Mi amiga, la vergüenza



-¡Ya, mamá! No discutiré más contigo. No voy a ser el güevón de nadie. No me voy a casar con Ana María, ni quiero saber más de ella. Chao- Darío trancó antes de que su madre replicara algo. No lo dejaría en paz, sabía eso pero por el momento tendría paz. Aunque su madre le había confirmado que Ana María seguía en su casa. Tenía que reunir mucha paciencia para sacarla. Eso o dejar que Dorotea fuese a sacarla a patadas como se lo había ofrecido. 

-¡FUERA DE AQUÍ, FUERA, NO LA QUIERO AQUÍ!- Darío salió corriendo y se topó con la psicólogo que salía asustada del cuarto de Alberto. Era la tercera vez en la semana. 

-Me rindo con él, Darío. No puedo ayudar a alguien que no quiere ayuda- Darío respiró profundo antes de entrar a la habitación. 

-¿De nuevo? Es la tercera vez, Alberto. Vas a hacer que esa mujer renuncie- Alberto le hizo un gesto de desprecio. 

-No necesito ayuda- -Eso no fue lo que dijiste- Alberto resopló 

-¿Me fastidian por algo que dije bajo anestesia? ¡Qué doctores!- Darío río y se sentó en el mueble del cuarto. –y ¿Qué haces tú aquí? Tú no eres psicólogo y ya me hiciste lo que me ibas a hacer. Deberías darme de alta, salir de ese hotel e ir a botar a la infiel de tu novia, esposa o lo que sea- Alberto ya casi llevaba dos semanas en el hospital. Se negaba a decir algo acerca de él, ni sus datos o lo de sus cicatrices, que también tenía en piernas y muslos. Darío le contó acerca de él y Ana María en un intento de conseguir algo de reciprocidad pero no funcionó. 

 -De hecho, no he terminado contigo. Tengo que poner esas costillas en su lugar, pronto. Además te tienen que ver los pómulos. Y para eso… 

-Necesitan que les diga quién soy para que sepan a donde enviar la factura médica- 

-Eso no es verdad- 

-Es la única explicación- 

-Nos preocupamos por ti. Esa también es una explicación- Alberto se burló. 

-Déjame en paz, doctor. Déjame ir. No te voy a de decir nada y puedes darle tu tiempo a otra persona- 

-¿Por qué no me dirás nada?- 

-¡PORQUE NO! ¡SI NO ME DEJARAS IR ENTONCES SALTE! ¡SAL! ¡FUERA!- Dorotea entro con otra enfermera. 

-¿Todo bien aquí?- 

-Sí, Dorotea. Nada de que preocuparse- Dorotea no se lo tragó y le dio una mirada de enojo a Alberto. Él ya estaba llegando al nivel de Ana María en su escala de desagrado. 

-Bueno, te necesito aquí afuera. La guardiana de este encanto está aquí con alguien que dice conocerlo- 

-¡¿Qué?! ¿Quién es?- Darío de pronto se puso incomodo –No quiero ver a nadie- Darío trató de ver por la ventana pero no había nada en su rango de visión. 

-No te preocupes. Iré a ver quien es- Darío esperaba ver a una pareja de preocupados padres junto a Natalia, agradeciéndole a ella y a él haberle salvado la vida a su hijo. En vez de eso estaba un tipo con el más descuidado aspecto que Darío hubiese visto. No le agradó. Ni su aspecto ni su semblante de superioridad. Era joven, eso sí. No más de veinticinco años. 

-¡Doctor! Este muchacho dice conocer a Alberto- 

-¿De qué?- Fue lo que primero salió de la boca de Darío, y con muy mala entonación. De verdad no le agradaba ese muchacho. Dorotea le dio una mala mirada por la forma en que le había hablado y el tipo lo miraba como si fuese una comiquita viviente. 

-Soy su novio ¿Está bien? ¿Me lo puedo llevar?- Darío interrumpió a Dorotea, que seguramente respondería por favor. La parte de novio lo tomó por sorpresa pero no fue por eso que respondió como lo hizo. 

-La verdad, estábamos esperando algún familiar. Mamá, papá, hermanos ¿Sabe de alguno?- 

-¿Para qué? Él tiene dieciocho años, ya es mayor de edad ¿Para qué quieren traer a esa gente?- el muchacho le dio una mirada desafiante a Darío. Él la respondió. 

