Darío llegó al hospital con una caja cargada de envases con café. A medida que iba recorriendo los pasillos los iba entregando a enfermeras y doctores, la mayoría de ellos había pasado toda la noche allí de guardia. Él también pero en la clínica al otro lado de la ciudad.
-Tú deberías estar en tu casa, durmiendo. Ya sacaste a la peste de ahí- Darío rio y le entregó el último café en la caja a Dorotea. –Creí que tú no tomabas café- Dorotea señaló a otro envase en la caja-
-No, no...

Darío se subió al carro con una sonrisa en la cara. Acababa de cambiar todas las cerraduras en su casa, cuando Ana María regresara no iba a poder entrar y todas sus cosas las encontraría en el porche. Si no se quería ir por las buenas entonces tendría que ser por las malas. Darío no tenía planeado recurrir a eso pero luego de Ana María se presentara en su trabajo haciendo una escena delante de todo el mundo…eso fue demasiado. Su celular vibró por el mensaje de texto entrante.
Está entrando...

-¡Ya, mamá! No discutiré más contigo. No voy a ser el güevón de nadie. No me voy a casar con Ana María, ni quiero saber más de ella. Chao- Darío trancó antes de que su madre replicara algo. No lo dejaría en paz, sabía eso pero por el momento tendría paz. Aunque su madre le había confirmado que Ana María seguía en su casa. Tenía que reunir mucha paciencia para sacarla. Eso o dejar que Dorotea fuese a sacarla a patadas como se lo había ofrecido.
-¡FUERA DE AQUÍ, FUERA, NO LA QUIERO AQUÍ!-...

Darío pisó otra vez el acelerador del carro. El motor rugió manifestando como se sentía el doctor por dentro, las gotas de lluvia golpeaban el vidrio delantero con tal fuerza que parecía que lo atravesarían. Esa era la única manera que tenía de drenar la ira que llevaba dentro, la rabia de llegar a su casa y ver a tu prometida en la cama con otro tipo. Darío nunca había sido una persona violenta pero en ese momento se preguntaba cómo había salido de su apartamento sin las manos llenas de sangre...