verdadero pecado es que otros miembros de la iglesia lo hayan escuchado y desde entonces los relacionen con el único gay que ha dado este pueblo- Darío no podía imaginar esa escena en su cabeza. Era demasiado absurda. 

-Tú eres hermano de Alberto ¿Cierto?- El niño asintió. 

 -Él es mi hermano mayor- El niño sonrió luego de decirlo. 

-¿Lo quieres mucho, David?- Volvió a asentir. 

-Soy el único que aun lo hace aquí. Mis padres o bien se enfurecen o lloran cuando alguien nombra a Alberto, mi otro hermano mayor sólo se enfurece y a veces desea que Alberto esté muerto- 

-¿Y tú por qué no te enfureces con él?- 

-Porque a mi no me importan esas cosas, que sea gay y eso. Él es mi hermano, el mejor hermano del mundo. A veces, cuando no quería comer algo que mi mamá nos había preparado, él se encargaba de dárselo al perro o cuando me metía en problemas en la escuela, él lo solucionaba e inventaba excusas para mí. También, cuando estaba más pequeño, él era quien me metía a la cama y me contaba cuentos hasta que me dormía cuando mi mamá estaba muy ocupada planeando las labores que haría en la iglesia. Él es mi hermano, y yo lo extraño mucho- A Darío se le hizo un nudo en la garganta con ese pequeño expresando lo mucho que extrañaba a su hermano y por qué. 

-Sí, eso suena como el mejor hermano del mundo- 

-¿Él está bien? Quiero decir, a pesar de los golpes y las operaciones ¿Está bien?- Darío asintió. 

-Él ahora está siendo atendido por muy buenos doctores y estará muy bien. Yo también soy doctor donde él está hospitalizado. Si quieres te puedo llevar con él- El niño negó con la cabeza. 

-Ya ha causado muchos problemas aquí, doctor. Más tarde, cuando mi papá y hermano lleguen. Váyase y no regrese. Nunca- A Darío le sorprendió la seriedad con que lo dijo, no parecía para nada un niño. 

-Pero ¿No quieres verlo? ¿Saber cómo está?- El niño le sonrió 

-Ya me dijo que está bien, doctor. Y verlo…la última vez que lo hice fue hace dos años, me acostumbré ya a la idea de que nunca más lo veré. Pero dígale que Peter Pan sigue esperándolo para viajar- Darío lo miró extrañado. 

-Él entenderá, doctor. Chao- el niño se dio la vuelta y dejó a Darío. El doctor se regresó al carro y emprendió el viaje de ida. Durante todo el camino tuvo una invasión de sentimientos mixtos. Desde asco por los padres de Alberto hasta compasión por su pequeño hermano atrapado en un mundo de odio. 
 Luego de hacer una rápida parada, Darío llegó al hospital. Habló con quienes operaron a Alberto para informarse y luego fue a la habitación donde lo tenían. Creyó que estaba dormido hasta que Alberto le hizo un saludo con la mano. Darío le sonrió y entró. 

-¿Cómo te sientes?-Alberto, que tenía varias vendas en su cara, le alzó una ceja. 

-¿Cómo crees que me siento?- Darío rio. 

-Oye, he estado pensando en lo que harás luego de que salgas de aquí y me di cuenta que como no tienes donde quedarte, pensé que quizás te gustaría vivir en mi casa. Mientras consigues algo y eso ¿Qué dices?- Darío se sacó del bolsillo el llavero con las copias de sus llaves de la casa y se lo enseñó a Alberto que sólo lo miraba fijamente sin decir algo. 
De pronto la mirada se endureció y su cabeza comenzó a temblar un poco. Las vendas se le tiñeron rápidamente de rojo. 

-¡Mierda! ¡DOROTEA!-

2 Responses so far.

  1. Como siempre excelente. Me encanta el "tono" venezolano. Antes tus personajes tenían nombres mas internacionales :)

    Espero que la continúes pronto.

  2. Teo says:

    Lo siguen teniendo. Pero sí, tienes razón. Estoy más nacionalizado.