-Son las normas. Familiares directos- 

-Ya le dije que soy su novio ¿O es que no entendió? ¿Es un maldito homofóbico? ¿Es eso?- Dorotea iba a decir otra cosa pero Darío volvió a interceptarla. Natalia había pasado a ser una espectadora muda. 

-Como dije, son las normas- 

-Pues para que se enteren. Esa gente echó a Alberto de su casa y él ha estado viviendo conmigo desde entonces. No lo quieren. ¿Puedo llevármelo ya?- 

-Creo que no me ha entendido, señor… 

-No es su problema- 

-¿Ricardo?- Darío contuvo la respuesta no muy amable que iba a lanzar. Alberto estaba parado, sosteniéndose de la pared y con mucho miedo en su mirada mientras miraba a su fulano novio. 

-¡Epale, bebé! Estás bien ¿no? Vámonos- Darío no sintió una pizca de preocupación o algo parecido en la voz del tal Ricardo. Para él sólo estaba ladrando órdenes. Lo del miedo en la voz de Alberto se lo confirmó la manera en que trató de alejarse cuando el tal Ricardo se acercó a él. 

-De hecho…- Darío se puso en medio de Ricardo y Alberto –Él tiene que quedarse. Hay que arreglar sus costillas y algunos huesos faciales- 

-Yo lo veo bien-Darío volvió a sentir la ira contra Ana María pero esta vez iba dirigida al tipo que tenía frente a él. Si no era por su excesiva ética de trabajo ya lo hubiese sacado a golpes de ahí. Eso le dio una idea que hacía caer las piezas del rompecabezas en su sitio. 

-No, no lo está. Sus heridas son bastante graves ¿Tiene usted idea de qué le pasó? Él no dice nada y usted viene con la dueña de la casa en la que lo dejaron tirado. Alguna idea debe tener- Eso claramente incomodó al tipejo. 

-¡¿Qué está tratando de decir?!- 

 -No trato de decir nada. Sólo hice una pregunta ¿Sabe qué le ocurrió a Alberto? Después de todo es su novio ¿no?- Darío escuchó a Alberto aguantar la respiración tras él. 

-Esto es ridículo. Alberto vámonos- Ricardo ignoró a Darío y le extendió la mano a Alberto. Alberto miraba desde la mano de Ricardo hasta Darío, pasando por Dorotea, Natalia y uno que otro transeúnte que se había detenido a verlos debido a los gritos de Ricardo. 

-Ya le dije, señor. Él debe quedarse aquí, debe ser atendido- 

-¡¿Y quién pagará por eso?! Porque yo no voy a ser. Alberto, deja la pendejada y vente ¡YA!-Ricardo trató de hacer un acercamiento agresivo pero Darío le puso una mano en el pecho para frenarlo. 

-Voy a tener que pedirle que se vaya. Dorotea, llama a seguridad y que saquen a este tipo. No tiene permitido acercarse a Alberto- Dorotea asintió y tomó el teléfono de la estación de enfermeras. Ricardo la siguió y le quito el teléfono de las manos. Eso termino de acabar con la paciencia de Darío. Le aplicó una llave y él mismo lo llevó a la puerta. Lo lanzó hacia afuera y cuando Ricardo fue por él los guardias de seguridad lo impidieron. Ricardo gritaba amenazas a todo pulmón mientras era llevado. Cuando regresó había varias enfermeras alrededor de Dorotea y Natalia estaba con Alberto, ayudándolo a regresar a su habitación. Darío fue tras su paciente y junto a Natalia lo pusieron de nuevo en la cama. 

-No debiste abusar así. Tienes costillas rotas- Alberto no dijo nada, sólo se le quedo mirando. Darío se tomó su tiempo para preguntar. 
-Alberto, tengo que preguntártelo. ¿Fue él quien te hizo esto?- Alberto sólo pudo aguantarle la mirada por unos segundos más. Aunque la había bajado demasiado tarde. Darío ya había visto sus ojos humedecerse. Verlo con la cabeza cabizbaja de esa manera, con el fiero carácter que había demostrado los últimos días le removió algo dentro de él. Se acercó a Alberto y puso la mano en su hombro. 

Su toque fue recibido.

2 Responses so far.

  1. Excelente, como siempre. :D

  2. Teo says:

    Gracias ^^